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Un viaje a través del género

16 Jul

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Han

Este no es un artículo argumentativo o políticamente correcto, porque lo cierto es que en mi vida solo arañé la superficie de la diversidad de género y no sabría las palabras exactas. Esto no es más que una historia, o muchas, supongo. Estas son mis historias, sobre mi vida y mis sentimientos. Nada más. Una invitación para ponerse en mis zapatos durante cinco minutos y tener una perspectiva distinta a la habitual.

Con ocho años recién empezaba a cuestionármelo todo, el gran PORQUÉ. ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué hay gente alta y gente baja? ¿Por qué nació mi alma en un cuerpo de niña?

No me sentía fuera de lugar en un cuerpo de mujer, pero tampoco me sentía unida a él. Si hubiese nacido tal cual soy pero en el cuerpo de un niño, habría vivido mi vida como tal con sus privilegios y sus sinsabores sin darle demasiadas vueltas. Quiero decir, incluso la forma en la que lo formulaba en mi cabeza, “mi alma… cuerpo de niña”, reflejaba que aquello que consideraba “yo” no tenía género, incluso a esa edad, aunque mi mamá insistiese en ponerme vestidos y rulos para ir a la iglesia. No me gustaba nada lo afeminado, creo que en gran medida se debía a los estigmas sociales contra las mujeres. Me sentía más libre haciendo cosas como una marimacho, cosas que no eran “propias de una jovencita”.

A los diecisiete empecé a manejar lo de la masturbación. A lo largo de los años había explorado mi cuerpo y me había enamorado de las respuestas que podía conseguir con mi propio tacto. Dejé de despotricar contra todo lo femenino y me permitía disfrutar de la ocasional falda y un poco de rímel. A esa edad también me volví loca por Laura. Desde el armario, claro, pero querer a Laura me enseñó que no eres menos persona porque te gusten las cosas afeminadas. La feminidad no es un bloque que tengas que aceptar o rechazar en su conjunto. Te pueden gustar algunas cosas, puedes odiar otras y olvidarte del resto, da igual.

A los veinte estaba en la universidad y al pasar por al lado del guardia de seguridad me dijo: “Buenos días, señor”. Sonreí y él se sonrojó al darse cuenta de su error, aunque a mí me gustó. Ni siquiera sabía por qué, pero que alguien no identificase mi género correctamente (de acuerdo con la sociedad) me emocionó mucho. Fue como echar un vistazo a un futuro en el que nadie sabe el género de los desconocidos y no importa. NO ME IMPORTA EN ABSOLUTO CUÁL ES TU GÉNERO. Sé que esto podría dar lugar a muchos comentarios probablemente ofensivos, pero a mí me gusta mi género quizás sí/quizás no y respeto el derecho que todos tenemos de definirnos (o de no definirnos voluntariamente). Para gustos, los colores.

A los veintiuno fui a la casa de mis abuelos por Navidad. Sabía que no aprobaban el pelo corto en las chicas así que me puse un vestido violeta, el más femenino que tenía, para intentar agradarles. No debería ser así, pero es una cosa de familia, ¿no? Y después mi abuelo me presentó a uno de sus vecinos como “ese chico”. La fluidez de género no consiste en eso, odio que la gente altere deliberadamente la identidad de alguien, sobre todo para insultar a esa persona. ¡TENGO DIGNIDAD!

Listo, ya paro de despotricar.

Gracias por quedaros hasta que terminase de divagar. Tras hablar con amigos y compañeros me di cuenta de que la mayoría no pensamos ni hablamos sobre el género tanto como deberíamos. Me refiero a que discutimos sobre el género binario del mundo en el que vivimos, del privilegio masculino y de cómo la sociedad limita a las mujeres; pero hablamos muy poco sobre nuestro género y sobre cómo nos sentimos al respecto, si es que sentimos siquiera la necesidad de géneros. Un punto de vista tan raro como el mío no se suele escuchar, así que espero que hayáis sacado algo de todo esto.

La desconexión racial/de clase

20 Ene

Escrito por: Angela Bui
Traducido por: Verónica Han

Empecé en una comunidad de clase baja, formada en su mayoría por latinos y afroamericanos, hasta llegar a un entorno principalmente blanco y de clase media alta. Gracias a las variadas experiencias que esto me aporta, soy cada día más consciente de cómo es cada extremo del espectro.

De adolescente creía que cuanto más alta fuese la clase social a la que alguien pertenecía, dicho alguien sería más empático y tendría menos prejuicios. Sin embargo, en mi pequeña y liberal escuela de Bellas Artes me di cuenta de que estaba equivocada. Por ejemplo, tengo una amiga que me cuenta lo que pasa en sus clases de Movimientos Sociales. Una vez, una chica sentía que la estaban timando porque su bienestar económico le impedía acceder a los programas de educación gratuita destinados a aquellos en una peor situación. Mi respuesta inmediata fue confundirme y ofenderme. No era capaz de entender que alguien le viese sentido a una afirmación tan egoísta y contradictoria. Cosas como esta son las que me hacen pensar que es imposible que todos nos unamos en pos de una justicia universal en lugar de sólo la mayor parte.

En este caso en particular, tan solo nos parecemos en el hecho de ser mujeres. Sin embargo, no compartimos etnia, ni clase social, por lo que nuestras experiencias de género son tan distintas que nos resulta casi imposible entendernos. Averigüé que a esto se le llama “matriz de dominación”, un concepto que indica cómo la identidad de una mujer y sus experiencias se moldean a partir de diferentes variables tales como la etnia, la clase social, el género y la orientación sexual. Seguramente, esta chica de la clase de Movimientos Sociales se ha visto objetificada y oprimida por los hombres por el hecho de ser mujer, pero es probable que no comprenda las dificultades de criarse en la pobreza o de que la menosprecien por su estatus económico, porque no lo ha vivido.

Me doy cuenta de que mi reacción al desconocimiento del propio privilegio perjudica la relación básica entre las mujeres. Por lo general, tacho de ignorantes a este tipo de personas en lugar de intentar cooperar para comprendernos y progresar. No obstante, ambas partes deben trabajar juntas para llegar a un entendimiento y el privilegiado no suele sentir que haya que empatizar con el oprimido, puesto que esto no le aporta ningún beneficio directo.

La afirmación de esta chica, aparte de contradictoria, resulta inquietante porque refleja un problema más grave dentro del feminismo. Esto está presente en la tercera ola del movimiento y se conoce como lifestyle feminism (feminismo como forma de vida). Se basa en la idea de que tus propias necesidades se corresponden con las necesidades de dicho movimiento. Debido a los distintos niveles de opresión que sufren las mujeres de color, es más difícil que se hagan oír en comparación con las mujeres blancas. Estas últimas tienden a centrarse en los beneficios propios en lugar de complicarse la vida para liberar a todas las mujeres, ya que es fácil ignorar las necesidades de las mujeres de color. Hay que entender que son muchas las variantes que se entrecruzan, como la etnia y el género, y si no lo hacemos, movimientos como el feminismo no pueden progresar. Para acercarnos a una justicia universal, es imprescindible que reconozcamos cómo se relacionan los distintos organismos opresivos y las estructuras sociales.

La “pregunta de pareja”

25 Dic

Escrito por: Kayla Corcoran
Traducido por: Verónica Han

Aunque sé que la pregunta es inevitable, siempre me sorprendo cuando en alguna fiesta un familiar me interroga sobre mi vida romántica. “¿Estás saliendo con alguien?”, pregunta mientras se inclinan hacia mí como si esta cercanía tan incómoda pudiese relajar el ambiente. “No”, respondo molesta porque lo primero que quiere saber no es sobre las clases ni el trabajo, sino sobre mi estado civil. Tras mi brusca respuesta, dicho familiar suele continuar preguntándome por qué no tengo novio. De repente, estar soltera no es elección mía, es un problema horrible y tengo que solucionarlo de inmediato.

“Me estoy centrando en otras cosas en este momento”, replico con alegría. “Estoy disfrutando de las clases, sobre todo Inglés, y las actividades extracurriculares me tienen muy ocupada, aparte de que trabajo en la biblioteca”.

“No te preocupes, ¡pronto encontrarás a alguien!”, me dice dándome palmaditas en el hombro e ignorando todo lo que acabo de mencionar. Está muy ocupada sintiendo pena por mí, es bastante obvio que languidezco en la tristeza proveniente de creer que los estudios son un premio de consolación suficiente por no tener novio.

No es un intercambio poco habitual y, en el caso de que pienses que nunca has estado en el extremo receptor de la “pregunta de pareja”, se dan otras variantes menos evidentes. A veces se disfraza de observación, “parece que sigues soltera, ¿eh?” (a lo que solo se puede responder con un “parece que sigues siendo una entrometida, ¿eh?”). Otras versiones incluyen la de si hay o no alguien especial en tu vida. La mayor parte de la gente en mi vida es especial, así que esta pregunta me parece un poco vaga. También puede ser que el hablante esté seguro de que estás enamorada de Fulanito, pero que simplemente te has olvidado: “¿Qué hay de Fulanito, que te gustaba tanto? ¿Te acuerdas de lo bien que lo pasasteis aquella vez?” Eh, no, te lo acabas de inventar. Una de mis preferidas es el cumplido con doble intención: “Creo que es genial que hayas decidido hacer otras cosas. No todo el mundo tiene que casarse, ¿sabes?” Muchísimas gracias, familiar lejano, por adivinar mi futuro con tus hojas de té. No nos olvidemos de la duda sobre tu preferencia sexual: “Eh, odio preguntarte esto, pero… ¿te gustan las chicas?” Esta pregunta es tan sumamente irrespetuosa en tantos aspectos que no sé ni por dónde empezar.

Es agotador. Parece que también lo es para mis familiares, que se frustran porque aparecí en otra reunión más sin un chico a mi lado. Sin embargo, por alguna razón, tienen que hacer la pregunta, ya que esta extraña situación necesita una explicación. Así que la “pregunta de pareja” se sigue haciendo, porque da la impresión de que alguien está interesándose por tu vida. No te dejes engañar, esta pregunta tiene de preocupación lo mismo que tiene de grosera y de desagradable.

Aparte de la obvia invasión a la intimidad que no agradezco, la “pregunta de pareja” y las implicaciones de esta son, como mínimo, dañinas para las mujeres jóvenes (y hombres también, aunque supongo que no experimentan tantas situaciones de este estilo como las mujeres). A una mujer no la hace ni la rompe su estado civil, pero la aceptación social de la “pregunta de pareja” ha puesto a este en un plano mucho más relevante que cualquier otro interés u ocupación que pueda tener una mujer.

Otra consecuencia peligrosa de preguntar por qué no tienen novio, es la actitud de que las mujeres solteras son, de una forma u otra, menos por el hecho de serlo. Tiene que haber algo realmente mal en ella para que no tenga novio, más aún si la joven en cuestión no parece demasiado preocupada por este enorme hueco en su vida.

¡No te preocupes! Puedes llenarlo descubriendo qué hay de malo en ti. Hay miles de tests en Internet y en las revistas para mujeres que te cuentan qué es lo que te hace seguir soltera. El de Why Don’t You Have a Boyfriend? (¿Por qué no tienes novio?) de la revista Seventeen Magazine consta de siete preguntas serias y complejas recopiladas por profesionales con el fin de diagnosticar tu problema. La primera es: “¿Qué haces cuando ves a ese futbolista bue-no-rro que marcó el gol ganador de ayer?” Solo te dan tres opciones porque cualquier mujer joven y soltera haría seguramente una de las siguientes; “a) Casi sonrío y como que miro para otro lado. b) Lo felicito por un buen partido. c) Le doy una palmadita juguetona en el culito, como en los vestuarios para chicos” [1]. ¡Qué alivio saber que nunca más tendré que estar soltera si acoso sexualmente a extraños después de que hagan deporte! Qué tonta que soy, cómo no lo pensé antes.

Buen intento, Seventeen, pero no tener novio no es un problema que diagnosticar y, si lo fuera, no se haría con un test de elección múltiple (¿me están tomando el pelo?). Puede ser una decisión activa; puede ser que tener novio no sea el único objetivo de una mujer joven; puede ser que la chica no haya conocido a nadie que le guste; puede ser por las circunstancias. Puede ser cualquiera de estas razones, pero no tiene que haber una razón. Puede simplemente ser y cuanto antes lo aceptemos, antes podremos empoderar a las jóvenes a ser ellas mismas, sin importar su estado civil.

Adoro. El. Sexo. #LoSientoPeroNoLoSiento

30 Ago

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

La positividad sexual es un tema nebuloso. Según Wikipedia, se trata de un movimiento cuya “ideología promueve y acepta la sexualidad abierta con pocos límites más allá del énfasis en sexo seguro y la importancia del consentimiento”. Para mí, la positividad sexual es el resultado de eliminar la vergüenza del sexo y la sexualidad. Es aceptar y respetar la identidad sexual de cada uno, su orientación sexual, sus preferencias y elecciones. La positividad sexual es la comunicación y el deshacerse de los tabús sexuales que perpetúan aquellas normas sociales dañinas.

La salud sexual precisa de la positividad sexual. EEUU tiene los índices de embarazo adolescente más alto entre los países desarrollados, siendo incluso mayores los índices de los estados que solo conciben la abstinencia como educación sexual. La juventud se merece una educación sexual que sea comprensiva, que posibilite las decisiones seguras. Necesitamos un cambio cultural; decirles que el sexo es pecado, que es sucio, que es una mera herramienta para procrear, no va a permitirles tomar decisiones seguras. La positividad sexual es primordial para la comunicación, nos da la posibilidad de afirmar nuestros límites, de determinar y dar un consentimiento significativo y de pedir lo que queremos.

El consentimiento precisa de la positividad sexual. El consentimiento no es la falta de un “no”, es una respuesta afirmativa. El consentimiento exige que utilicemos nuestras voces, que hablemos de sexo, que seamos capaces de comunicar nuestros deseos e incomodidades y que respetemos los de nuestra(s) pareja(s).

Necesitamos la positividad sexual para luchar contra la violencia sexual. Ya no aguanto que “se avergüence a la puta”. Se nos enseña que la sexualidad de la mujer es o inexistente o sucia. Tanto si esperas al matrimonio como si eres activa sexualmente, siempre y cuando tomes decisiones seguras y respetes la autonomía de tu(s) pareja(s), no tienes nada de lo que avergonzarte. La “vergüenza a la puta” perpetúa, directamente, la violencia sexual. Solía trabajar en la Oficina de Defensa Pública (que por muy difícil que fuese, significaba que estaba “del lado” de los agresores sexuales, y me alegra que los agresores sexuales pobres recibieran el mismo apoyo legal que los ricos podían comprarse) y en cada uno de los casos de violencia sexual, leyendo detenidamente los archivos, se me revolvían las tripas. En “Pruebas” aparecería el pasado sexual de la denunciante, dando una imagen de una mujer pervertida (léase: sexualmente activa), como si eso invalidara su historia. A nuestra sociedad le encanta culpar y castigar a aquellos que experimentan la violencia sexual. Afirmamos que “se lo estaba buscando“, como si alguien pudiese pedir que lo violasen. Tenemos que dejar de hacer de cuenta que a las mujeres no les gusta el sexo y que su comportamiento sexual, sus decisiones o su reputación les dan a los hombres derecho sobre el cuerpo de la mujer.

Necesitamos la positividad sexual para aprender cómo querer a nuestro cuerpo y cómo dejar de tenerle miedo a las vaginas. Todo en nuestra sociedad es fálico, pero las vaginas se ven como cuevas oscuras y sucias. Lisa Brown, la representante de Michigan en el Senado estadounidense, fue expulsada de este por usar la palabra vagina. Si no puedes nombrarla, no deberías legislarla. Un chico le dijo a una amiga mía que no bajaría por razones “higiénicas”. ¿QUÉ? El genital masculino está ahí afuera, por todos lados, y la vagina es un órgano de auto-limpieza. Las vaginas son milagrosas, se estiran hasta dejar que un BEBÉ HUMANO pase por ellas. Deberíamos venerarlas, no tenerles miedo. Y ya basta con este tabú de la menstruación. Las mujeres se pasan aproximadamente el 20% de sus años fértiles menstruando, es algo demasiado común como para que se usen susurros avergonzados y eufemismos. El único momento en el que la cultura pop hace referencia a la menstruación es por el Síndrome Pre-menstrual, dando a entender que las mujeres somos inestables y sub-humanas cuando estamos con el período. Y si te da la impresión de que estoy haciéndole la pelota a la propaganda feminista, Onion me respalda.

Con frecuencia, mis compañeros me preguntan tímidamente por qué una chica en el campus necesitaría el feminismo. Obviamente, en Arabia Saudí y en la República Democrática de Congo necesitan el feminismo. Y aunque el acoso sexual, la diferencia de sueldo y el doble rasero sean mis respuestas rápidas, siento que una de las necesidades más importantes es la positividad sexual.

Adoro el sexo, es beneficioso para la presión arterial, el sistema inmunológico, el autoestima, los hábitos de sueño, la piel y la esperanza de vida. Ah, y claro, aunque sea mujer, disfruto del sexo, soy un ser sexual. Y a pesar de todo, odio mi vagina. Casi no puedo tocarla, me provoca un poco de incomodidad. Estoy co-produciendo Los puñeteros monólogos sobre la vagina y todavia tengo que aprender a querer la mía. Por dios, ni siquiera he tenido un orgasmo porque no se cómo decirles a los hombres lo que quiero y me da demasiado miedo mi propio cuerpo como para hacerlo por mí misma.

Así que, sí, incluso una mujer jodidamente empoderada y sexualmente liberada como yo, necesita la positividad sexual.

Reflexiones sobre una noche fuera

13 Ago

Escrito por: Zoe Dobkin
Traducido por: Verónica Han

Se me ocurrió compartir algunos sucesos que tuvieron lugar una noche que salí con mis amigas.

1er Strike: Bailando con un chico me doy cuenta de repente que nos están grabando. Me siento incómoda. Primer instinto: ignorarlo y restarle importancia.

2do Strike: Bailando con un chico, este empieza a darme palmadas en el culo. No estoy muy segura de qué hacer. Pasan los segundos y él continúa haciéndolo. Estoy paralizada. Finalmente, para y puedo respirar.

3er Strike: Antes de que tenga un segundo para comprender lo que acaba de pasar, empieza a empujarme la espalda hacia abajo para que se la chupe. La adrenalina hace que la ira pura me recorra las venas y me da la valentía que tanto necesitaba para largarme. Subo las escaleras.

4to Strike: Por fin estoy sola en un sillón, pero antes de que consiga algo de paz en mi mente, dos chicos me ven y se me acercan. Empiezan a darme toques con los dedos en la cara. Primer instinto: es una broma, no le doy importancia. Estoy un poco asustada, hay dos de ellos y solo una yo, pero demasiado molesta como para que me importe. Empiezan a decirme que estoy buena, como justificación para seguir acosándome. Les digo que si no paraban les iba a pegar en las pelotas. Por lo visto, uno de ellos cree que estoy bromeando e intenta un último toque. Le pego en sus partes. Se ríe y me dice que fallé. Le pregunto si quiere que lo intente de nuevo.

5to Strike: Caminando hacia el coche, parece que un chico intenta llamar mi atención. Ni me di cuenta porque estoy más que furiosa. Una de mis amigas se gira y le dice muy claramente que no está interesada. Le replica muy bruscamente que no está interesado en chicas de su tipo y que me hablaba a mi. Ahora yo caminaba más rápido. Por qué estará tan lejos el coche…

Después de muchos intentos de distintos hombres de degradarme, objetivizarme y reducir mi valía (y conseguirlo) , me gustaría tener la oportunidad y responder:

En serio, no hagan el imbécil conmigo. O ya que estamos, con ninguna chica.

Con cada experiencia, solo me preparo y me determino más y más a poner a los hombres en su sitio. Estoy demasiado enfadada como para que me dé miedo.

Sin embargo, con cada experiencia, se me hace más y más complicado evitar saturarme. Se me hace cada vez más complicado recordar que no todos los hombres son así y que aunque los hombres son generalmente los peores ofensores, también son aliados esenciales para el movimiento feminista.

Recordar esta experiencia me da una mínima comprensión de por qué es tan difícil presentarse ante la policía para una superviviente de un acoso y abuso sexual mucho más serio. Al repetir una y otra vez lo sucedido en mi cabeza, mis primeros pensamientos fueron siempre de auto-criticismo, lo que me enfurece. Me pregunto si habría estado bailando de forma demasiado provocativa. Claramente, fue por lo que llevaba puesto, estaba vestida de un modo muy promiscuo. ¿Qué otra cosa podría esperar de una fiesta universitaria? Debería haberme ido en cuanto me di cuenta de que me estaban grabando. Debería haber abofeteado al chico con el que estaba bailando. La lista continúa.

Es más, hay un miedo agregado de que la gente leyendo este artículo me juzgue basándose en las mismas dudas. Una vez tras otra, escucho como se culpa a los supervivientes de los incidentes en lugar de a los perpetradores. Pensé en colgar esto de forma anónima o en ni siquiera escribirlo, porque una vez que dices algo en Internet, se queda ahí para siempre.

Pero la cosa es esta: el reproche a mí misma de antes es inapropiado e irrelevante porque siempre me merezco ser tratada con respeto. Cualquier otra cosa no está bien. Sin sis, ys o peros al respecto.

Incluso peor que todas esas dudas es el hecho de que no tuve el coraje para sentarme y escribirlo hasta que compartí lo que me había pasado con una amiga y me aseguraró que no estaba “exagerando”.

Así que voy a cerrar esto con una lección vital. Escúchame con atención. Quiero que sepas que tu incomodidad, grande o pequeña, en cualquier situación (esto es, en cualquier situación) es más que suficiente justificación para irte. Está bien, ahora quiero que te lo digas hasta que se quede a fuego y grabado en tu cerebro, porque cuando llega el momento, es difícil recordarlo y actuar según este principio esencial. Todavía lucho con ello de vez en cuando.

La primera vez que me llamaron puta fue a los 13

24 Jul

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

Todavía hay veces, cuando me entretengo frente al espejo unos segundos,

no muy segura de qué tienen que ver estos pómulos o estas rodillas llenas de cicatrices con la pasión por las políticas sanitarias o el apetito por viajar,

o cuando vuelvo a casa, con los tacones en las manos y la mirada en mis pies, evitando los ojos de las familias vestidas color pastel que entran en la Iglesia de la Santa Trinidad una mañana de domingo,

en las que aún me evalúo, aún deduzco mi valía por mi apariencia y el valor que me asignan los hombres.

Y esto lo hago porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13.

Me llamaron puta, Chloe* y Morgan*, porque besé a un chico en una fogata, durante un juego de verdad o consecuencia. Chloe pensaba que el chico era lindo y él se mantenía al nivel de los chicos mayores en el skatepark, pero yo no sabía nada de su enamoramiento. Solo sabía que el chico sí que era lindo y que sí se le daba bien patinar y que yo no pensaba echarme atrás durante un verdad o consecuencia. Me llamaron puta y dejaron de hablarme hasta el backstage de la obra de teatro, cuando Chloe y él comenzaron una relación íntima en la que no se reconocían en la cafetería pero se quedaban hasta tarde chateando.

Me llamaron puta y aprendí que las mujeres imponen el doble rasero y la putificación entre ellas como los hombres. Me llamaron puta y aprendí que el “los amigos antes que las zorras” significaba algo totalmente distinto para las mujeres, que Morgan y Chloe abandonarían a esta “zorra” porque codiciaban a este “amigo”.

Me llamaron “rompe-corazones”, a los 8, mientras me apoyaba contra mi madre, cansada después de un día de pileta. “Ella será una rompe-corazones y aquella”, sonrió a mi hermana, “será un dolor de cabeza”. A los 8 ya sabía que yo era la que codiciaban, considerada una rompe-corazones, no un audaz dolor de cabeza. Más tarde, mi hermano me molestó por mis dientes de conejo, y cuando su amigo Ryan* dijo que mis pecas eran bonitas, casi me desmayo.

Me llamaron rompe-corazones y aprendí que mi relación con los hombres, incluso adultos, que me sonreían como si fuera su propia hija, incluso profesionales, con sus maletines, siempre estará corrompida por el valor de la belleza y la tragedia de una complexión desigual, los días de pelo incorregible y la temible báscula.

Me llamaron zorra a los 14 e institucionalizaron mi título. Se expandió por la clase un código, KIAW, que alguien gritaba espontáneamente en los pasillos, como el maullido de un gato, durante las tres últimas semanas de octavo curso. Jake* y Mark*, populares por su habilidad en basket, me gritaban KIAW mientras entraba en clase o cuando subía al autobús escolar. “Significa que les gustas”, me dijo Hannah*sabiamente, pero después de un día entero firmando anuarios, supe lo que realmente quería decir. “Lo siento”, Jake se miró los pies. “Kathleen Is A Whore (Kathleen es una zorra), creíamos que sería divertido, solo entre Mark y yo, pero después todo el mundo empezó a decirlo”. “¿Todos saben lo que significa?”, pregunté, conteniendo el aliento. “Seehh…”, los ojos pegados en sus Vans, sí, cada uno de estos estudiantes con los que has ido al colegio los últimos 9 años piensan que eres una zorra.

Me llamaron zorra y aprendí que mi historial “sexual” era infinitamente más relevante en mi vida social y me definía mucho más que el discurso que dí esa noche por tener las mejores notas, a pesar de que cité a gente muy inteligente sobre la que habíamos leído en historia y de que mis profesores les dijeron a mis padres que tenía mucho potencial. Me llamaron zorra porque me escapé de casa una noche para encontrarme con mi novio de secundaria en la playa y porque vestía camisetas de tirantes y aprendí que la clave tanto para enemigos como admiradores, y aún más importante, para recibir atención como mujer, no era éxito, sino sexo.

Me llamaron puta en una página anónima de Facebook, contaban mis encuentros sexuales mientras cantaban las letras de los himnos de sus equipos, suplicaban historias en juegos para beber. Las mujeres se unían cuando descubrían mi implicación con algún interés romántico suyo y los hombres dejaban de ser amigos míos cuando se daban cuenta de que no tenía ningún interés en tirármelos.

Por lo que todavía lucho para proteger mi valía de la influencia de la belleza y las tallas, de con quién me he acostado y de quién piensa que merezco su tiempo, porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13 y todavía tienen que demostrarme si valgo algo más que eso para ellos.

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*Todos los nombres han sido modificados.

Créeme: No eres inadecuada

15 Jul

Escrito por: Morgan McDaniel
Traducido por: Verónica Han

“Nunca me siento lo suficientemente buena”, dijo mi compañera. “Siempre siento que mis amigos y amigas están haciendo cosas más impresionantes que yo. No importa lo que haga, siempre me siento inadecuada”.

Era la última hora de clase del semestre y el tono de la conversación se había vuelto íntimo y de confidencia. El profesor asintió. “Bueno. ¿Quién más se siente así?”

Levanté mi mano y con timidez miré alrededor. La clase era en su mayor parte mujeres, incluyendo algunas a las que admiraba, mujeres con las que me había comparado antes de levantar la mano. Cada una de esas manos estaba levantada.

En ese momento, sentí alivio a la vez que una profunda tristeza. Alivio al darme cuenta de que no estaba sola y tristeza puesto que tantos otros sentían esa aplastante presión para llegar a una meta inalcanzable.

El segundo semestre de mi tercer año, al volver del que hice en el extranjero y de sentirme aislada, me vi atrapada en una espiral de auto-desconfianza y culpándome a mí misma por ello. Estaba sobrepasada por el sentimiento de que, a pesar de mi tiempo de prácticas, de mis anteriores posiciones de liderazgo y de unas notas increíbles, ya me había fallado a mí misma.

Me sentía inútil. La confianza con la que me había movido sin pensármelo dos veces cuando estaba en casa e iba al secundario, cuando era un pez gordo en un pequeño estanque, se desmoronó. Cualquier logro me parecía ahora trivial comparado con lo que todos los demás estaban haciendo. Si fuese lo suficientemente buena, sería la presidenta de alguna organización, preferentemente, una que haya fundado yo misma. Tendría un grupo de amigos que saliesen bien en las fotos de Facebook, con los que salir todas las noches y pasarlo bien, ir a eventos culturales las tardes de los domingos en primavera. Correría maratones. Trabajaría demasiado como para dormir lo suficiente, pero daría igual por lo involucrada y apasionada que estaría.

Intenté ignorar ese sentimiento y hacerlo desaparecer. Pero eso solo me hacía sentir peor. Porque claro, no desaparecía. Me desmotivaba, era incapaz de gastar energía en comenzar nuevos proyectos y me odiaba por dormir ocho horas cada noche y ver aturdida la tele en lugar de “ser productiva”. Algunas noches, la desesperación iba tan lejos que lo único que podía hacer era llamar a mi madre a las dos de la mañana, sollozando sin razón alguna – sentada en los fríos azulejos del baño con la puerta cerrada para que mi compañera no lo supiera. Para cuando me di cuenta de que había una palabra para lo que sentía, depresión, el semestre ya había terminado y era hora de hacer las maletas.

Demasiado tarde supe cuanta gente se sentía de este modo, aunque nadie hable de ello. Me chocó darme cuenta de que no era la única pasando por eso, que incluso la mayoría de aquellos compañeros que admiraba se sentía inadecuados, que la fachada con la que me comparaba sin compasión ni piedad no existía. En la vida real y en Internet, estamos acosados permanentemente por el efecto Facebook. Los logros de cada uno de nosotros son públicos pero sus inseguridades invisibles. Crea un círculo vicioso. Nos alimentamos de los éxitos de los demás, intentando competir contra un horizonte que se aleja, uno que no podemos conseguir, lo que nos hace sentir menos valiosos.

Pareciera que este impulso interno, destructivo, hacia la perfección, es un fenómeno que se da más bien entre las mujeres. Por supuesto, es posible que lo crea porque he hablado más del tema con mujeres y no significa que los hombres no sufran ansiedad, depresión y la asfixiante presión de lograr distintas metas, porque sí que lo hacen. Pero es a las mujeres a las que se les enseña que deben ser complacientes desde el primer día y quienes por algún motivo son incapaces de decir que no. Courtney Martin lo explica en su libro “Chicas perfectas, hijas hambrientas”, con una frase que me dio escalofríos la primera vez que la leí:

“Somos las chicas con trastornos de ansiedad, agendas llenas, planes de cinco años. Nos tomamos a nosotras mismas muy, muy en serio. Somos las mediadoras, las ingenuas bienhechoras, las generosas, las salvadoras. Llegamos a tiempo, preparadas por demás, muy leídas, ingeniosas, intelectualmente curiosas, siempre en movimiento… Nos enorgullecemos de dormir tan poco como podamos y de privarnos de cualquier privilegio… Somos implacables, nos criticamos a nosotras mismas, perdonamos… Somos las hijas de las feministas que dijeron “puedes ser cualquier cosa” y entendimos “tienes que serlo todo”.

Al hablar con más mujeres en el campus me di cuenta de lo bien que sus experiencias reflejan las mías. Sí, entendemos que la gente necesita tiempo para cuidar de ellos mismos -para dormir, comer bien, tomarse su tiempo para descansar cuando están muy estresados -, pero eso es algo que los otros necesitan hacer, no nosotras. Si fuéramos tan fuertes como nos obligamos a ser, podríamos continuar. En su lugar, bebemos demasiado y volvemos a casa por la mañana desde lo de un chico más*. Esperamos que nadie note cuántas comidas nos saltamos o cuánto tiempo pasamos en el gimnasio. Pero aún así no estamos a la altura de nuestros estándares y no nos hace sentir mejor con nostras mismas.

Necesitamos ayuda, pero no sabemos cómo pedirla. La razón por la que nunca les pregunté a mis amigos es porque tenía miedo de que dijeran que no. Realmente pienso que queremos preocuparnos los unos por los otros y que el espíritu de servicio a la comunidad se prolonga hasta aquellos que sentimos más próximos. No era por eso. Era porque no sentía que pudiera preguntar, pues todos estaban muy ocupados con cosas tan increíbles e importantes. No quería ser un carga o una aguafiestas. Y no quería que creyeran que no podía aguantar la presión.

Necesitamos hablar del tema. Es difícil pedir ayuda porque significa que hemos fallado en conseguir la meta más básica de todas, esa por la que luchamos durante años: autosuficiencia, una perfección sin esfuerzo. Pedir ayuda, aceptar que podemos ser personas valiosas, que merecen amor y amistad, incluso si no conseguimos unas prácticas o ganamos unas elecciones o sacamos un diez. Todo esto es sorprendentemente complicado y lucho cada día para conseguirlo.

Ya somos líderes de la justicia social, expertas y compasivas, sabemos como ser amables con los demás. Necesitamos ser más amables con nosotras mismas.

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*Esto no significa que beber alcohol o tener sexo casual sea inherentemente malo o insalubre. El contexto personal es clave.