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Apuntes sobre la virginidad

30 May

Escrito por: Elena Rivas

Me muevo entre círculos feministas. La mayor parte de mis amigas, sean del ámbito que sea, son feministas. Discutimos sobre feminismo y nos formamos en feminismo y me ayudan a ser “un poquito mejor feminista”. Ellas mismas entienden mis contradicciones y no juzgan cuando me veo 10 tutoriales seguidos de maquillaje en Youtube (si no más).

Pero hay algo que no consigo que comprendan. Se puede seguir siendo virgen a los 20. Y feliz. Y sin buscar a la desesperada dejar de serlo. Tengo una amiga que no soporta que diga que soy virgen, que la virginidad no existe, que solo es una convención patriarcal para separar a las mujeres entre putas y puras. Y sí, tiene razón, yo no tengo que dar ninguna flor. Yo no dejo de ser mejor persona solo por follar. Porque, precisamente, obtener orgasmos de que un pene me penetre sin haber recibido antes un anillo de los de diamantes y oro no me hace más guarra. Pero creo que voy a tener que empezar a reivindicar mi virginidad como acto político.

Sé que follar es fantástico, aunque sólo sea por todas las veces que se me ha dicho que follar es fantástico. Si tantas personas me lo dicen, será que es verdad. Una de las luchas más encarnizadas del feminismo es destruir esa “doble moral”, ganar las mujeres un espacio dentro de las relaciones sexuales que nos permita disfrutar de manera absoluta, y sin culpa, de nuestra propia (y maravillosa) sexualidad. Pero eso va en sentido bidireccional. Yo también estoy disfrutando de mi libertad sexual si decido seguir siendo virgen a los 20 años. No me pasa nada malo. No soy una persona incompleta solo por tener orgasmos que no haya producido otra persona.

Se me preguntó hace dos años que si lo que yo quería era caminar de la mano con un tío. Si lo que quería era una relación estable, un príncipe azul que me tratara como una princesa. Y me asusté, negándolo rápida y efusivamente (introduzca emoticono de carita asustada). Yo no quiero ser una princesa… si esa era la alternativa, pensé, supongo que lo que yo quiero es empezar en seguida a follar tanto como lo haría cualquier mujer empoderada, perderle el miedo y dejarme de tonterías. Era joven e inocente y me dejé llevar por toda la “liberalidad” de las mujeres de mi alrededor. Quería ser como ellas, disfrutar como ellas, follar como ellas. Fue un tiempo oscuro.

No obstante, caer tan bajo me ayudó a impulsarme hacia arriba y ver la luz. Sí. Vi la luz. Me di cuenta de que, al igual que esta sociedad patriarcal bipolariza cualquier aspecto de nuestras vidas, nosotras, que nos hemos educado en ella, también. Luchar para que desaparezca esa dicotomía de “puta-pura” nos impide ver que nosotras también creamos nuestras propias dicotomías. Que lo contrario de la feminista empoderada es ser la virgen sumisa. Y eso es lo que yo era para ellas. Una virgen sumisa que esperaba a su príncipe azul y su gran noche de bodas y su “ir de la mano por la calle”. Y entender eso, fue comprender al mismo tiempo que yo no quería ninguna de las dos cosas. Un alivio.

Todo porque confundimos cuál es el objetivo de la liberación sexual. Empoderarnos como personas sexuales para dejar de ser objetos sexuales no tiene como finalidad el poder follar mucho con muchas personas. Significa que cada una tenemos nuestros tiempos y nuestras necesidades. Yo tengo mis propios tiempos y mis propias necesidades. Y eso no me hace excepción, me hace ser otra forma de concebir la sexualidad, me hace ser una realidad distinta e igualmente respetable.

Estoy en paz con mi realidad. No me avergüenzo y cada vez me lo callo menos. Estoy orgullosa de ser capaz de esperar, de no dejarme llevar por lo que la sociedad y mis alrededores quieren de mi. Es mi decisión y me atengo a ella. Claro que el sexo es genial pero no lo es todo. Tengo en mi vida personas maravillosas con las que comparto relaciones no sexuales que son igual de satisfactorias. A veces incluso más. Ser feminista no significa follar. Ni ser feminista significa no follar. Ser feminista significa cuidarte, atender a tus necesidades. Y sobre todo quererte. Ser feminista significa entender que no habrá jamás otra persona que te pueda querer tanto como te puedes llegar a querer tú misma.

Mi feminista loca y gorda

24 Dic

De ahora en adelante, la gente puede aceptarte por quien eres o irse a la mierda.

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Hojman

Hay una serie (británica, las mejores siempre lo son) llamada My mad fat diary. El título en inglés lo explica bastante bien: Rae es una adolescente gorda que lucha contra la depresión, las heridas que se causa a sí misma y un síndrome que la hace comer de forma compulsiva. Solo tiene seis episodios, pero te cambian la vida.

Me he identificado como gorda toda mi vida y nunca he visto a un personaje gordo ser el protagonista. Rae no ocupa el segundo plano de nadie: tiene complejos, es divertida y un poquito típica. Es una serie con una protagonista gorda y antes de verlo no sabía por qué lo necesitaba tanto.

Esta es la cosa: la gente siempre intenta ocultar mi gordura. Es una vergüenza de segunda mano, soy la viva imagen de algo que nadie en el mundo quiere ser. Mi compañera de habitación de primero dijo que las personas gordas le daban asco, una amiga mía dijo que le provocan tal impresión que no puede ni mirarlas. Mis compañeros de clase hacen muecas cuando alguien gordo se les sienta al lado. Estoy gorda y eso significa que soy vaga y fea y que siempre me tengo que poner por atrás en las fotos. Estoy gorda y eso significa que no soy bienvenida, porque la gordura en sí misma no es bienvenida. Existe un motivo por el que se cree que la gente gorda es “alegre”: tenemos que aguantar todas vuestras estupideces las 24 horas del día y usamos el humor para lidiar con ello, si no fuese así nos arrancaríamos la piel a tiras, literalmente.

Yo encontré otras formas de enfrentarme a mi gordura, soy la primera en llegar a todas las clases, todos los días, todos los semestres de todos los cursos porque puedo elegir mi sitio la primera. Así no tengo que apretujarme entre dos asientos o hacer maniobras para pasar por huecos en los que no sé si quepo. Es un mecanismo de defensa, nadie me ve intentando encajarme entre la silla y el escritorio. Si almuerzo en la cafetería, voy cuando está vacía para que nadie me vea comer sola. La imagen de una persona delgada y una gorda comiendo sola es distinta. Si es alguien delgado, no es nada del otro mundo, si ese alguien está gordo, significa que no se merece que nadie se siente con él. Cuando escucho a mis amigas hablar de lo mucho que cenaron, de lo gordas que se sienten o de los tres kilos que ganaron en verano, me quedo callada. Las apoyo en su misión de estar delgadas e ignoro la implicación de que lo que yo soy no es lo deseado. Sonrío a los desconocidos en los aviones porque sé que están enfadados porque les tocó sentarse a mi lado durante el vuelo y evito las miradas cuando me termino mi burrito.

Puesto que llevan toda la vida diciéndome que soy algo que la gente no quiere, me lo creí; pero cuando miro My mad fat diary, me siento un poco mejor conmigo misma. A Rae le toca ser la protagonista, le toca ser interesante, luchar para no comer compulsivamente. Rae puede hablar de su depresión con un psiquiatra sin que sea vergonzoso. Rae consiguió un novio.

Rae consiguió un novio.

Por primera vez desde que miro la televisión, me dejan ver a una persona gorda que gusta y provoca deseo. La sexualidad tan visible de Rae (se masturba con la fantasía de un dios romano en uno de los episodios) es vital porque no tengo ni idea de cuál es mi orientación. Estoy condicionada a pensar que no me merezco tener sexualidad. No le intereso a nadie, así que mi sexualidad es inútil. Cuando todos los programas de televisión, las revistas, los libros y las películas presentan a una chica delgada, borran aún más mi sexualidad. No importa si el medio es manga alternativo o un reality show. La gente gorda y con sexualidad no existe y mucho menos como protagonistas con historias completas y mundos que giran a su alrededor.

My mad fat diary es una serie innovadora y triunfadora. Me dice que me merezco atención y que se me vea de forma sexual, e incluso que me merezco elegir. No tengo que contentarme con la primera persona que demuestre algún interés por mí. No tengo que sentirme halagada cuando me acosen por la calle porque por lo menos alguien se ha fijado en mí. Cuando me tratan como a una persona real, cuando me siento como una persona real, puedo escapar de las estructuras opresivas que me mantienen sumisa, tengo una voz. Tengo autoestima. Y sí, claro que el autoestima debería venir de dentro, pero mientras tanto puedo ir por el mundo con la certeza de que hay gente que piensa que me merezco ser la protagonista, que me merezco atención y respeto, que yo, a diferencia de mi gordura, sí soy bienvenida.

(Nota de la autora: Podría escribir páginas y páginas sobre lo bien que esta serie trata la salud mental, pero eso lo dejo para otro día. Aviso legal: La experiencia de la gordura no es la misma para todas las mujeres, las mujeres de color lo viven de una forma muy distinta.)

Tom Daley no es gay, solo tiene una relación con otro hombre

4 Dic

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Elena Rivas y Verónica Hojman

Tom Daley, medallista olímpico inglés, salió hace poco del armario vía youtube con la información de que está en una relación con otro hombre, lo que sorprendió a muchos y enorgulleció a varias comunidades diferentes. En el comienzo de las olimpiadas de invierno en un país con unas leyes anti-LGTB increíblemente duras, la noticia de que un conocido y respetado atleta de las olimpiadas de verano más recientes pertenece a la comunidad queer proporciona conciencia y visibilidad a una comunidad que en el pasado ha sido voluntariamente ignorada. Los estereotipos entre la comunidad gay se están desmoronando. Cada vez son más los atletas que se declaran gays y llenan de orgullo y esperanza a los jóvenes que sienten que no encajan en ciertas categorías definidas por nuestra cultura. Uno puede hacer deporte, formar parte de un equipo y no ser hetero ni fingir algo que no es.

Me parece notable que Tom Daley haya encontrado el coraje para hacer algo tan valiente y diese a conocer su relación con otro hombre en un momento tan crucial. Salir del armario es todavía algo muy complicado de hacer delante de todo el mundo; tener a todos vigilando cada uno de tus movimientos, juzgándote sin ni siquiera conocerte, conlleva una fuerza increíble. Le alabo por hacer algo tan difícil y, sin embargo, tan necesario. Daley está ayudando a cambiar la historia para mejor y a crear un espacio más seguro para la juventud homosexual.

La respuesta de los medios de comunicación no fue, no obstante, la ideal. Como ya he escrito en varios artículos, no me gustan las etiquetas, especialmente las que ignoran a otras comunidades. Muchos de los artículos con los que me encontré esa mañana tenían títulos con la palabra “gay” en ellos, aunque en el vídeo que Daley publicó, nunca hace esa afirmación. Dice que tiene una relación con otro hombre, que está cómodo y se siente seguro con él, pero no dice las palabras “soy gay”. De hecho, durante el vídeo afirma: “Todavía me gustan las chicas, pero ahora mismo salgo con un chico y no podría ser más feliz.”

Esto puede parecer una diferencia innecesaria para algunos o algunas, pero es un excelente ejemplo de como se ignora la bisexualidad, algo que se ha hecho durante años. Es fantástico que Daley haya hecho pública su relación, pero no está bien que los medios hayan etiquetado, una vez más, mal a alguien. Daley no ha definido su sexualidad. Ha declarado que tiene una relación con otro hombre, pero no se ha presentado como gay tal y como varios artículos han asegurado. Tampoco se ha definido como bisexual, así que los medios tienen que dejar de decir que lo ha hecho.

Etiquetar mal a la gente ignora a muchas comunidades distintas que luchan para que sus voces se escuchen. Le complica las cosas a quienes no están seguros de su sexualidad o no encajan con los términos “gay” o “hetero”. Ilegitima relaciones legítimas y no deja que la gente se entienda o se acepte a sí misma de las maneras que pueda. Tenemos que parar de forzar estas etiquetas o el gran paso que ha dado Daley habrá valido de poco para concienciar a la gente a favor de las comunidades queer en general.

Los rituales de la opresión de género

5 Nov

Escrito por: Allyn Faenza
Traducido por: Verónica Hojman

En dos de las clases que tuve la semana pasada surgió la misma conversación. Aquí, en Ghana, los hombres y las mujeres participan en los debates de clase de una forma bastante igualitaria, pero los hombres tienden a decir más lo que piensan. Ellos llevan las riendas de la sala y proponen temas interesantes para analizar, aunque casi nunca esté de acuerdo con lo que afirman acerca del género y la sexualidad. Mientras hablamos de los rituales más comunes de los grupos étnicos de Ghana, la conversación que teníamos en mente era si las mujeres fortalecían los roles de género a través de estos rituales: ¿Son las mujeres su peor enemigo?

Es innegable que la opresión de género es una norma presente en una gran variedad de culturas. Los métodos de está opresión son diferentes, pero la desvalorización estratégica del género de uno mismo para establecer un sistema de poder que beneficia al otro económica, social o religiosamente es la misma. Las implicaciones físicas, emocionales y mentales de la desvalorización del género son devastadoras. “Las mujeres son su propio enemigo” es una expresión que se discute con frecuencia al pensar en cómo las mujeres podrían estar dispuestas a someter a otras a opresiones sexistas. Cuando las mujeres fortalecen las expectativas de género se las acusa de su propia opresión. Hay algo, sin embargo, que, ni está dicho, ni mis compañeros aquí en Ghana ven. Esto es, la profundidad que alcanzan los roles de género en la cultura de una sociedad y cómo dichos roles influyen en el comportamiento a pesar de las consecuencias para aquellas que los fortalecen. A veces, las mujeres son tan inconscientes de su propia participación en los roles que les impone la sociedad que fuerzan voluntariamente a otras mujeres a cumplirlos, lo que puede desencadenar traumas psicológicos y físicos. No obstante, este comportamiento no es más que un hábito y un intento de evitar la etiqueta de “anormal”.

En mi clase de Género en la Religión y la Cultura, hubo un giro inesperado cuando empezamos a hablar de los rituales de los integrantes de los ewé, habitantes de Volta (Ghana), tras la muerte de uno de ellos. Cuando el marido de una de las mujeres fallece, el resto de las mujeres debe llevar a cabo los ritos pertinentes para honrar al difunto y ayudar a la mujer acusada. Digo mujer acusada porque si el hombre muere antes que ella, se presupone que ella lo asesinó aunque no haya ninguna prueba de esto. Las mujeres del grupo comienzan un proceso para facilitar el viaje del alma al Cielo y restaurar la paz en la comunidad. Primero, rapan a la viuda y después, lavan el cuerpo del marido con un agua que debería beberse después dicha viuda. La noche anterior al funeral, la mujer suele dormir junto a su marido como muestra de arrepentimiento por su muerte y reflejo de su vida juntos. Durante el funeral no tiene permitido dar la mano, sonreír o comer en público puesto que este comportamiento podría llevar a la comunidad a creer que está celebrando la muerte de su marido y tal celebración solo podría darse si ella lo mató. A lo largo de un año, la viuda debe vestir de negro todos los días; llevar un candado en su cinturón para demostrar su castidad sexual; y casarse con el sobrino de su marido. En la sociedad matrilineal de Ghana, el hijo varón de la hermana del marido es el heredero legítimo de las propiedades y riquezas de su tío. Teniendo en cuenta que la mujer del difunto es parte de su propiedad, todos esperan que se case con tal sobrino.

Muchos de estos ejemplos son indignantes para los ghaneses de ciudades más grandes, como Accra, pero algunos de estos rituales funerarios de Volta están presentes entre la gente de Akan y Gaa. Tras la muerte de su marido, la viuda debe vestir de negro y no casarse durante un año, y si no llora en el funeral podrán llamarla bruja. ¿Son estas mujeres su propio enemigo? Lo que no podemos subestimar es el poder de la etiqueta de anormalidad. No, las mujeres no son su propio enemigo, pero están aterrorizadas de romper las normas sociales, de que las tachen de “anormales” y las excluya su propia cultura. No siguen estas normas para mantener la paz, las mujeres están atrapadas en un ciclo de control creado por los hombres y la única forma que conocen para validar sus roles es separar los géneros y forzar estos roles sobre su familia y su comunidad.

Los patrones de la opresión y el miedo a la anormalidad son los enemigos de las mujeres. En el caso de los ewé, ellas no son las culpables. Se las ha condicionado para que sigan unas normas culturales con el fin de mantener la paz y que el ciclo del control masculino continúe en sus casas y en toda la comunidad sin tener en cuenta los traumas que estos rituales traen consigo. Los rituales funerarios son deshumanizadores pero en ningún caso poco comunes en las distintas culturas de este planeta. Aprender sobre éstos me hizo fijarme en los de mi país y, aunque tenemos rituales basados en el género que se han preservado a pesar de sus repercusiones psicológicas y físicas para hombres y mujeres, no tardé nada en condenar los rituales funerarios de los ewé.

Del debate sobre los ritos funerarios en el grupo étnico de los ewé aprendí a observar cómo los rituales pueden hacer progresar o deteriorar la sociedad dependiendo de si honran hechos como los nacimientos, la educación, la pubertad, el matrimonio o la muerte; o cómo pueden crear un estigma alrededor de los eventos de la vida para perpetuar la desigualdad de género y la vergüenza. Creer que los rituales tienen efecto en nuestro crecimiento personal y cultural es la única forma de dirigirnos a ellos de forma respetuosa y de cambiar hasta que desaparezca la desigualdad de género.

La falacia de las etiquetas

20 Sep

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Verónica Hojman

Me gustaría hacerles una pregunta rápida que siempre pensé que era muy simple, pero que con los años aprendí que podía llegar a ser más complicada de lo que debería:

¿Quién define mi sexualidad?

Verán, siempre pensé que solo yo definía mi sexualidad. Ahora, sin embargo, empiezo a comprender que la define mi infancia, mis genes, la forma en la que hablo, la música que escucho, mis padres, el Gobierno, con quien hablo, la hora a la que me levanto por la mañana, lo que bebo, una persona cualquiera que pasa a mi lado lanzándome palabras despectivas… la lista continúa.

Por error, todos estos años tenía la impresión de que me conocía mejor que nadie, que era yo quien sabía el tipo de persona que me atraía. Pero es obvio que alguien que no me conoce de nada sabrá mucho más sobre mi orientación que la persona que la orienta.

Probablemente podría contar con los dedos de una sola mano las personas a las que les he dicho la etiqueta que le he puesto a mi sexualidad. No me da miedo ni nada, simplemente no sentía necesidad de hacerlo. La gente siempre saca conclusiones basándose en unas nociones preconcebidas de hombres semejantes a mí. Esto hacía mucho más fácil no ser la norma. Solo se los decía cuando me lo pedían directamente que lo hiciera, algo que nunca estoy seguro de hacer.

El hecho es que las palabras tienen significado. Lo sé, es un pensamiento aterrador. Lo que es incluso más aterrador es que a veces esos significados no son correctos. Por ejemplo, un país del tercer mundo es en realidad un país que no apoya ni a la Unión Soviética ni a EEUU, Suiza es un país del tercer mundo. El término país en desarrollo no se usa porque sea políticamente correcto, se usa porque es el término más adecuado para estos países.

Por eso dudo al usar etiquetas de orientación sexual. Cada una viene con connotaciones que considero incorrectas para mí. Alguien que es gay es diferente de alguien que es homosexual. Homosexual es quien se siente atraído por personas de su mismo sexo. Gay es quien se identifica como tal y forma parte de la comunidad queer. Los escándalos sexuales en los baños de un aeropuerto estadounidense sucedieron entre hombres homosexuales. Los miembros del Congreso no eran gays porque no se identificaban con dicha cultura.

Cada palabra que usamos viene con una historia que nos ayuda a definirla. En algún momento, el prejuicio y los estereotipos han destrozado el término con el que me había identificado hasta convertirlo en un monstruo. Lo han transformado en algo que un grupo ignorado durante años ya no reconoce. Lo han transformado en algo que hace que miembros de mi propia familia digan: “no creo que existan”, aunque les explique que su lógica falla.

Este término cambia de connotaciones al referirse a un sexo u otro y posiblemente sea por eso por lo que tengo tantos problemas con él. Si fuese una etiqueta legítima, debería querer decir lo mismo cuando se aplica tanto a hombres como a mujeres. Cuando se aplica a hombres suele significar que tienen miedo de ser “totalmente gays”, algo que he oído más de una vez en mi vida y no tengo muy claro aún su significado. Cuando se aplica a mujeres, solo están experimentando y es muy probable que con el tiempo vuelvan a querer a los hombres.

Hay tantas cosas mal en este razonamiento. La palabra debería referirse (aunque no lo hace) a las personas por las que alguien se siente atraído. No se trata de su historial sexual ni de quien sea su última pareja (como la mayor parte de la gente cree). No puedes decirme que alguien casado no se siente atraído por nadie excepto por su esposo o esposa, sea o no de su mismo sexo. Ni siquiera se trata de atracción sexual. Al contrario de lo que se suele pensar, uno puede sentirse atraído de muchas formas aparte de la sexual. Hay atracción romántica, sapiosexual, etc. Creo (y puede que esté exagerando) que en esta cultura dominada por lo masculino, la gente debe adorar al hombre. Si eres un chico que se identifica de esta forma, será que estás completamente enamorado de los hombres. Si eres una chica, de cierta forma seguirás amándolos. Según la sociedad, es imposible que no te encanten los hombres.

Esta palabra trae consigo la idea de una persona que no soy. Es cierto que no me siento atraído exclusivamente por un género, pero no dejaré que una etiqueta me defina. Hemos llegado a un punto en el que las palabras han comenzado a definirnos cuando deberíamos ser nosotros quienes las definamos a ellas. No permitiré que gente a la que acabo de conocer piense que desconozco o le tengo miedo a mi propia sexualidad por algo que me atribuyo.

Así que no seguiré asignándome esta orientación sexual (nótese que no he usado la palabra en todo el post. Es una elección artística y no porque le tenga miedo. Bisexual. Listo, ya está dicha). Cuando me pregunten qué soy, les diré que soy estudiante en Georgetown. No me meterán a la fuerza en un estereotipo porque les hayan lavado el cerebro en los medios. O incluso mejor, les diré que me identifico como wumbo. No significa nada y lo significa todo al mismo tiempo. Me ayuda a definir mi sexualidad porque implica que intentar explicar lo intrínseco de por quién me siento atraído (porque es eso, no como hable o la ropa que me ponga o la comida que coma) requiere más que una sola palabra. La única connotación de este término es Bob Esponja y siempre quiero que se me asocie con Bob Esponja.

Adoro. El. Sexo. #LoSientoPeroNoLoSiento

30 Ago

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

La positividad sexual es un tema nebuloso. Según Wikipedia, se trata de un movimiento cuya “ideología promueve y acepta la sexualidad abierta con pocos límites más allá del énfasis en sexo seguro y la importancia del consentimiento”. Para mí, la positividad sexual es el resultado de eliminar la vergüenza del sexo y la sexualidad. Es aceptar y respetar la identidad sexual de cada uno, su orientación sexual, sus preferencias y elecciones. La positividad sexual es la comunicación y el deshacerse de los tabús sexuales que perpetúan aquellas normas sociales dañinas.

La salud sexual precisa de la positividad sexual. EEUU tiene los índices de embarazo adolescente más alto entre los países desarrollados, siendo incluso mayores los índices de los estados que solo conciben la abstinencia como educación sexual. La juventud se merece una educación sexual que sea comprensiva, que posibilite las decisiones seguras. Necesitamos un cambio cultural; decirles que el sexo es pecado, que es sucio, que es una mera herramienta para procrear, no va a permitirles tomar decisiones seguras. La positividad sexual es primordial para la comunicación, nos da la posibilidad de afirmar nuestros límites, de determinar y dar un consentimiento significativo y de pedir lo que queremos.

El consentimiento precisa de la positividad sexual. El consentimiento no es la falta de un “no”, es una respuesta afirmativa. El consentimiento exige que utilicemos nuestras voces, que hablemos de sexo, que seamos capaces de comunicar nuestros deseos e incomodidades y que respetemos los de nuestra(s) pareja(s).

Necesitamos la positividad sexual para luchar contra la violencia sexual. Ya no aguanto que “se avergüence a la puta”. Se nos enseña que la sexualidad de la mujer es o inexistente o sucia. Tanto si esperas al matrimonio como si eres activa sexualmente, siempre y cuando tomes decisiones seguras y respetes la autonomía de tu(s) pareja(s), no tienes nada de lo que avergonzarte. La “vergüenza a la puta” perpetúa, directamente, la violencia sexual. Solía trabajar en la Oficina de Defensa Pública (que por muy difícil que fuese, significaba que estaba “del lado” de los agresores sexuales, y me alegra que los agresores sexuales pobres recibieran el mismo apoyo legal que los ricos podían comprarse) y en cada uno de los casos de violencia sexual, leyendo detenidamente los archivos, se me revolvían las tripas. En “Pruebas” aparecería el pasado sexual de la denunciante, dando una imagen de una mujer pervertida (léase: sexualmente activa), como si eso invalidara su historia. A nuestra sociedad le encanta culpar y castigar a aquellos que experimentan la violencia sexual. Afirmamos que “se lo estaba buscando“, como si alguien pudiese pedir que lo violasen. Tenemos que dejar de hacer de cuenta que a las mujeres no les gusta el sexo y que su comportamiento sexual, sus decisiones o su reputación les dan a los hombres derecho sobre el cuerpo de la mujer.

Necesitamos la positividad sexual para aprender cómo querer a nuestro cuerpo y cómo dejar de tenerle miedo a las vaginas. Todo en nuestra sociedad es fálico, pero las vaginas se ven como cuevas oscuras y sucias. Lisa Brown, la representante de Michigan en el Senado estadounidense, fue expulsada de este por usar la palabra vagina. Si no puedes nombrarla, no deberías legislarla. Un chico le dijo a una amiga mía que no bajaría por razones “higiénicas”. ¿QUÉ? El genital masculino está ahí afuera, por todos lados, y la vagina es un órgano de auto-limpieza. Las vaginas son milagrosas, se estiran hasta dejar que un BEBÉ HUMANO pase por ellas. Deberíamos venerarlas, no tenerles miedo. Y ya basta con este tabú de la menstruación. Las mujeres se pasan aproximadamente el 20% de sus años fértiles menstruando, es algo demasiado común como para que se usen susurros avergonzados y eufemismos. El único momento en el que la cultura pop hace referencia a la menstruación es por el Síndrome Pre-menstrual, dando a entender que las mujeres somos inestables y sub-humanas cuando estamos con el período. Y si te da la impresión de que estoy haciéndole la pelota a la propaganda feminista, Onion me respalda.

Con frecuencia, mis compañeros me preguntan tímidamente por qué una chica en el campus necesitaría el feminismo. Obviamente, en Arabia Saudí y en la República Democrática de Congo necesitan el feminismo. Y aunque el acoso sexual, la diferencia de sueldo y el doble rasero sean mis respuestas rápidas, siento que una de las necesidades más importantes es la positividad sexual.

Adoro el sexo, es beneficioso para la presión arterial, el sistema inmunológico, el autoestima, los hábitos de sueño, la piel y la esperanza de vida. Ah, y claro, aunque sea mujer, disfruto del sexo, soy un ser sexual. Y a pesar de todo, odio mi vagina. Casi no puedo tocarla, me provoca un poco de incomodidad. Estoy co-produciendo Los puñeteros monólogos sobre la vagina y todavia tengo que aprender a querer la mía. Por dios, ni siquiera he tenido un orgasmo porque no se cómo decirles a los hombres lo que quiero y me da demasiado miedo mi propio cuerpo como para hacerlo por mí misma.

Así que, sí, incluso una mujer jodidamente empoderada y sexualmente liberada como yo, necesita la positividad sexual.

Por qué no quiero hacer un trío contigo

1 Ago

Escrito por: Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

“¿Así que te gustan las chicas? ¿Harías un trío conmigo?”

“Ah, ¿eres lesbiana? ¡Qué sexy!”

“Deberían intentar liarse con chicos.”

“¿Puedo participar?”

Una pregunta que me han hecho demasiadas veces. La primera reacción de muchos chicos cuando descubren que soy lesbiana. Algo que me gritaron por la calle mientras besaba a una chica. Una pregunta que me han hecho mientras bailaba y me liaba con una chica.

Decir que son preguntas es ser demasiado cortés, son más bien exigencias disfrazadas con palabras educadas, porque, claramente, ¿por qué no querría hacer un trío con un chico? Quiero decir, siempre ha sido mi sueño, así que debería estar encantada, no, honrada, porque un chico me dé esa oportunidad. Qué suerte tengo.

El mercado del porno heterosexual ha contribuido, si no creado, esta fascinación con las mujeres teniendo sexo entre ellas y se ha filtrado a las actitudes convencionales. Por lo que si un chico me pregunta si haría un trío con él o si puede “participar” en el baile entre otra chica y yo, se trata de él asumiendo que mi relación, mi expresión de mi sexualidad, el placer que me da la compañía de una chica, solo vale para su entretenimiento y goce, sin tener nada que ver con mi propio deseo. Hay quien puede pensar que esto no es más que inofensiva diversión y a veces los chicos solo bromean, pero el propósito de una acción puede ser totalmente distinto a la forma en que esta se desarrolla. En este caso, lo que puede pretender ser un chiste suena, en el mejor de los casos, ignorante, o, en el peor, ofensivo y amenazador.

Otra parte de esta misma cultura es la suposición de que todas las mujeres se sienten atraídas por los hombres. No puedo ni contar las veces que salí de fiesta y mientras bailaba con una chica, disfrutando claramente, un chico cualquiera se acercó por detrás de alguna de las dos e intentó bailar con nosotras. Perdón, ¿parezco interesada? Primero, no te invité. Y en segundo lugar, este es un bar gay. Algo así como un establecimiento que satisface principalmente a la comunidad LGBTQ, así que es muy posible que cuando veas a dos chicas bailando juntas sea porque son gays. Llámame loca, pero puede que eso exista. También escuché historias de chicas a las que les entraron hombres en bares lésbicos. Bares lésbicos. ¿¡En serio!? Eso sí, no estoy diciendo que todas las mujeres en un bar lésbico se sientan o debieran sentirse atraídas únicamente por mujeres, pero cuando un chico hace algo así, supone que todas las mujeres que están allí quieren, en secreto, un hombre. 

Este patrón de comportamiento no se limita al mundo de mujeres queer, es el mismo proceso de pensamiento que alimenta los silbidos, el acoso en la calle y tantos otros problemas. Esta es la idea de que nuestra mera existencia como mujeres da a los hombres el derecho de objetivizarnos y usarnos para su propio placer sin nuestro consentimiento. Así que nada, la próxima vez que esté con una chica, que sepas que no lo hacemos para entretenerte ni para llamar la atención, que no es que “todavía no encontré al chico adecuado” y que no, no quiero hacer un trío contigo.