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Ni una menos

14 May

En el 2014, fueron 277 las mujeres y niñas asesinadas por violencia sexista en Argentina.

3 de junio. Plaza Congreso. Basta de femicidios.

niunamenos

El machismo ya no existe

19 Mar

escrito por: Verónica Han

El machismo ya no existe y si lo dicen ustedes será que es cierto.

El machismo ya no existe y yo me lo creo.

El machismo ya no existe, pero por favor avísenle al señor que anoche me estuvo siguiendo unos 250 metros, chistándome, para que le hiciera caso. Avísenle a él y a su amigo y a sus amigas que se reían de la situación.

El machismo ya no existe, pero avísenle al señor que le dice a su pareja que tienen que tener sexo aunque ella no tenga ganas, porque por algo son una pareja. Avísenles a los que aprovechan el trasporte público para meterle mano a esa chica a la que se le ocurrió salir de casa. Avísenles a las empresas que les pagan más a los hombres que a las mujeres por el mismo trabajo. Avísenles a los políticos que legislan sobre el cuerpo de las mujeres. Avísenles a todas las personas que creen tener derecho a tratar a una mujer de puta o de frígida. Avísenles a los compañeros de colegio que usan lesbiana como un insulto contra esa chica a la que le gusta jugar al fútbol. Avísenles a los que se encargan de la trata de personas y, de paso, a todos los que la hacen posible. Avísenles a los que abusan, a los que violan. Avísenles.

Avísenles porque creo que hay unos cuantos que no se dieron cuenta.

Beneficios colaterales

18 May

Escrito por: Verónica Han

Podría intentar venderles las teorías feministas a base de argumentos sobre cuáles son los beneficios que pueden sacar de ellas. Podría decirles a los hombres heterosexuales que el feminismo lucha también por ellos, para que puedan expresar sus emociones de forma más libre, para que puedan cuestionarse su sexualidad sin miedo, para que disfruten del sexo totalmente consentido con una mujer. Podría hacerlo igual que podría venderles a hombres y mujeres cis-género que con la aceptación social de la gente trans cada uno tendría la libertad de vestirse como quiera y expresarse como guste. Podría hacerlo, por supuesto.

No quiero. No quiero caer en la normalizada red de argumentos que te ofrecen beneficios por ayudar a los demás. Es cierto que si les enseñamos a los más jóvenes que el cuerpo de una mujer no es un objeto sexual, se dejará de considerar al hombre un animal irracional incapaz de controlar sus propias acciones. Todo eso es verdad, pero no debería ser lo que motive la lucha.

Estoy harta de escuchar como las personas inmigradas son defendidas a base de un “los datos demuestran que es bueno para la economía nacional”. ¿Y a quién carajo le importa que sea o no bueno para la economía? ¿De verdad les estamos poniendo precio a las personas? Claro, como aumenta la mano de obra barata, los empresarios no se van del país. ¡Qué bien! Si no nos trajeran un poco de beneficio económico, lo de las cuchillas en las vallas no estaría tan mal, ¿es eso? Si no fuese porque nos vienen bien, le daríamos la espalda a gente que tiene unas condiciones de vida lamentables. Ah, bueeno.

No se trata de decirle al privilegiado “tranquilo, ayudar al oprimido te favorece”, por lo que en la lucha contra el sexismo no tendríamos que decirle al hombre “vas a poder aspirar a casarte y tener hijos, a ocuparte del hogar, va a poder gustarte cocinar o coser, vas a poder tener rasgos de personalidad histórica y culturalmente atribuidos a la feminidad”. No. El feminismo es mucho más. Es desmitificar y aceptar las distintas realidades, es ir poco a poco deshaciéndonos de la diferencia de estatus entre lo “masculino” y lo “femenino”. En realidad, es dejar incluso de agrupar las características bajo esas etiquetas.

Si los cis-hombres heterosexuales se quieren autodenominar feministas, bienvenidos sean. Los aliados son necesarios para que las mujeres podamos caminar tranquilas por la calle, para que se reduzcan las vejaciones y abusos contra los distintos grupos LGTBI, para que todos tengamos los mismos derechos. Pero si se unen solo para poder mirar El diario de Bridget Jones sin que nadie haga comentarios al respecto, lo estarán haciendo por el motivo equivocado. Si el racista deja de oponerse al inmigrante solo porque lo enriquece, no deja de ser racista. Los beneficios colaterales al grupo privilegiado no son más que eso, colaterales. Las bases de la lucha son otras.

Cómo reaccioné al Barrio Rojo

19 Abr

Escrito por: Nicole Chenelle
Traducido por: Verónica Han

Cuando digo que estuve una semana en Ámsterdam durante un cuatrimestre en el extranjero, la mayor parte de la gente me responde algo así como “¡Ah! ¿Y viste el Barrio Rojo?” mientras abren mucho los ojos y sueltan risitas. Esa semana en Ámsterdam la pasé con mi clase de Prostitución e Industria del Sexo. Nos reunimos con varias ONG, organizaciones gubernamentales y antiguos trabajadores de esta industria para hablar sobre las condiciones del comercio sexual en Holanda. Claro que vi el Barrio Rojo.

El viaje de una semana a Ámsterdam con esta clase fue la razón por la que decidí irme a estudiar al Danish Institute for Study Abroad de Copenhague, Dinamarca. Curso asignaturas de Estudios de la Mujer y el Género en Georgetown y la idea de estudiar la prostitución en países en los que esta es legal me resulta emocionante. Nunca me había relacionado con la prostitución de forma académica y esperaba la oportunidad de analizar el tema desde un punto de vista legal. Este curso de Prostitución e Industria del Sexo incluía un estudio intensivo de tres días en Copenhague, donde la prostitución es legal; un viaje de tres día a Suecia, donde la prostitución es legal pero se penaliza al cliente; y un viaje de siete días a Ámsterdam, donde tanto los prostíbulos como la prostitución son legales.

Nadie puede ignorar el Barrio Rojo de Ámsterdam. Está situado en el centro, alrededor de la iglesia más antigua de la ciudad; el Barrio Rojo exige que le prestes atención al comercio sexual que se da por todas partes. El sexo impregna el ambiente con las señas de las mujeres tan arregladas en las ventanas, las luces de neón que promocionan los espectáculos pornográficos o los condones multicolores que cuelgan en los escaparates de las condomeries. El Barrio Rojo es simultáneamente un vecindario que celebra el sexo y el placer y uno que usa la purpurina y el pintalabios para camuflar la explotación y la trata de personas.

La mayoría de nuestras conversaciones en clase y mis reflexiones personales acaban con la siguiente pregunta: ¿se puede distinguir entre el trabajo sexual voluntario y la trata de seres humanos para su explotación sexual? ¿Se puede siquiera elegir vender sexo o los motivos económicos limitan la capacidad de decisión? ¿Cómo podemos, si es que debemos, ayudar a las chicas del este de Europa que se encuentran en los escaparates y cuyos novios se clasificarían legalmente como proxenetas?  ¿Cómo hacemos para ponerle fin a la violación de los derechos humanos que se da con la trata, y permitir la venta individual de sexo si alguien así lo desea? ¿Es la prostitución como cualquier otro trabajo o hay algo en el sexo que la hace inherentemente distinta? Estas son las preguntas que estuve considerando durante el cuatrimestre en el extranjero, preguntas que activistas y legisladores se han planteado durante toda su carrera laboral sin llegar a ninguna conclusión clara.

Aprender sobre la industria del sexo en Dinamarca, Suecia y los Países Bajos hizo muy evidente mi ignorancia sobre la estadounidense. Sé que la prostitución es ilegal en la mayor parte de los estados y que aún así existe. Penalizar a la prostituta (o al prostituto, pero casi siempre son mujeres) no hace más que provocar ciclos de criminalidad. Casar a estas mujeres con unos antecedentes penales no las ayuda en absoluto a abandonar la industria del sexo, sino que prácticamente les imposibilita conseguir un trabajo en otra profesión. ¿Sería el modelo nórdico, la penalización del cliente, la solución para los Estados Unidos? Penalizar al hombre que paga por sexo en lugar de a las mujeres es dar un paso en la dirección correcta. Aún así, me preocupa que esto sea más bien una forma de hablar sobre el ideal de eliminar la prostitución que la representación de un cambio real. Me he dado cuenta de que apoyo un poco más la legalización de la prostitución, sin embargo, me da miedo que dicha legalización anime a quienes trafican con sexo a llevar su negocio al país que sea. Cuanto más analizo estos temas, más valoro la complejidad y los matices del asunto y veo con mayor claridad que si alguien tiene una solución sencilla es porque no ha reflexionado lo suficiente.

Hombres de musgo, hiedra venenosa

14 Dic

Escrito por: Pippa Lavonne, de su blog Criptomnesia

“Por lo menos, ya sabía una cosa. Jamás, por ninguna razón del mundo, puede uno desear un aumento de dolor. Del dolor físico sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo es tan malo como el dolor físico.
Ante eso no hay héroes. No hay héroes, pensó una y otra vez mientras se retorcía en el suelo, sujetándose inútilmente su inutilizado brazo izquierdo.”

(1984- George Orwell)
Pensaba que sería menos como ahogarse en el Pacífico Norte y más como estar sobre un prado de suave hierba. Me sentía segura y protegida en tus brazos, como envuelta en un manto de verde, blando y húmedo musgo que ningún daño podía hacerme. En ningún caso naciste para eso, nunca pretendiste herirme. Me tendí y dejé que crecieras sobre mi cuerpo, echaras tus pequeñas y tiernas raíces en las capas más superficiales de mi dermis. Al fin y al cabo no podías llegar demasiado profundo. No tenías suficiente fuerza, suficiente potencia. Si me levantaba, te sacudiría de mí sin mayor problema, con cada uno de los poros de mi piel total y absolutamente intactos. Así, con los párpados cerrados dejaba que te instalaras al ritmo de la brisa.
Pero llegó el momento en el que todo mi cuerpo comenzó bruscamente a arder a causa de un intenso e inexplicable picor que mandaba señales nerviosas como pequeños latigazos. Descargas eléctricas a través de mi cuerpo. Allí estabas, pero no eras el musgo que recordaba, suave y dulce. Sufriste una metamorfosis inesperada. Hiedra venenosa. Alrededor de todo mi ser. Brotando del suelo bajo mis pies, subiendo enroscado en dos ramas por mis piernas, tronco, brazos… Con una rama poderosa rodeando mi cuello, trepando entre mi pelo hasta mi frente, con dos pequeños brotes verdes manteniendo mis ojos irremediablemente abiertos y otro adentrándose en el interior de mi boca hacia mi garganta. Me extrañaba no estar muerta todavía. Deseaba estarlo. Más incluso de lo que deseaba desenredarte de mí. No aguantaba el dolor, no podía hacerlo, sentía cómo quemaba hasta el último rincón de mi ser. Como un Apolo persistente y una Dafne enredada en tu venganza.
Impotente por el hecho de verme obligada a permanecer inmóvil, en silencio y con los ojos fijos en el brillante y resplandeciente sol que consumía  mis retinas. Mis sentidos se hallaban totalmente agudizados. Tanto que era capaz de percibir cada una de tus raíces por mis recovecos y mis vértices. La sangre caliente circulaba cada vez más débilmente  por mis venas, alimentándote. Haciéndote más y más fuerte mientras yo moría poco a poco. Podía sentir el rojo sarpullido que me cubría completamente supurar. Ampollas que nacían, estallaban, se secaban. Ya no me quedaban lágrimas en los lacrimales o ningún otro líquido en mi cuerpo. No había nada. Mi corazón latía despacio, ahorrando energía. Las flores de hiedra brotaban en el interior de mi boca, floreciendo en mis labios, obstruyendo mi garganta. Podía olerlas. Sí.
Mentalmente imploraba piedad. Una decisión. Vida o muerte. Pedí al cielo que hiciera algo conmigo, lo que fuera. Hasta que fui consciente de que el cielo está hueco y nadie decide sobre ti salvo tú mismo.
Y para cuando el primer copo de nieve del invierno rozó mi nariz, ya estaba muerta.

El género no es binario y no deberíamos actuar como si lo fuera

12 Sep

Escrito por: Erin Riordan
Traducido por: Verónica Han

El género es un espectro. No es binario, no es hombre o mujer ni él o ella, y tenemos que dejar de hablar sobre esto como si solo existiesen estas dos cajitas. El género es complejo y presenta infinitas posibilidades. Sin embargo, nuestra sociedad esconde e ignora la complejidad del género y de la identidad. Desde que nacemos se nos asigna un género y se nos dice que no hay más que eso. Pero no es así y tenemos que empezar a comportarnos como corresponde.

Yo soy una mujer cisgénero. Disfruto del “privilegio-cis” y durante la mayor parte de mi vida no distinguía las infinitas formas en las que mi identidad de género estaba validada mientras que las de otras personas no. Empieza al nacer, cuando etiquetamos a los bebés como “niño” o “niña” y con la actuación médica estándar que “corrige” inmediatamente los genitales de niños intersexuales (“corrigen” va entre comillas para reconocer lo horrible que es esta práctica y cómo ignora el hecho de que ni siquiera el sexo es binario). Se refuerza con los estándares de colores y los juguetes que dependen del género, así como con las palabras “hijo” e “hija”, “hermano” y “hermana”. Continúa con baños y con equipos de deportes específicos para cada género.

Al ir creciendo, se multiplican las maneras en las que el género se restringe. Hay escuelas para chicos y escuelas para chicas. Hay clases de educación sexual que presentan el sexo como binario, el género como binario e incluso ambos como si fueran lo mismo, haciéndolos indistinguibles entre ellos y por lo tanto reforzando el cisgénero como la norma y el estándar aceptable. Hay una forma de hablar sobre las relaciones románticas: les enseñamos a los adolescentes que pueden tener novios o novias pero no les contamos sobre las parejas o las personas con las que podemos entablar una relación. Les enseñamos heteronormatividad y la normatividad de género. Al inscribirnos en las residencias universitarias nos piden que nos identifiquemos como “hombre” o “mujer” sin dejarnos otra opción, y nos ponen por parejas con quien se supone que coincide con nuestro sexo/género. Cada formulario, desde médico hasta legal pasando por Facebook, nos pide que marquemos una caja de género: hombre, mujer y, si tienes suerte, otro. Incluso “otro” es problemático, puesto que agrupa una infinidad de identidades en una casilla, y se supone que es un regalo para la diversidad de género. Hay seguros médicos que se centran en las normas cisgénero, sin tratamientos estándar para los pacientes que no lo son.

Y, por supuesto, los medios de comunicación. Hace poco, en mi clase de Estudios sobre el Género y la Mujer, estudiamos las formas en las que se presenta el género en los medios. Nuestra conversación dio vueltas en su mayor parte a la manera en la que se objetiviza a la mujer en los anuncios, películas, revistas, etc., y las consecuencias de esto, problemas con la imagen corporal, dificultades profesionales y en el ámbito de trabajo y, por supuesto, la perpetuación y normalización de la violencia contra la mujer. Sin embargo, lo que más me impactó al ver todos esos anuncios no fue la forma en la que la mujer estaba representada, sino que solo representaba a hombres y mujeres. En todas esas decenas de publicidades que vimos, no había ni un individuo que no fuera cisgénero. En la esfera pública, la gente que no es cisgénero no existe. No se los ve ni se los reconoce ni se los representa.

Incluso es más notable en la forma en que representamos el género en nuestro lenguaje. Nuestro lenguaje depende del género y nos falta una forma estandarizada de hablar. En inglés existen pronombres sin género o del “tercer género” aunque su uso no está muy extendido. They, them, ze, zie, zir, hir y muchas otras opciones, pero fuera de la comunidad queer su uso no es común ni está normalizado. Se considera gramaticalmente incorrecto usar un lenguaje neutral al escribir, o por lo menos eso es lo que me dice el corrector de Word. Cuando uso palabras como cisgénero, hombre trans o mujer trans, me dice que no son palabras. Y, por supuesto, no reconoce ninguno de los pronombres neutros dichos anteriormente. Les enseñamos este lenguaje basado en el género a nuestros hijos, quienes lo siguen usando toda su vida. Suponemos identidades cisgénero en todo lo que hacemos, lo que se refleja en nuestro lenguaje. Estuve en tan solo dos situaciones en las que se pedía al grupo que dijeran no solo sus nombres, sino también los pronombres que preferían para sí mismos. El mismo lenguaje fortalece los géneros binarios e invalida las identidades de quienes no se identifican como cisgénero, manteniendo una norma excluyente y dañina.

Estas normas sobre el género crean una cultura de discriminación, transfobia y prejuicio contra la gente que no es cisgénero. El predominio de los géneros binarios y la discriminación contra quienes no son cisgénero influyen en prácticamente todas las áreas de la vida tanto pública como privada. Los individuos que no son cisgénero sufren el doble de la tasa de desempleo y un 97% de los que tienen trabajo sufren acoso laboral. Esta discriminación y maltrato contribuye con los índices tan altos de pobreza entre la gente que no es cisgénero, que se encuentra en un 15%, el doble respecto a los índices de la población en general. La inestabilidad en la vivienda y el número de gente sin hogar también son más altos entre estas personas como resultado de esta discriminación tan extendida.

No obstante, se dan otras formas más serias de “privilegio-cis” y de transfobia en nuestra sociedad. En Estados Unidos, solo 13 estados tienen leyes contra delitos de odio hacia la expresión o la identidad del genero, y la violencia contra las personas transgénero está muy extendida. Muchos son los que han documentado a la policía y a sanidad de la discriminación hacia este grupo que experimenta violencia y agresiones por odio. Las estadísticas indican que la gente que no es cisgénero corre un peligro más significativo de sufrir la violencia provocada por el odio, aún así, la mayor parte de esta violencia no se denuncia y el gobierno no recoge ningún tipo de dato sobre este tipo de violencia. Necesitamos mejorar de forma drástica la manera en que manejamos esta violencia, incluyendo (pero no limitándonos a) la seguridad, el trato, la atención, la concienciación y la prevención.

Aunque reconozco todas estas formas de discriminación, todos estos dobles raseros y la violencia de nuestra sociedad y cultura, ignoro aún mucho de lo que afecta a la gente que no es cisgénero. Desconozco aún muchos de mis privilegios. Mis experiencias como una mujer cisgénero me hacen más difícil ver cuáles son los privilegios que yo tengo y otros no, así como entender las experiencias de quienes no son cisgénero. Pero este privilegio no es una excusa para la ignorancia o la inacción. Tengo la responsabilidad de educarme, de concienciarme y de ser una aliada mejor. Necesito reconocer que esto es un proceso y que voy a equivocarme y me saldrá mal. Aunque sea consciente de la naturaleza cisgénero de nuestro lenguaje, sigo luchando para utilizar una escritura neutra en cuanto al género. Sigo corrigiéndome cada vez que asumo cuál es la identidad de género de una persona. Pero esto no es una causa para rendirme ni para quejarme de que es “demasiado difícil” como para preocuparme. Solo significa que necesito comprobar una y otra vez mis privilegios y actuar de forma tal que reconozca y apoye la variedad de identidades y de expresiones del género que existen en nuestro planeta. Significa que necesito concienciarme y ser una aliada mejor.

Y menos mal que hay tantos recursos para ayudarme en este proceso y tantos ejemplos de activismo no cisgénero. Hay grupos y organizaciones de defensa. En Washington está la fantástica DC campaign a favor del respeto al transgénero y la identidad de género. Existen blogs y gifs y todo tipo de comunidades online increíbles. Las Girl Scouts decidieron incluir niños transgénero. Un padre en Alemania se pone vestidos y pintauñas para apoyar la expresión de género de su hijo. Los estudiantes de un colegio en Baltimore empezaron a usar un pronombre de género neutro. Hay películas y libros y mucho más. Hay tantas formas de estar informado y de apoyar lo relacionado con quienes no son cisgénero. Hay tantas maneras de enfrentarse al género binario. Ya es hora de dar un paso adelante y hacerlo.

Pongámonos en movimiento, empezando por reconocer la complejidad del género y concienciándonos de que este es un espectro. Reflexionemos sobre nuestras propias acciones y eduquémonos cuando lo necesitemos. No podemos dar por hecho ni que conocemos algo cuando no estamos informados ni que una cuestión es inexistente porque no la vemos. Y en lugares como el campus, tenemos que pedir que se establezcan baños de género neutro. Tenemos que enfrentarnos a la violencia contra individuos no cisgéneros. Tenemos que pedir al Gobierno que establezca leyes nacionales contra la discriminación laboral, sanitaria, de vivienda y en cualquier otra área de la vida. Tenemos que reconocer que el género no es binario y que no deberíamos actuar como si lo fuera.

Adoro. El. Sexo. #LoSientoPeroNoLoSiento

30 Ago

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

La positividad sexual es un tema nebuloso. Según Wikipedia, se trata de un movimiento cuya “ideología promueve y acepta la sexualidad abierta con pocos límites más allá del énfasis en sexo seguro y la importancia del consentimiento”. Para mí, la positividad sexual es el resultado de eliminar la vergüenza del sexo y la sexualidad. Es aceptar y respetar la identidad sexual de cada uno, su orientación sexual, sus preferencias y elecciones. La positividad sexual es la comunicación y el deshacerse de los tabús sexuales que perpetúan aquellas normas sociales dañinas.

La salud sexual precisa de la positividad sexual. EEUU tiene los índices de embarazo adolescente más alto entre los países desarrollados, siendo incluso mayores los índices de los estados que solo conciben la abstinencia como educación sexual. La juventud se merece una educación sexual que sea comprensiva, que posibilite las decisiones seguras. Necesitamos un cambio cultural; decirles que el sexo es pecado, que es sucio, que es una mera herramienta para procrear, no va a permitirles tomar decisiones seguras. La positividad sexual es primordial para la comunicación, nos da la posibilidad de afirmar nuestros límites, de determinar y dar un consentimiento significativo y de pedir lo que queremos.

El consentimiento precisa de la positividad sexual. El consentimiento no es la falta de un “no”, es una respuesta afirmativa. El consentimiento exige que utilicemos nuestras voces, que hablemos de sexo, que seamos capaces de comunicar nuestros deseos e incomodidades y que respetemos los de nuestra(s) pareja(s).

Necesitamos la positividad sexual para luchar contra la violencia sexual. Ya no aguanto que “se avergüence a la puta”. Se nos enseña que la sexualidad de la mujer es o inexistente o sucia. Tanto si esperas al matrimonio como si eres activa sexualmente, siempre y cuando tomes decisiones seguras y respetes la autonomía de tu(s) pareja(s), no tienes nada de lo que avergonzarte. La “vergüenza a la puta” perpetúa, directamente, la violencia sexual. Solía trabajar en la Oficina de Defensa Pública (que por muy difícil que fuese, significaba que estaba “del lado” de los agresores sexuales, y me alegra que los agresores sexuales pobres recibieran el mismo apoyo legal que los ricos podían comprarse) y en cada uno de los casos de violencia sexual, leyendo detenidamente los archivos, se me revolvían las tripas. En “Pruebas” aparecería el pasado sexual de la denunciante, dando una imagen de una mujer pervertida (léase: sexualmente activa), como si eso invalidara su historia. A nuestra sociedad le encanta culpar y castigar a aquellos que experimentan la violencia sexual. Afirmamos que “se lo estaba buscando“, como si alguien pudiese pedir que lo violasen. Tenemos que dejar de hacer de cuenta que a las mujeres no les gusta el sexo y que su comportamiento sexual, sus decisiones o su reputación les dan a los hombres derecho sobre el cuerpo de la mujer.

Necesitamos la positividad sexual para aprender cómo querer a nuestro cuerpo y cómo dejar de tenerle miedo a las vaginas. Todo en nuestra sociedad es fálico, pero las vaginas se ven como cuevas oscuras y sucias. Lisa Brown, la representante de Michigan en el Senado estadounidense, fue expulsada de este por usar la palabra vagina. Si no puedes nombrarla, no deberías legislarla. Un chico le dijo a una amiga mía que no bajaría por razones “higiénicas”. ¿QUÉ? El genital masculino está ahí afuera, por todos lados, y la vagina es un órgano de auto-limpieza. Las vaginas son milagrosas, se estiran hasta dejar que un BEBÉ HUMANO pase por ellas. Deberíamos venerarlas, no tenerles miedo. Y ya basta con este tabú de la menstruación. Las mujeres se pasan aproximadamente el 20% de sus años fértiles menstruando, es algo demasiado común como para que se usen susurros avergonzados y eufemismos. El único momento en el que la cultura pop hace referencia a la menstruación es por el Síndrome Pre-menstrual, dando a entender que las mujeres somos inestables y sub-humanas cuando estamos con el período. Y si te da la impresión de que estoy haciéndole la pelota a la propaganda feminista, Onion me respalda.

Con frecuencia, mis compañeros me preguntan tímidamente por qué una chica en el campus necesitaría el feminismo. Obviamente, en Arabia Saudí y en la República Democrática de Congo necesitan el feminismo. Y aunque el acoso sexual, la diferencia de sueldo y el doble rasero sean mis respuestas rápidas, siento que una de las necesidades más importantes es la positividad sexual.

Adoro el sexo, es beneficioso para la presión arterial, el sistema inmunológico, el autoestima, los hábitos de sueño, la piel y la esperanza de vida. Ah, y claro, aunque sea mujer, disfruto del sexo, soy un ser sexual. Y a pesar de todo, odio mi vagina. Casi no puedo tocarla, me provoca un poco de incomodidad. Estoy co-produciendo Los puñeteros monólogos sobre la vagina y todavia tengo que aprender a querer la mía. Por dios, ni siquiera he tenido un orgasmo porque no se cómo decirles a los hombres lo que quiero y me da demasiado miedo mi propio cuerpo como para hacerlo por mí misma.

Así que, sí, incluso una mujer jodidamente empoderada y sexualmente liberada como yo, necesita la positividad sexual.