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Frases desacertadas

5 Nov

Escrito por: Verónica Han

(Lo siguiente es una reflexión sobre las familias con padre y madre heterosexuales; las realidades son muchas, los problemas y prejuicios a los que se enfrenta cada colectivo varían.)

“Muchas mujeres deciden cuidar hijos porque quieren y no trabajan tanto como un hombre”, dice Rajoy, y yo le respondo: bendita ignorancia, señor Presidente. Déjeme que se lo explique y tenga en cuenta que si le trato de usted es por costumbre al cargo, no porque se lo merezca.

Primero, da usted por hecho que el trabajo de un hombre medio (se refiere a unas 40 horas semanales, supongo) es mayor esfuerzo que las 168 de una madre ama de casa. Bueno, está bien, 110. Digamos que mientras los hijos duermen la madre ama de casa puede disfrutar de sus horas de ocio. Unas 58 horas a la semana en las que dedicarse a sí misma, sin planchar ni cocinar ni limpiar, sin llevar a nadie al médico ni a comprar material escolar ni nada de nada. La buena ama de casa puede dedicar esas largas y maravillosas 58 horas semanales, por ejemplo, a dormir. Qué lujo eso del descanso, ¿eh, señor Presidente?

¿O tal vez es que lo entendí mal? Tal vez se refería usted a que cuidar de los hijos no puede considerarse un trabajo porque no está remunerado. Esto es como la idea de que las mujeres entraron al campo laboral con la Segunda Guerra Mundial, ¿no? Lo que venían haciendo hasta entonces no cuenta, porque el trabajo, con la sensación de autorrealización que trae consigo, con el esfuerzo reconocido y el estatus de quien lo ejerce, sólo podía ser cosa de hombres. Para qué darles ese lujo a las mujeres y a los niños que, por ejemplo, formaban parte de los negocios familiares; para qué dárselo a los que todavía lo hacen, sea en este o en cualquier otro país. Para qué vamos a concienciarnos de que mucha gente trabaja (sí, del verbo trabajar) sin recibir un sueldo a cambio.

Dejemos esa parte del debate a un lado y hágame el favor de decirme qué entiende usted por “decidir”. ¿Estamos de acuerdo en que no puedes tomar decisiones si no tienes opciones? Decimos que las mujeres eligen quedarse en casa cuidando de los hijos, pero si no se tienen los medios para pagar una guardería, tal vez no es tanta elección como parece. Si tus compañeros de trabajo, tu familia y la de tu pareja, y algún que otro amigo, te va a comentar como de pasada que no quieres a tu hijos; si al Estado le da igual que las mujeres ganen menos que los hombres por el mismo trabajo; si “hay que hacer un esfuerzo porque estamos en crisis pero ya vas a ver como pronto mejora”; si la decisión individual se basa en problemas estructurales, tal vez el juego está apañado.

Lo que sí le pido es que no tergiverse mis palabras: no le estoy echando la culpa al hombre medio que trabaja 40 horas semanales; que sí, que la culpa es del sistema, que el heteropatriarcado también les hace daño a ellos. ¿No vio todas esas películas sobre hombres blancos de mediana edad y clase media cuya masculinidad depende de que sigan trabajando? Pobrecitos, no vaya a ser que pierdan su independencia económica, ¿qué será del hombre si tiene que quedarse en casa todo el día? ¿Qué será del hombre si es su mujer quien sustenta a la familia? Pues será un padre amo de casa que trabaje 110 horas a la semana sin recibir un sueldo a cambio.

Por otro lado, la mujer que trabajaba y ya no lo hace… bueno, total, tenía trabajo como quien tiene un hobby. Si te vas al paro, tranquila, vas a poder dedicarte a la repostería y a las manualidades, que era lo que querías estar haciendo todo este tiempo, aunque no lo supieras. Háganle caso a las películas, mujeres del mundo occidental, enamórense, métanse en casa, no piensen en política y calladitas, que están más guapas, ya pasó de moda eso de tener opiniones. Otra lección de Hollywood a tener en cuenta cuando hablamos de estos temas es que no hay nada mejor que volver a un pueblo pequeño y redescubrir tus raíces, con sus arraigados roles de género. Qué bonito es el postfeminismo.[1]

Por supuesto, las mujeres tienen derecho a decidir ser amas de casa, siempre y cuando sea una decisión real.

[1] Este párrafo es pura ironía, señor Presidente, no vaya a creerse que pienso como usted.

Un viaje a través del género

16 Jul

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Han

Este no es un artículo argumentativo o políticamente correcto, porque lo cierto es que en mi vida solo arañé la superficie de la diversidad de género y no sabría las palabras exactas. Esto no es más que una historia, o muchas, supongo. Estas son mis historias, sobre mi vida y mis sentimientos. Nada más. Una invitación para ponerse en mis zapatos durante cinco minutos y tener una perspectiva distinta a la habitual.

Con ocho años recién empezaba a cuestionármelo todo, el gran PORQUÉ. ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué hay gente alta y gente baja? ¿Por qué nació mi alma en un cuerpo de niña?

No me sentía fuera de lugar en un cuerpo de mujer, pero tampoco me sentía unida a él. Si hubiese nacido tal cual soy pero en el cuerpo de un niño, habría vivido mi vida como tal con sus privilegios y sus sinsabores sin darle demasiadas vueltas. Quiero decir, incluso la forma en la que lo formulaba en mi cabeza, “mi alma… cuerpo de niña”, reflejaba que aquello que consideraba “yo” no tenía género, incluso a esa edad, aunque mi mamá insistiese en ponerme vestidos y rulos para ir a la iglesia. No me gustaba nada lo afeminado, creo que en gran medida se debía a los estigmas sociales contra las mujeres. Me sentía más libre haciendo cosas como una marimacho, cosas que no eran “propias de una jovencita”.

A los diecisiete empecé a manejar lo de la masturbación. A lo largo de los años había explorado mi cuerpo y me había enamorado de las respuestas que podía conseguir con mi propio tacto. Dejé de despotricar contra todo lo femenino y me permitía disfrutar de la ocasional falda y un poco de rímel. A esa edad también me volví loca por Laura. Desde el armario, claro, pero querer a Laura me enseñó que no eres menos persona porque te gusten las cosas afeminadas. La feminidad no es un bloque que tengas que aceptar o rechazar en su conjunto. Te pueden gustar algunas cosas, puedes odiar otras y olvidarte del resto, da igual.

A los veinte estaba en la universidad y al pasar por al lado del guardia de seguridad me dijo: “Buenos días, señor”. Sonreí y él se sonrojó al darse cuenta de su error, aunque a mí me gustó. Ni siquiera sabía por qué, pero que alguien no identificase mi género correctamente (de acuerdo con la sociedad) me emocionó mucho. Fue como echar un vistazo a un futuro en el que nadie sabe el género de los desconocidos y no importa. NO ME IMPORTA EN ABSOLUTO CUÁL ES TU GÉNERO. Sé que esto podría dar lugar a muchos comentarios probablemente ofensivos, pero a mí me gusta mi género quizás sí/quizás no y respeto el derecho que todos tenemos de definirnos (o de no definirnos voluntariamente). Para gustos, los colores.

A los veintiuno fui a la casa de mis abuelos por Navidad. Sabía que no aprobaban el pelo corto en las chicas así que me puse un vestido violeta, el más femenino que tenía, para intentar agradarles. No debería ser así, pero es una cosa de familia, ¿no? Y después mi abuelo me presentó a uno de sus vecinos como “ese chico”. La fluidez de género no consiste en eso, odio que la gente altere deliberadamente la identidad de alguien, sobre todo para insultar a esa persona. ¡TENGO DIGNIDAD!

Listo, ya paro de despotricar.

Gracias por quedaros hasta que terminase de divagar. Tras hablar con amigos y compañeros me di cuenta de que la mayoría no pensamos ni hablamos sobre el género tanto como deberíamos. Me refiero a que discutimos sobre el género binario del mundo en el que vivimos, del privilegio masculino y de cómo la sociedad limita a las mujeres; pero hablamos muy poco sobre nuestro género y sobre cómo nos sentimos al respecto, si es que sentimos siquiera la necesidad de géneros. Un punto de vista tan raro como el mío no se suele escuchar, así que espero que hayáis sacado algo de todo esto.

Apuntes sobre la virginidad

30 May

Escrito por: Elena Rivas

Me muevo entre círculos feministas. La mayor parte de mis amigas, sean del ámbito que sea, son feministas. Discutimos sobre feminismo y nos formamos en feminismo y me ayudan a ser “un poquito mejor feminista”. Ellas mismas entienden mis contradicciones y no juzgan cuando me veo 10 tutoriales seguidos de maquillaje en Youtube (si no más).

Pero hay algo que no consigo que comprendan. Se puede seguir siendo virgen a los 20. Y feliz. Y sin buscar a la desesperada dejar de serlo. Tengo una amiga que no soporta que diga que soy virgen, que la virginidad no existe, que solo es una convención patriarcal para separar a las mujeres entre putas y puras. Y sí, tiene razón, yo no tengo que dar ninguna flor. Yo no dejo de ser mejor persona solo por follar. Porque, precisamente, obtener orgasmos de que un pene me penetre sin haber recibido antes un anillo de los de diamantes y oro no me hace más guarra. Pero creo que voy a tener que empezar a reivindicar mi virginidad como acto político.

Sé que follar es fantástico, aunque sólo sea por todas las veces que se me ha dicho que follar es fantástico. Si tantas personas me lo dicen, será que es verdad. Una de las luchas más encarnizadas del feminismo es destruir esa “doble moral”, ganar las mujeres un espacio dentro de las relaciones sexuales que nos permita disfrutar de manera absoluta, y sin culpa, de nuestra propia (y maravillosa) sexualidad. Pero eso va en sentido bidireccional. Yo también estoy disfrutando de mi libertad sexual si decido seguir siendo virgen a los 20 años. No me pasa nada malo. No soy una persona incompleta solo por tener orgasmos que no haya producido otra persona.

Se me preguntó hace dos años que si lo que yo quería era caminar de la mano con un tío. Si lo que quería era una relación estable, un príncipe azul que me tratara como una princesa. Y me asusté, negándolo rápida y efusivamente (introduzca emoticono de carita asustada). Yo no quiero ser una princesa… si esa era la alternativa, pensé, supongo que lo que yo quiero es empezar en seguida a follar tanto como lo haría cualquier mujer empoderada, perderle el miedo y dejarme de tonterías. Era joven e inocente y me dejé llevar por toda la “liberalidad” de las mujeres de mi alrededor. Quería ser como ellas, disfrutar como ellas, follar como ellas. Fue un tiempo oscuro.

No obstante, caer tan bajo me ayudó a impulsarme hacia arriba y ver la luz. Sí. Vi la luz. Me di cuenta de que, al igual que esta sociedad patriarcal bipolariza cualquier aspecto de nuestras vidas, nosotras, que nos hemos educado en ella, también. Luchar para que desaparezca esa dicotomía de “puta-pura” nos impide ver que nosotras también creamos nuestras propias dicotomías. Que lo contrario de la feminista empoderada es ser la virgen sumisa. Y eso es lo que yo era para ellas. Una virgen sumisa que esperaba a su príncipe azul y su gran noche de bodas y su “ir de la mano por la calle”. Y entender eso, fue comprender al mismo tiempo que yo no quería ninguna de las dos cosas. Un alivio.

Todo porque confundimos cuál es el objetivo de la liberación sexual. Empoderarnos como personas sexuales para dejar de ser objetos sexuales no tiene como finalidad el poder follar mucho con muchas personas. Significa que cada una tenemos nuestros tiempos y nuestras necesidades. Yo tengo mis propios tiempos y mis propias necesidades. Y eso no me hace excepción, me hace ser otra forma de concebir la sexualidad, me hace ser una realidad distinta e igualmente respetable.

Estoy en paz con mi realidad. No me avergüenzo y cada vez me lo callo menos. Estoy orgullosa de ser capaz de esperar, de no dejarme llevar por lo que la sociedad y mis alrededores quieren de mi. Es mi decisión y me atengo a ella. Claro que el sexo es genial pero no lo es todo. Tengo en mi vida personas maravillosas con las que comparto relaciones no sexuales que son igual de satisfactorias. A veces incluso más. Ser feminista no significa follar. Ni ser feminista significa no follar. Ser feminista significa cuidarte, atender a tus necesidades. Y sobre todo quererte. Ser feminista significa entender que no habrá jamás otra persona que te pueda querer tanto como te puedes llegar a querer tú misma.

El masculino me molesta

28 May

Escrito por: Verónica Han

El masculino me molesta. No por sí mismo, sino cuando se usa como neutro. Es verdad que en español no tenemos un género neutro como tal, pero también es cierto que el idioma es nuestro. Dicen que la lengua influye en la sociedad tanto como a la inversa. Ante la duda prefiero aportar mi granito de arena.

Como decía, me molesta. Porque cuando un hombre es el primero en hacer algo, nadie antes lo había conseguido, probablemente nadie lo había siquiera intentado. Por eso Neil Armstrong fue el primer hombre en la luna. Cuando se habla de la primera mujer en, se da por hecho que un hombre llegó antes, así que Amelia Earhart fue la primera persona en intentar dar la vuelta al mundo por aire. Porque hombre ya es de por sí sinónimo de persona, de ser humano, la mujer solo es “la otra”, “el otro” si lo prefieren.

El masculino como neutro me molesta porque es hipócrita. En la frase un padre no quiere que su hijo se case con un hombre de menor clase social el masculino no lo consideraríamos neutro en ninguna de las tres instancias. Esa frase solo se usaría si hablamos de homofobia aparte de clasismo y, además, pareciera que la madre no tiene ni voz ni voto (es que, claro, por algún motivo y a no ser que especifiquemos lo contrario, la pareja tiene que ser y será heterosexual). El masculino solo es neutro cuando queremos que lo sea, cuando al patriarcado le interesa, por eso hablamos de médicos y científicos y farmacéuticos e ingenieros. Por eso hablamos de limpiadoras y enfermeras y amas de casa y bibliotecarias. Por eso son políticos y azafatas, banqueros y secretarias. El argumento de la economía del lenguaje es otro síntoma de la misma hipocresía: por economía hay quienes dicen pos en lugar de pues y tienen al resto de España horrorizada.

Por eso tus motivos para hacer oídos sordos no me sirven, no son razones, son excusas. El masculino como género neutro no tiene nada de neutro. Solo es cómodo, igual que es más cómodo pegarle un tiro a un caballo que intentar curarle la pata, pregúntenle al animal si le parece justo. Tampoco creo que la solución esté en las equis ni las arrobas ni las es (la última vez que me fijé, jefe era masculino). La verdad es que no tengo ni idea de dónde está la solución, pero por lo menos hay gente intentando encontrarla.

El machismo ya no existe

19 Mar

escrito por: Verónica Han

El machismo ya no existe y si lo dicen ustedes será que es cierto.

El machismo ya no existe y yo me lo creo.

El machismo ya no existe, pero por favor avísenle al señor que anoche me estuvo siguiendo unos 250 metros, chistándome, para que le hiciera caso. Avísenle a él y a su amigo y a sus amigas que se reían de la situación.

El machismo ya no existe, pero avísenle al señor que le dice a su pareja que tienen que tener sexo aunque ella no tenga ganas, porque por algo son una pareja. Avísenles a los que aprovechan el trasporte público para meterle mano a esa chica a la que se le ocurrió salir de casa. Avísenles a las empresas que les pagan más a los hombres que a las mujeres por el mismo trabajo. Avísenles a los políticos que legislan sobre el cuerpo de las mujeres. Avísenles a todas las personas que creen tener derecho a tratar a una mujer de puta o de frígida. Avísenles a los compañeros de colegio que usan lesbiana como un insulto contra esa chica a la que le gusta jugar al fútbol. Avísenles a los que se encargan de la trata de personas y, de paso, a todos los que la hacen posible. Avísenles a los que abusan, a los que violan. Avísenles.

Avísenles porque creo que hay unos cuantos que no se dieron cuenta.

La desconexión racial/de clase

20 Ene

Escrito por: Angela Bui
Traducido por: Verónica Han

Empecé en una comunidad de clase baja, formada en su mayoría por latinos y afroamericanos, hasta llegar a un entorno principalmente blanco y de clase media alta. Gracias a las variadas experiencias que esto me aporta, soy cada día más consciente de cómo es cada extremo del espectro.

De adolescente creía que cuanto más alta fuese la clase social a la que alguien pertenecía, dicho alguien sería más empático y tendría menos prejuicios. Sin embargo, en mi pequeña y liberal escuela de Bellas Artes me di cuenta de que estaba equivocada. Por ejemplo, tengo una amiga que me cuenta lo que pasa en sus clases de Movimientos Sociales. Una vez, una chica sentía que la estaban timando porque su bienestar económico le impedía acceder a los programas de educación gratuita destinados a aquellos en una peor situación. Mi respuesta inmediata fue confundirme y ofenderme. No era capaz de entender que alguien le viese sentido a una afirmación tan egoísta y contradictoria. Cosas como esta son las que me hacen pensar que es imposible que todos nos unamos en pos de una justicia universal en lugar de sólo la mayor parte.

En este caso en particular, tan solo nos parecemos en el hecho de ser mujeres. Sin embargo, no compartimos etnia, ni clase social, por lo que nuestras experiencias de género son tan distintas que nos resulta casi imposible entendernos. Averigüé que a esto se le llama “matriz de dominación”, un concepto que indica cómo la identidad de una mujer y sus experiencias se moldean a partir de diferentes variables tales como la etnia, la clase social, el género y la orientación sexual. Seguramente, esta chica de la clase de Movimientos Sociales se ha visto objetificada y oprimida por los hombres por el hecho de ser mujer, pero es probable que no comprenda las dificultades de criarse en la pobreza o de que la menosprecien por su estatus económico, porque no lo ha vivido.

Me doy cuenta de que mi reacción al desconocimiento del propio privilegio perjudica la relación básica entre las mujeres. Por lo general, tacho de ignorantes a este tipo de personas en lugar de intentar cooperar para comprendernos y progresar. No obstante, ambas partes deben trabajar juntas para llegar a un entendimiento y el privilegiado no suele sentir que haya que empatizar con el oprimido, puesto que esto no le aporta ningún beneficio directo.

La afirmación de esta chica, aparte de contradictoria, resulta inquietante porque refleja un problema más grave dentro del feminismo. Esto está presente en la tercera ola del movimiento y se conoce como lifestyle feminism (feminismo como forma de vida). Se basa en la idea de que tus propias necesidades se corresponden con las necesidades de dicho movimiento. Debido a los distintos niveles de opresión que sufren las mujeres de color, es más difícil que se hagan oír en comparación con las mujeres blancas. Estas últimas tienden a centrarse en los beneficios propios en lugar de complicarse la vida para liberar a todas las mujeres, ya que es fácil ignorar las necesidades de las mujeres de color. Hay que entender que son muchas las variantes que se entrecruzan, como la etnia y el género, y si no lo hacemos, movimientos como el feminismo no pueden progresar. Para acercarnos a una justicia universal, es imprescindible que reconozcamos cómo se relacionan los distintos organismos opresivos y las estructuras sociales.

¿Los aliados tienen derecho a una voz, a cuidarse?

28 Sep

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

A pesar de la opresión a la que me enfrento como mujer, soy una privilegiada por muchas de mis identidades: soy blanca; formo parte de la comunidad universitaria de Georgetown; y, dentro del espectro o las esferas de la identidad de género y orientación sexual, me identifico y me presento principalmente como cis-género y heterosexual.

También soy bastante buena en lo de ser feminista, dentro de mis círculos, pero me quedo considerablemente atrás en cuanto a la interseccionalidad. Me costó encontrar voz como “aliada” en asuntos que afectan a identidades marginales que no me definen.

Por lo tanto, hice un esfuerzo por callarme y educarme, dos de los consejos más importantes sobre cómo ser un aliado de Mia McKenzie, editora fundadora y directora de Black Girl Dangerous. Según McKenzie, “aliado” no es válido como título o identidad, sino que es una “práctica”, “algo activo”. Continúa diciendo que es agotador y que debería serlo, “porque la gente que sufre racismo, misoginia, discriminación por discapacidad (ableismo), homofobia, transfobia, clasismo, etc. están agotados. ¿Por qué no deberían estarlo sus aliados?”

Este artículo desafió y revitalizó mis intentos habituales de ser una aliada, perseverantes pero inconsistentes. Estoy totalmente de acuerdo en que no me merezco el término e incluso prefiero la interpretación que le da McKenzie. Soy un desastre constante en justicia social y me retiro con frecuencia a mi privilegio por amor propio. Me siento como una falsa “aliada” cada vez que elijo mis batallas o decido ignorar microagresiones racistas, ableistas, hetero-normativas o género-normativas.

No quiero tergiversar las palabras de McKenzie bajo ningún concepto, ella no dijo de forma explícita que los aliados no se merezcan una voz o que no puedan cuidarse. Sin embargo, yo lo interpreté como una insinuación de que el rol de los aliados es limitado y que el cuidado de uno mismo es un privilegio para aquellos que no sufren una forma particular de opresión, por lo que en lugar de buscar el bienestar propio, uno debería resignarse al agotamiento.

Inmediatamente después de leer el artículo, me sentí molesta con sus palabras, en gran parte porque empecé a acercarme a la justicia social en 2009: hablaba como consejera con supervivientes de agresiones sexuales a través de una línea de emergencia disponible las 24 horas, una posición en la que es vital cuidarse a uno mismo.  Aún así, que te demuestren tu privilegio es  incómodo y normalmente provoca una respuesta defensiva. Pensé que mi reacción negativa a sus palabras podría deberse a eso, porque es muy práctico retirarme a mi privilegio cuando estoy cansada, quiero mantener una relación, intento estudiar para los exámenes o pretendo lidiar con mis propias experiencias con la opresión.

Básicamente, creo que, como miembros de movimientos por la justicia social, deberíamos admitir que necesitamos crear un espacio para los aliados a tiempo parcial por la sostenibilidad, el crecimiento y la aceptación popular (algo bastante importante, por desgracia) de dichos movimientos. No digo que haya que reconocer como aliados a todos los que compartan por Facebook el signo igual de la HRC, una campaña por los derechos humanos a favor de la comunidad LGBT+ en Estados Unidos; pero si hay quienes se dejan corregir cuando se equivocan, si luchan por mejorar, si no perpetúan de forma activa los privilegios y la opresión, los quiero en mi equipo.

¿Por qué? Porque la gente de identidades privilegiadas no tienen derecho a pertenecer a los espacios seguros de aquellos de identidades marginales y, por supuesto, no tienen derecho a una voz en ellos. No obstante, el trabajo social es muy complejo y las labores, diversas. Necesitamos voces radicales e inflexibles tanto como personas que hagan de puente, que puedan “traducir” y sacar provecho de su privilegio para llegar a donde se les acepta porque sus ideas parecen menos drásticas.

Todo esto lo dice alguien que hace seis meses estaba llorándole borracha a su mejor amiga, a su compañera feminista, a su ídola e inspiración definitiva, Erin Riordan, porque “no soy tan radical como debería”. A fin de cuentas, las Erins del mundo no podrían derribar el patriarcado ellas solas, como tampoco podrían hacerlo las Kats. Erin es intransigente sin remordimientos (es extraño que estas palabras, como “radical”, no suelen tener connotaciones positivas; para mí son el mayor de los cumplidos), mientras que yo podría pasarme horas hablando con un misógino, llegando a dónde esté, facilitándole el enfrentamiento y el colapso de sus prejuicios. Mis creencias son “radicales” pero mis estrategias son más convencionales, más aceptadas socialmente.

Es preciso que las Erins protesten porque la HRC no tiene ni idea de como incorporar los derechos de las personas trans en sus actividades; también lo es que se comparta el signo igual de la HRC por Facebook para que los jóvenes de la comunidad LGBT+ sepan que una parte de sus amigos apoyan (todos o algunos de) sus derechos, y los homofóbicos, que no pueden usar la palabra “maricón” con tranquilidad. Se podrían invalidar estos actos tachándolos de “teóricos” o “pragmáticos”, simplificando demasiado; pero la verdad es que ningún movimiento tendrá éxito si se olvida de los marginales o si se distancia de los miembros más convencionales de su comunidad.

Necesitamos aliados casuales, gente que haga de puente, no para que hablen “en nombre de” las personas de identidades marginales, sino para trabajar dentro de sus comunidades y animar a los privilegiados a reconocer, verificar y desarmar dichos privilegios.

Me encantan las conversaciones intrafeministas pero puede ser muy molesto hablar con individuos que no se identifican como tales, que necesitan que se los convenza de que el movimiento es importante, que invalidan las microagresiones que experimento de forma regular como mujer. La importancia de los aliados es incalculable cuando se trata de validar las vivencias de las personas marginales en un entorno de gente privilegiada. No me hace falta que un hombre me diga que mis experiencias son válidas, pero es probable que otros hombres respondan mejor si sus iguales reconocen que lo son y que no estoy siendo sensible o exagerando o prestando demasiada atención.

Cuidarse es vital para la sostenibilidad de un movimiento o el trabajo individual dentro de él. El radicalismo es más habitual entre los jóvenes porque el agotamiento es real; las organizaciones sin ánimo de lucro que no permiten ni animan a sus empleados a cuidarse obtienen unos resultados cada vez más débiles.

No pasa nada si te quitas las gafas feministas media hora para mirar la televisión producida en nuestra cultura de la violación. No pasa nada si no corriges a tu tío por una microagresión racista para poder disfrutar de una reunión familiar. No pasa nada si de vez en cuando te das prioridad a ti misma en lugar de “al movimiento”. Cuidarse no es egoísta, es necesario.