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Un viaje a través del género

16 Jul

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Han

Este no es un artículo argumentativo o políticamente correcto, porque lo cierto es que en mi vida solo arañé la superficie de la diversidad de género y no sabría las palabras exactas. Esto no es más que una historia, o muchas, supongo. Estas son mis historias, sobre mi vida y mis sentimientos. Nada más. Una invitación para ponerse en mis zapatos durante cinco minutos y tener una perspectiva distinta a la habitual.

Con ocho años recién empezaba a cuestionármelo todo, el gran PORQUÉ. ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué hay gente alta y gente baja? ¿Por qué nació mi alma en un cuerpo de niña?

No me sentía fuera de lugar en un cuerpo de mujer, pero tampoco me sentía unida a él. Si hubiese nacido tal cual soy pero en el cuerpo de un niño, habría vivido mi vida como tal con sus privilegios y sus sinsabores sin darle demasiadas vueltas. Quiero decir, incluso la forma en la que lo formulaba en mi cabeza, “mi alma… cuerpo de niña”, reflejaba que aquello que consideraba “yo” no tenía género, incluso a esa edad, aunque mi mamá insistiese en ponerme vestidos y rulos para ir a la iglesia. No me gustaba nada lo afeminado, creo que en gran medida se debía a los estigmas sociales contra las mujeres. Me sentía más libre haciendo cosas como una marimacho, cosas que no eran “propias de una jovencita”.

A los diecisiete empecé a manejar lo de la masturbación. A lo largo de los años había explorado mi cuerpo y me había enamorado de las respuestas que podía conseguir con mi propio tacto. Dejé de despotricar contra todo lo femenino y me permitía disfrutar de la ocasional falda y un poco de rímel. A esa edad también me volví loca por Laura. Desde el armario, claro, pero querer a Laura me enseñó que no eres menos persona porque te gusten las cosas afeminadas. La feminidad no es un bloque que tengas que aceptar o rechazar en su conjunto. Te pueden gustar algunas cosas, puedes odiar otras y olvidarte del resto, da igual.

A los veinte estaba en la universidad y al pasar por al lado del guardia de seguridad me dijo: “Buenos días, señor”. Sonreí y él se sonrojó al darse cuenta de su error, aunque a mí me gustó. Ni siquiera sabía por qué, pero que alguien no identificase mi género correctamente (de acuerdo con la sociedad) me emocionó mucho. Fue como echar un vistazo a un futuro en el que nadie sabe el género de los desconocidos y no importa. NO ME IMPORTA EN ABSOLUTO CUÁL ES TU GÉNERO. Sé que esto podría dar lugar a muchos comentarios probablemente ofensivos, pero a mí me gusta mi género quizás sí/quizás no y respeto el derecho que todos tenemos de definirnos (o de no definirnos voluntariamente). Para gustos, los colores.

A los veintiuno fui a la casa de mis abuelos por Navidad. Sabía que no aprobaban el pelo corto en las chicas así que me puse un vestido violeta, el más femenino que tenía, para intentar agradarles. No debería ser así, pero es una cosa de familia, ¿no? Y después mi abuelo me presentó a uno de sus vecinos como “ese chico”. La fluidez de género no consiste en eso, odio que la gente altere deliberadamente la identidad de alguien, sobre todo para insultar a esa persona. ¡TENGO DIGNIDAD!

Listo, ya paro de despotricar.

Gracias por quedaros hasta que terminase de divagar. Tras hablar con amigos y compañeros me di cuenta de que la mayoría no pensamos ni hablamos sobre el género tanto como deberíamos. Me refiero a que discutimos sobre el género binario del mundo en el que vivimos, del privilegio masculino y de cómo la sociedad limita a las mujeres; pero hablamos muy poco sobre nuestro género y sobre cómo nos sentimos al respecto, si es que sentimos siquiera la necesidad de géneros. Un punto de vista tan raro como el mío no se suele escuchar, así que espero que hayáis sacado algo de todo esto.

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