La desconexión racial/de clase

20 Ene

Escrito por: Angela Bui
Traducido por: Verónica Han

Empecé en una comunidad de clase baja, formada en su mayoría por latinos y afroamericanos, hasta llegar a un entorno principalmente blanco y de clase media alta. Gracias a las variadas experiencias que esto me aporta, soy cada día más consciente de cómo es cada extremo del espectro.

De adolescente creía que cuanto más alta fuese la clase social a la que alguien pertenecía, dicho alguien sería más empático y tendría menos prejuicios. Sin embargo, en mi pequeña y liberal escuela de Bellas Artes me di cuenta de que estaba equivocada. Por ejemplo, tengo una amiga que me cuenta lo que pasa en sus clases de Movimientos Sociales. Una vez, una chica sentía que la estaban timando porque su bienestar económico le impedía acceder a los programas de educación gratuita destinados a aquellos en una peor situación. Mi respuesta inmediata fue confundirme y ofenderme. No era capaz de entender que alguien le viese sentido a una afirmación tan egoísta y contradictoria. Cosas como esta son las que me hacen pensar que es imposible que todos nos unamos en pos de una justicia universal en lugar de sólo la mayor parte.

En este caso en particular, tan solo nos parecemos en el hecho de ser mujeres. Sin embargo, no compartimos etnia, ni clase social, por lo que nuestras experiencias de género son tan distintas que nos resulta casi imposible entendernos. Averigüé que a esto se le llama “matriz de dominación”, un concepto que indica cómo la identidad de una mujer y sus experiencias se moldean a partir de diferentes variables tales como la etnia, la clase social, el género y la orientación sexual. Seguramente, esta chica de la clase de Movimientos Sociales se ha visto objetificada y oprimida por los hombres por el hecho de ser mujer, pero es probable que no comprenda las dificultades de criarse en la pobreza o de que la menosprecien por su estatus económico, porque no lo ha vivido.

Me doy cuenta de que mi reacción al desconocimiento del propio privilegio perjudica la relación básica entre las mujeres. Por lo general, tacho de ignorantes a este tipo de personas en lugar de intentar cooperar para comprendernos y progresar. No obstante, ambas partes deben trabajar juntas para llegar a un entendimiento y el privilegiado no suele sentir que haya que empatizar con el oprimido, puesto que esto no le aporta ningún beneficio directo.

La afirmación de esta chica, aparte de contradictoria, resulta inquietante porque refleja un problema más grave dentro del feminismo. Esto está presente en la tercera ola del movimiento y se conoce como lifestyle feminism (feminismo como forma de vida). Se basa en la idea de que tus propias necesidades se corresponden con las necesidades de dicho movimiento. Debido a los distintos niveles de opresión que sufren las mujeres de color, es más difícil que se hagan oír en comparación con las mujeres blancas. Estas últimas tienden a centrarse en los beneficios propios en lugar de complicarse la vida para liberar a todas las mujeres, ya que es fácil ignorar las necesidades de las mujeres de color. Hay que entender que son muchas las variantes que se entrecruzan, como la etnia y el género, y si no lo hacemos, movimientos como el feminismo no pueden progresar. Para acercarnos a una justicia universal, es imprescindible que reconozcamos cómo se relacionan los distintos organismos opresivos y las estructuras sociales.

La “pregunta de pareja”

25 Dic

Escrito por: Kayla Corcoran
Traducido por: Verónica Han

Aunque sé que la pregunta es inevitable, siempre me sorprendo cuando en alguna fiesta un familiar me interroga sobre mi vida romántica. “¿Estás saliendo con alguien?”, pregunta mientras se inclinan hacia mí como si esta cercanía tan incómoda pudiese relajar el ambiente. “No”, respondo molesta porque lo primero que quiere saber no es sobre las clases ni el trabajo, sino sobre mi estado civil. Tras mi brusca respuesta, dicho familiar suele continuar preguntándome por qué no tengo novio. De repente, estar soltera no es elección mía, es un problema horrible y tengo que solucionarlo de inmediato.

“Me estoy centrando en otras cosas en este momento”, replico con alegría. “Estoy disfrutando de las clases, sobre todo Inglés, y las actividades extracurriculares me tienen muy ocupada, aparte de que trabajo en la biblioteca”.

“No te preocupes, ¡pronto encontrarás a alguien!”, me dice dándome palmaditas en el hombro e ignorando todo lo que acabo de mencionar. Está muy ocupada sintiendo pena por mí, es bastante obvio que languidezco en la tristeza proveniente de creer que los estudios son un premio de consolación suficiente por no tener novio.

No es un intercambio poco habitual y, en el caso de que pienses que nunca has estado en el extremo receptor de la “pregunta de pareja”, se dan otras variantes menos evidentes. A veces se disfraza de observación, “parece que sigues soltera, ¿eh?” (a lo que solo se puede responder con un “parece que sigues siendo una entrometida, ¿eh?”). Otras versiones incluyen la de si hay o no alguien especial en tu vida. La mayor parte de la gente en mi vida es especial, así que esta pregunta me parece un poco vaga. También puede ser que el hablante esté seguro de que estás enamorada de Fulanito, pero que simplemente te has olvidado: “¿Qué hay de Fulanito, que te gustaba tanto? ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasasteis aquella vez?” Eh, no, te lo acabas de inventar. Una de mis preferidas es el cumplido con doble intención: “Creo que es genial que hayas decidido hacer otras cosas. No todo el mundo tiene que casarse, ¿sabes?” Muchísimas gracias, familiar lejano, por adivinar mi futuro con tus hojas de té. No nos olvidemos de la duda sobre tu preferencia sexual: “Eh, odio preguntarte esto, pero… ¿te gustan las chicas?” Esta pregunta es tan sumamente irrespetuosa en tantos aspectos que no sé ni por dónde empezar.

Es agotador. Parece que también lo es para mis familiares, que se frustran porque aparecí en otra reunión más sin un chico a mi lado. Sin embargo, por alguna razón, tienen que hacer la pregunta, ya que esta extraña situación necesita una explicación. Así que la “pregunta de pareja” se sigue haciendo, porque da la impresión de que alguien está interesándose por tu vida. No te dejes engañar, esta pregunta tiene de preocupación lo mismo que tiene de grosera y de desagradable.

Aparte de la obvia invasión a la intimidad que no agradezco, la “pregunta de pareja” y las implicaciones de esta son, como mínimo, dañinas para las mujeres jóvenes (y hombres también, aunque supongo que no experimentan tantas situaciones de este estilo como las mujeres). A una mujer no la hace ni la rompe su estado civil, pero la aceptación social de la “pregunta de pareja” ha puesto a este en un plano mucho más relevante que cualquier otro interés u ocupación que pueda tener una mujer.

Otra consecuencia peligrosa de preguntar por qué no tienen novio, es la actitud de que las mujeres solteras son, de una forma u otra, menos por el hecho de serlo. Tiene que haber algo realmente mal en ella para que no tenga novio, más aún si la joven en cuestión no parece demasiado preocupada por este enorme hueco en su vida.

¡No te preocupes! Puedes llenarlo descubriendo qué hay de malo en ti. Hay miles de tests en Internet y en las revistas para mujeres que te cuentan qué es lo que te hace seguir soltera. El de Why Don’t You Have a Boyfriend? (¿Por qué no tienes novio?) de la revista Seventeen Magazine consta de siete preguntas serias y complejas recopiladas por profesionales con el fin de diagnosticar tu problema. La primera es: “¿Qué haces cuando ves a ese futbolista bue-no-rro que marcó el gol ganador de ayer?” Solo te dan tres opciones porque cualquier mujer joven y soltera haría seguramente una de las siguientes; “a) Casi sonrío y como que miro para otro lado. b) Lo felicito por un buen partido. c) Le doy una palmadita juguetona en el culito, como en los vestuarios para chicos” [1]. ¡Qué alivio saber que nunca más tendré que estar soltera si acoso sexualmente a extraños después de que hagan deporte! Qué tonta que soy, cómo no lo pensé antes.

Buen intento, Seventeen, pero no tener novio no es un problema que diagnosticar y, si lo fuera, no se haría con un test de elección múltiple (¿me están tomando el pelo?). Puede ser una decisión activa; puede ser que tener novio no sea el único objetivo de una mujer joven; puede ser que la chica no haya conocido a nadie que le guste; puede ser por las circunstancias. Puede ser cualquiera de estas razones, pero no tiene que haber una razón. Puede simplemente ser y cuanto antes lo aceptemos, antes podremos empoderar a las jóvenes a ser ellas mismas, sin importar su estado civil.

¿Los aliados tienen derecho a una voz, a cuidarse?

28 Sep

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

A pesar de la opresión a la que me enfrento como mujer, soy una privilegiada por muchas de mis identidades: soy blanca; formo parte de la comunidad universitaria de Georgetown; y, dentro del espectro o las esferas de la identidad de género y orientación sexual, me identifico y me presento principalmente como cis-género y heterosexual.

También soy bastante buena en lo de ser feminista, dentro de mis círculos, pero me quedo considerablemente atrás en cuanto a la interseccionalidad. Me costó encontrar voz como “aliada” en asuntos que afectan a identidades marginales que no me definen.

Por lo tanto, hice un esfuerzo por callarme y educarme, dos de los consejos más importantes sobre cómo ser un aliado de Mia McKenzie, editora fundadora y directora de Black Girl Dangerous. Según McKenzie, “aliado” no es válido como título o identidad, sino que es una “práctica”, “algo activo”. Continúa diciendo que es agotador y que debería serlo, “porque la gente que sufre racismo, misoginia, discriminación por discapacidad (ableismo), homofobia, transfobia, clasismo, etc. están agotados. ¿Por qué no deberían estarlo sus aliados?”

Este artículo desafió y revitalizó mis intentos habituales de ser una aliada, perseverantes pero inconsistentes. Estoy totalmente de acuerdo en que no me merezco el término e incluso prefiero la interpretación que le da McKenzie. Soy un desastre constante en justicia social y me retiro con frecuencia a mi privilegio por amor propio. Me siento como una falsa “aliada” cada vez que elijo mis batallas o decido ignorar microagresiones racistas, ableistas, hetero-normativas o género-normativas.

No quiero tergiversar las palabras de McKenzie bajo ningún concepto, ella no dijo de forma explícita que los aliados no se merezcan una voz o que no puedan cuidarse. Sin embargo, yo lo interpreté como una insinuación de que el rol de los aliados es limitado y que el cuidado de uno mismo es un privilegio para aquellos que no sufren una forma particular de opresión, por lo que en lugar de buscar el bienestar propio, uno debería resignarse al agotamiento.

Inmediatamente después de leer el artículo, me sentí molesta con sus palabras, en gran parte porque empecé a acercarme a la justicia social en 2009: hablaba como consejera con supervivientes de agresiones sexuales a través de una línea de emergencia disponible las 24 horas, una posición en la que es vital cuidarse a uno mismo.  Aún así, que te demuestren tu privilegio es  incómodo y normalmente provoca una respuesta defensiva. Pensé que mi reacción negativa a sus palabras podría deberse a eso, porque es muy práctico retirarme a mi privilegio cuando estoy cansada, quiero mantener una relación, intento estudiar para los exámenes o pretendo lidiar con mis propias experiencias con la opresión.

Básicamente, creo que, como miembros de movimientos por la justicia social, deberíamos admitir que necesitamos crear un espacio para los aliados a tiempo parcial por la sostenibilidad, el crecimiento y la aceptación popular (algo bastante importante, por desgracia) de dichos movimientos. No digo que haya que reconocer como aliados a todos los que compartan por Facebook el signo igual de la HRC, una campaña por los derechos humanos a favor de la comunidad LGBT+ en Estados Unidos; pero si hay quienes se dejan corregir cuando se equivocan, si luchan por mejorar, si no perpetúan de forma activa los privilegios y la opresión, los quiero en mi equipo.

¿Por qué? Porque la gente de identidades privilegiadas no tienen derecho a pertenecer a los espacios seguros de aquellos de identidades marginales y, por supuesto, no tienen derecho a una voz en ellos. No obstante, el trabajo social es muy complejo y las labores, diversas. Necesitamos voces radicales e inflexibles tanto como personas que hagan de puente, que puedan “traducir” y sacar provecho de su privilegio para llegar a donde se les acepta porque sus ideas parecen menos drásticas.

Todo esto lo dice alguien que hace seis meses estaba llorándole borracha a su mejor amiga, a su compañera feminista, a su ídola e inspiración definitiva, Erin Riordan, porque “no soy tan radical como debería”. A fin de cuentas, las Erins del mundo no podrían derribar el patriarcado ellas solas, como tampoco podrían hacerlo las Kats. Erin es intransigente sin remordimientos (es extraño que estas palabras, como “radical”, no suelen tener connotaciones positivas; para mí son el mayor de los cumplidos), mientras que yo podría pasarme horas hablando con un misógino, llegando a dónde esté, facilitándole el enfrentamiento y el colapso de sus prejuicios. Mis creencias son “radicales” pero mis estrategias son más convencionales, más aceptadas socialmente.

Es preciso que las Erins protesten porque la HRC no tiene ni idea de como incorporar los derechos de las personas trans en sus actividades; también lo es que se comparta el signo igual de la HRC por Facebook para que los jóvenes de la comunidad LGBT+ sepan que una parte de sus amigos apoyan (todos o algunos de) sus derechos, y los homofóbicos, que no pueden usar la palabra “maricón” con tranquilidad. Se podrían invalidar estos actos tachándolos de “teóricos” o “pragmáticos”, simplificando demasiado; pero la verdad es que ningún movimiento tendrá éxito si se olvida de los marginales o si se distancia de los miembros más convencionales de su comunidad.

Necesitamos aliados casuales, gente que haga de puente, no para que hablen “en nombre de” las personas de identidades marginales, sino para trabajar dentro de sus comunidades y animar a los privilegiados a reconocer, verificar y desarmar dichos privilegios.

Me encantan las conversaciones intrafeministas pero puede ser muy molesto hablar con individuos que no se identifican como tales, que necesitan que se los convenza de que el movimiento es importante, que invalidan las microagresiones que experimento de forma regular como mujer. La importancia de los aliados es incalculable cuando se trata de validar las vivencias de las personas marginales en un entorno de gente privilegiada. No me hace falta que un hombre me diga que mis experiencias son válidas, pero es probable que otros hombres respondan mejor si sus iguales reconocen que lo son y que no estoy siendo sensible o exagerando o prestando demasiada atención.

Cuidarse es vital para la sostenibilidad de un movimiento o el trabajo individual dentro de él. El radicalismo es más habitual entre los jóvenes porque el agotamiento es real; las organizaciones sin ánimo de lucro que no permiten ni animan a sus empleados a cuidarse obtienen unos resultados cada vez más débiles.

No pasa nada si te quitas las gafas feministas media hora para mirar la televisión producida en nuestra cultura de la violación. No pasa nada si no corriges a tu tío por una microagresión racista para poder disfrutar de una reunión familiar. No pasa nada si de vez en cuando te das prioridad a ti misma en lugar de “al movimiento”. Cuidarse no es egoísta, es necesario.

Beneficios colaterales

18 May

Escrito por: Verónica Han

Podría intentar venderles las teorías feministas a base de argumentos sobre cuáles son los beneficios que pueden sacar de ellas. Podría decirles a los hombres heterosexuales que el feminismo lucha también por ellos, para que puedan expresar sus emociones de forma más libre, para que puedan cuestionarse su sexualidad sin miedo, para que disfruten del sexo totalmente consentido con una mujer. Podría hacerlo igual que podría venderles a hombres y mujeres cis-género que con la aceptación social de la gente trans cada uno tendría la libertad de vestirse como quiera y expresarse como guste. Podría hacerlo, por supuesto.

No quiero. No quiero caer en la normalizada red de argumentos que te ofrecen beneficios por ayudar a los demás. Es cierto que si les enseñamos a los más jóvenes que el cuerpo de una mujer no es un objeto sexual, se dejará de considerar al hombre un animal irracional incapaz de controlar sus propias acciones. Todo eso es verdad, pero no debería ser lo que motive la lucha.

Estoy harta de escuchar como las personas inmigradas son defendidas a base de un “los datos demuestran que es bueno para la economía nacional”. ¿Y a quién carajo le importa que sea o no bueno para la economía? ¿De verdad les estamos poniendo precio a las personas? Claro, como aumenta la mano de obra barata, los empresarios no se van del país. ¡Qué bien! Si no nos trajeran un poco de beneficio económico, lo de las cuchillas en las vallas no estaría tan mal, ¿es eso? Si no fuese porque nos vienen bien, le daríamos la espalda a gente que tiene unas condiciones de vida lamentables. Ah, bueeno.

No se trata de decirle al privilegiado “tranquilo, ayudar al oprimido te favorece”, por lo que en la lucha contra el sexismo no tendríamos que decirle al hombre “vas a poder aspirar a casarte y tener hijos, a ocuparte del hogar, va a poder gustarte cocinar o coser, vas a poder tener rasgos de personalidad histórica y culturalmente atribuidos a la feminidad”. No. El feminismo es mucho más. Es desmitificar y aceptar las distintas realidades, es ir poco a poco deshaciéndonos de la diferencia de estatus entre lo “masculino” y lo “femenino”. En realidad, es dejar incluso de agrupar las características bajo esas etiquetas.

Si los cis-hombres heterosexuales se quieren autodenominar feministas, bienvenidos sean. Los aliados son necesarios para que las mujeres podamos caminar tranquilas por la calle, para que se reduzcan las vejaciones y abusos contra los distintos grupos LGTBI, para que todos tengamos los mismos derechos. Pero si se unen solo para poder mirar El diario de Bridget Jones sin que nadie haga comentarios al respecto, lo estarán haciendo por el motivo equivocado. Si el racista deja de oponerse al inmigrante solo porque lo enriquece, no deja de ser racista. Los beneficios colaterales al grupo privilegiado no son más que eso, colaterales. Las bases de la lucha son otras.

Cripta de la criptomnesia desencriptada

12 May

Escrito por: Pippa Lavonne, de su blog Criptomnesia

Pero, ¿cómo describir un mundo en el cual el Yo está ausente? No existen palabras para ello. El azul, el rojo, también estos nombres de colores distraen la atención, también ellos espesan la atmósfera en vez de dejar pasar la luz.
(Las olas-Virginia Woolf)

Un sudario cáustico y corrosivo envuelve cada milímetro de mi piel atacada violentamente por el aire gélido y cortante de las noches de febrero que aún se retuercen alrededor de mis músculos adormecidos. La crisálida va resquebrajándose poco a poco para dar paso a una nueva yo. Extiendo un brazo hacia la abertura luminosa que supone mi salvación y siento la brisa. El olor embotado, suspenso, amarillento y consumido de mi cueva se sacude con una ráfaga revitalizante que azota con fuerza el cargado ambiente hasta el fondo de mis pulmones. Todo es de pronto demasiado cálido para permanecer con todas esas capas malignas encima. Fue culpa de la desidia que se estratificó y me enterró tan lejos del aire que olvidé que existía. Los recuerdos se perdían con cada sedimento, construían un mausoleo que me adormeció cual mamífero hibernando. El tiempo suficiente para que mi rostro cobrara una mortecina palidez y mis ojos se blanquearan por la falta de contacto con la realidad. El tiempo suficiente para que los dedos se arrugasen como si mi piel se devorase a sí misma. El pelo ha caído como hojas muertas. Sin embargo, no ha bastado para acabar conmigo por completo, ahogarme, descomponerme, encriptarme y cifrarme sin remedio. Antes la muerte. Con una súbita fuerza de procedencia desconocida e incognoscible, me lleno de impulso y reviento los restos de la opresiva prisión.

Luz

Cómo reaccioné al Barrio Rojo

19 Abr

Escrito por: Nicole Chenelle
Traducido por: Verónica Han

Cuando digo que estuve una semana en Ámsterdam durante un cuatrimestre en el extranjero, la mayor parte de la gente me responde algo así como “¡Ah! ¿Y viste el Barrio Rojo?” mientras abren mucho los ojos y sueltan risitas. Esa semana en Ámsterdam la pasé con mi clase de Prostitución e Industria del Sexo. Nos reunimos con varias ONG, organizaciones gubernamentales y antiguos trabajadores de esta industria para hablar sobre las condiciones del comercio sexual en Holanda. Claro que vi el Barrio Rojo.

El viaje de una semana a Ámsterdam con esta clase fue la razón por la que decidí irme a estudiar al Danish Institute for Study Abroad de Copenhague, Dinamarca. Curso asignaturas de Estudios de la Mujer y el Género en Georgetown y la idea de estudiar la prostitución en países en los que esta es legal me resulta emocionante. Nunca me había relacionado con la prostitución de forma académica y esperaba la oportunidad de analizar el tema desde un punto de vista legal. Este curso de Prostitución e Industria del Sexo incluía un estudio intensivo de tres días en Copenhague, donde la prostitución es legal; un viaje de tres día a Suecia, donde la prostitución es legal pero se penaliza al cliente; y un viaje de siete días a Ámsterdam, donde tanto los prostíbulos como la prostitución son legales.

Nadie puede ignorar el Barrio Rojo de Ámsterdam. Está situado en el centro, alrededor de la iglesia más antigua de la ciudad; el Barrio Rojo exige que le prestes atención al comercio sexual que se da por todas partes. El sexo impregna el ambiente con las señas de las mujeres tan arregladas en las ventanas, las luces de neón que promocionan los espectáculos pornográficos o los condones multicolores que cuelgan en los escaparates de las condomeries. El Barrio Rojo es simultáneamente un vecindario que celebra el sexo y el placer y uno que usa la purpurina y el pintalabios para camuflar la explotación y la trata de personas.

La mayoría de nuestras conversaciones en clase y mis reflexiones personales acaban con la siguiente pregunta: ¿se puede distinguir entre el trabajo sexual voluntario y la trata de seres humanos para su explotación sexual? ¿Se puede siquiera elegir vender sexo o los motivos económicos limitan la capacidad de decisión? ¿Cómo podemos, si es que debemos, ayudar a las chicas del este de Europa que se encuentran en los escaparates y cuyos novios se clasificarían legalmente como proxenetas?  ¿Cómo hacemos para ponerle fin a la violación de los derechos humanos que se da con la trata, y permitir la venta individual de sexo si alguien así lo desea? ¿Es la prostitución como cualquier otro trabajo o hay algo en el sexo que la hace inherentemente distinta? Estas son las preguntas que estuve considerando durante el cuatrimestre en el extranjero, preguntas que activistas y legisladores se han planteado durante toda su carrera laboral sin llegar a ninguna conclusión clara.

Aprender sobre la industria del sexo en Dinamarca, Suecia y los Países Bajos hizo muy evidente mi ignorancia sobre la estadounidense. Sé que la prostitución es ilegal en la mayor parte de los estados y que aún así existe. Penalizar a la prostituta (o al prostituto, pero casi siempre son mujeres) no hace más que provocar ciclos de criminalidad. Casar a estas mujeres con unos antecedentes penales no las ayuda en absoluto a abandonar la industria del sexo, sino que prácticamente les imposibilita conseguir un trabajo en otra profesión. ¿Sería el modelo nórdico, la penalización del cliente, la solución para los Estados Unidos? Penalizar al hombre que paga por sexo en lugar de a las mujeres es dar un paso en la dirección correcta. Aún así, me preocupa que esto sea más bien una forma de hablar sobre el ideal de eliminar la prostitución que la representación de un cambio real. Me he dado cuenta de que apoyo un poco más la legalización de la prostitución, sin embargo, me da miedo que dicha legalización anime a quienes trafican con sexo a llevar su negocio al país que sea. Cuanto más analizo estos temas, más valoro la complejidad y los matices del asunto y veo con mayor claridad que si alguien tiene una solución sencilla es porque no ha reflexionado lo suficiente.

Apuntes sobre la autoestima

30 Ene

escrito por: Elena Rivas

Entiendo que no soy guapa. Guapa en el sentido en el que esta sociedad entiende la belleza. No lo soy. Si comparamos mi cara con los cánones establecidos en la sociedad actual, yo soy del montón. Ni siquiera destaco por ser fea. No destaco. Punto.

Pero ser fea o, en mi caso, no destacar, no supone una carencia a nivel de nada. No corro más lento, no voy peor en los estudios, no soy menos feliz… Ser fea es eso: ser fea. Cuentas con una serie de características físicas con las que has nacido y que son consecuencia del batiburrillo de genes que heredaste de tu madre y de tu padre.

Sin más.

Y sin embargo, cuando digo que soy fea, la gente se ve en la necesidad de contradecirme. O incluso a darme consejos de cómo podría serlo menos o destacar más… Porque admitir que eres fea se traduce en admitir que eres infeliz. Cuando te levantas con alegría, con ganas y con fuerzas por la mañana y te miras en el espejo no te dices “me veo feliz”, te dices “me veo guapa”. Porque cuando eres guapa te puedes comer el mundo. Porque es el mundo el que está a tus pies. Dices que eres fea y te diagnosticarán con baja autoestima. Un problema, vaya. ¿Seguro que no estarás en crisis?

Pero el caso es que la autoestima no proviene de nosotrxs, sino que se forma en relación a los demás.

Nuestra opinión no es nuestra.

No en su totalidad, al menos. Proviene en gran medida de nuestro proceso de socialización. Cuenta con una gran influencia del entorno, de la sociedad en la que crecemos, en la que nos educan.

Las mujeres protagonizamos papeles unidimensionales en los medios. En los anuncios, por ejemplo, nos retratan como madres. Ser mujer significa ser madre. Y siempre nos encontramos con mujeres jóvenes, delgadas, guapas y, en fin, perfectas. Llamar gorda a la gente se ha convertido en un insulto. Llamarla fea, también. ¿Quién querría tener granos, una nariz aguilucho, los ojos demasiado juntos y pequeños o quedarse medio calvo o calva a los 22 años? Ser feo, ser fea es una maldición. No nos representan como personajes completamente desarrollados. En realidad, no dejamos de ser meros objetos decorativos. Pero con una capacidad extraordinaria de quitar manchas de aceite, eso sí.

La persona busca ser feliz, ¿no? Todo lo que hace lo hace porque quiere ser feliz. Cuántas veces compartimos la frase de John Lennon de pequeño que le dice a su profesora “Yo de mayor quiero ser feliz”. Los medios nos presentan esos roles, papeles, inalcanzables y nosotras nos deprimimos. Nos venden ese concepto de “Felicidad”. Las empresas juegan con la idea de que si compras su producto, no estás comprando el producto, valga el absurdo, lo que estás comprando es felicidad.

Resultaría ridículo que esa forma de pensar fuese nuestra y no nos la hayan impuesto, porque estaríamos admitiendo que nosotras mismas nos auto-infligimos infelicidad.

Así que yo no pienso que esté gorda – confiriéndole, por lo tanto, a la palabra gorda, ese sentido peyorativo – porque haya salido de mí misma pensar que lo estoy. Yo no quiero ser infeliz, así que, ¿por qué llegar a esa conclusión? Sé que es una opinión que me han formado, que viene de afuera y que yo he aceptado como propia.

Así que la persona hace lo que hace con el objetivo de ser feliz. Nunca al revés. Las mujeres buscamos adelgazar, nos maquillamos, nos compramos vestidos bonitos para ser felices. Pero no porque el maquillaje o las dietas lo consigan sólo por si mismos, sino porque cambiaría la actitud para con los demás y eso es lo que nos haría más felices. La autoestima, por tanto, se construiría no en torno a ti única y exclusivamente, sino en torno a la relación con los demás y en torno a como los demás te vieran. 

Por eso no me gusta la palabra autoestima. Una palabra que se construye en una sociedad patriarcal en la que nos educan para agradar, para tener más en cuenta la opinión ajena que la nuestra propia.