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Un viaje a través del género

16 Jul

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Han

Este no es un artículo argumentativo o políticamente correcto, porque lo cierto es que en mi vida solo arañé la superficie de la diversidad de género y no sabría las palabras exactas. Esto no es más que una historia, o muchas, supongo. Estas son mis historias, sobre mi vida y mis sentimientos. Nada más. Una invitación para ponerse en mis zapatos durante cinco minutos y tener una perspectiva distinta a la habitual.

Con ocho años recién empezaba a cuestionármelo todo, el gran PORQUÉ. ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué hay gente alta y gente baja? ¿Por qué nació mi alma en un cuerpo de niña?

No me sentía fuera de lugar en un cuerpo de mujer, pero tampoco me sentía unida a él. Si hubiese nacido tal cual soy pero en el cuerpo de un niño, habría vivido mi vida como tal con sus privilegios y sus sinsabores sin darle demasiadas vueltas. Quiero decir, incluso la forma en la que lo formulaba en mi cabeza, “mi alma… cuerpo de niña”, reflejaba que aquello que consideraba “yo” no tenía género, incluso a esa edad, aunque mi mamá insistiese en ponerme vestidos y rulos para ir a la iglesia. No me gustaba nada lo afeminado, creo que en gran medida se debía a los estigmas sociales contra las mujeres. Me sentía más libre haciendo cosas como una marimacho, cosas que no eran “propias de una jovencita”.

A los diecisiete empecé a manejar lo de la masturbación. A lo largo de los años había explorado mi cuerpo y me había enamorado de las respuestas que podía conseguir con mi propio tacto. Dejé de despotricar contra todo lo femenino y me permitía disfrutar de la ocasional falda y un poco de rímel. A esa edad también me volví loca por Laura. Desde el armario, claro, pero querer a Laura me enseñó que no eres menos persona porque te gusten las cosas afeminadas. La feminidad no es un bloque que tengas que aceptar o rechazar en su conjunto. Te pueden gustar algunas cosas, puedes odiar otras y olvidarte del resto, da igual.

A los veinte estaba en la universidad y al pasar por al lado del guardia de seguridad me dijo: “Buenos días, señor”. Sonreí y él se sonrojó al darse cuenta de su error, aunque a mí me gustó. Ni siquiera sabía por qué, pero que alguien no identificase mi género correctamente (de acuerdo con la sociedad) me emocionó mucho. Fue como echar un vistazo a un futuro en el que nadie sabe el género de los desconocidos y no importa. NO ME IMPORTA EN ABSOLUTO CUÁL ES TU GÉNERO. Sé que esto podría dar lugar a muchos comentarios probablemente ofensivos, pero a mí me gusta mi género quizás sí/quizás no y respeto el derecho que todos tenemos de definirnos (o de no definirnos voluntariamente). Para gustos, los colores.

A los veintiuno fui a la casa de mis abuelos por Navidad. Sabía que no aprobaban el pelo corto en las chicas así que me puse un vestido violeta, el más femenino que tenía, para intentar agradarles. No debería ser así, pero es una cosa de familia, ¿no? Y después mi abuelo me presentó a uno de sus vecinos como “ese chico”. La fluidez de género no consiste en eso, odio que la gente altere deliberadamente la identidad de alguien, sobre todo para insultar a esa persona. ¡TENGO DIGNIDAD!

Listo, ya paro de despotricar.

Gracias por quedaros hasta que terminase de divagar. Tras hablar con amigos y compañeros me di cuenta de que la mayoría no pensamos ni hablamos sobre el género tanto como deberíamos. Me refiero a que discutimos sobre el género binario del mundo en el que vivimos, del privilegio masculino y de cómo la sociedad limita a las mujeres; pero hablamos muy poco sobre nuestro género y sobre cómo nos sentimos al respecto, si es que sentimos siquiera la necesidad de géneros. Un punto de vista tan raro como el mío no se suele escuchar, así que espero que hayáis sacado algo de todo esto.

Apuntes sobre la virginidad

30 May

Escrito por: Elena Rivas

Me muevo entre círculos feministas. La mayor parte de mis amigas, sean del ámbito que sea, son feministas. Discutimos sobre feminismo y nos formamos en feminismo y me ayudan a ser “un poquito mejor feminista”. Ellas mismas entienden mis contradicciones y no juzgan cuando me veo 10 tutoriales seguidos de maquillaje en Youtube (si no más).

Pero hay algo que no consigo que comprendan. Se puede seguir siendo virgen a los 20. Y feliz. Y sin buscar a la desesperada dejar de serlo. Tengo una amiga que no soporta que diga que soy virgen, que la virginidad no existe, que solo es una convención patriarcal para separar a las mujeres entre putas y puras. Y sí, tiene razón, yo no tengo que dar ninguna flor. Yo no dejo de ser mejor persona solo por follar. Porque, precisamente, obtener orgasmos de que un pene me penetre sin haber recibido antes un anillo de los de diamantes y oro no me hace más guarra. Pero creo que voy a tener que empezar a reivindicar mi virginidad como acto político.

Sé que follar es fantástico, aunque sólo sea por todas las veces que se me ha dicho que follar es fantástico. Si tantas personas me lo dicen, será que es verdad. Una de las luchas más encarnizadas del feminismo es destruir esa “doble moral”, ganar las mujeres un espacio dentro de las relaciones sexuales que nos permita disfrutar de manera absoluta, y sin culpa, de nuestra propia (y maravillosa) sexualidad. Pero eso va en sentido bidireccional. Yo también estoy disfrutando de mi libertad sexual si decido seguir siendo virgen a los 20 años. No me pasa nada malo. No soy una persona incompleta solo por tener orgasmos que no haya producido otra persona.

Se me preguntó hace dos años que si lo que yo quería era caminar de la mano con un tío. Si lo que quería era una relación estable, un príncipe azul que me tratara como una princesa. Y me asusté, negándolo rápida y efusivamente (introduzca emoticono de carita asustada). Yo no quiero ser una princesa… si esa era la alternativa, pensé, supongo que lo que yo quiero es empezar en seguida a follar tanto como lo haría cualquier mujer empoderada, perderle el miedo y dejarme de tonterías. Era joven e inocente y me dejé llevar por toda la “liberalidad” de las mujeres de mi alrededor. Quería ser como ellas, disfrutar como ellas, follar como ellas. Fue un tiempo oscuro.

No obstante, caer tan bajo me ayudó a impulsarme hacia arriba y ver la luz. Sí. Vi la luz. Me di cuenta de que, al igual que esta sociedad patriarcal bipolariza cualquier aspecto de nuestras vidas, nosotras, que nos hemos educado en ella, también. Luchar para que desaparezca esa dicotomía de “puta-pura” nos impide ver que nosotras también creamos nuestras propias dicotomías. Que lo contrario de la feminista empoderada es ser la virgen sumisa. Y eso es lo que yo era para ellas. Una virgen sumisa que esperaba a su príncipe azul y su gran noche de bodas y su “ir de la mano por la calle”. Y entender eso, fue comprender al mismo tiempo que yo no quería ninguna de las dos cosas. Un alivio.

Todo porque confundimos cuál es el objetivo de la liberación sexual. Empoderarnos como personas sexuales para dejar de ser objetos sexuales no tiene como finalidad el poder follar mucho con muchas personas. Significa que cada una tenemos nuestros tiempos y nuestras necesidades. Yo tengo mis propios tiempos y mis propias necesidades. Y eso no me hace excepción, me hace ser otra forma de concebir la sexualidad, me hace ser una realidad distinta e igualmente respetable.

Estoy en paz con mi realidad. No me avergüenzo y cada vez me lo callo menos. Estoy orgullosa de ser capaz de esperar, de no dejarme llevar por lo que la sociedad y mis alrededores quieren de mi. Es mi decisión y me atengo a ella. Claro que el sexo es genial pero no lo es todo. Tengo en mi vida personas maravillosas con las que comparto relaciones no sexuales que son igual de satisfactorias. A veces incluso más. Ser feminista no significa follar. Ni ser feminista significa no follar. Ser feminista significa cuidarte, atender a tus necesidades. Y sobre todo quererte. Ser feminista significa entender que no habrá jamás otra persona que te pueda querer tanto como te puedes llegar a querer tú misma.

Cómo reaccioné al Barrio Rojo

19 Abr

Escrito por: Nicole Chenelle
Traducido por: Verónica Han

Cuando digo que estuve una semana en Ámsterdam durante un cuatrimestre en el extranjero, la mayor parte de la gente me responde algo así como “¡Ah! ¿Y viste el Barrio Rojo?” mientras abren mucho los ojos y sueltan risitas. Esa semana en Ámsterdam la pasé con mi clase de Prostitución e Industria del Sexo. Nos reunimos con varias ONG, organizaciones gubernamentales y antiguos trabajadores de esta industria para hablar sobre las condiciones del comercio sexual en Holanda. Claro que vi el Barrio Rojo.

El viaje de una semana a Ámsterdam con esta clase fue la razón por la que decidí irme a estudiar al Danish Institute for Study Abroad de Copenhague, Dinamarca. Curso asignaturas de Estudios de la Mujer y el Género en Georgetown y la idea de estudiar la prostitución en países en los que esta es legal me resulta emocionante. Nunca me había relacionado con la prostitución de forma académica y esperaba la oportunidad de analizar el tema desde un punto de vista legal. Este curso de Prostitución e Industria del Sexo incluía un estudio intensivo de tres días en Copenhague, donde la prostitución es legal; un viaje de tres día a Suecia, donde la prostitución es legal pero se penaliza al cliente; y un viaje de siete días a Ámsterdam, donde tanto los prostíbulos como la prostitución son legales.

Nadie puede ignorar el Barrio Rojo de Ámsterdam. Está situado en el centro, alrededor de la iglesia más antigua de la ciudad; el Barrio Rojo exige que le prestes atención al comercio sexual que se da por todas partes. El sexo impregna el ambiente con las señas de las mujeres tan arregladas en las ventanas, las luces de neón que promocionan los espectáculos pornográficos o los condones multicolores que cuelgan en los escaparates de las condomeries. El Barrio Rojo es simultáneamente un vecindario que celebra el sexo y el placer y uno que usa la purpurina y el pintalabios para camuflar la explotación y la trata de personas.

La mayoría de nuestras conversaciones en clase y mis reflexiones personales acaban con la siguiente pregunta: ¿se puede distinguir entre el trabajo sexual voluntario y la trata de seres humanos para su explotación sexual? ¿Se puede siquiera elegir vender sexo o los motivos económicos limitan la capacidad de decisión? ¿Cómo podemos, si es que debemos, ayudar a las chicas del este de Europa que se encuentran en los escaparates y cuyos novios se clasificarían legalmente como proxenetas?  ¿Cómo hacemos para ponerle fin a la violación de los derechos humanos que se da con la trata, y permitir la venta individual de sexo si alguien así lo desea? ¿Es la prostitución como cualquier otro trabajo o hay algo en el sexo que la hace inherentemente distinta? Estas son las preguntas que estuve considerando durante el cuatrimestre en el extranjero, preguntas que activistas y legisladores se han planteado durante toda su carrera laboral sin llegar a ninguna conclusión clara.

Aprender sobre la industria del sexo en Dinamarca, Suecia y los Países Bajos hizo muy evidente mi ignorancia sobre la estadounidense. Sé que la prostitución es ilegal en la mayor parte de los estados y que aún así existe. Penalizar a la prostituta (o al prostituto, pero casi siempre son mujeres) no hace más que provocar ciclos de criminalidad. Casar a estas mujeres con unos antecedentes penales no las ayuda en absoluto a abandonar la industria del sexo, sino que prácticamente les imposibilita conseguir un trabajo en otra profesión. ¿Sería el modelo nórdico, la penalización del cliente, la solución para los Estados Unidos? Penalizar al hombre que paga por sexo en lugar de a las mujeres es dar un paso en la dirección correcta. Aún así, me preocupa que esto sea más bien una forma de hablar sobre el ideal de eliminar la prostitución que la representación de un cambio real. Me he dado cuenta de que apoyo un poco más la legalización de la prostitución, sin embargo, me da miedo que dicha legalización anime a quienes trafican con sexo a llevar su negocio al país que sea. Cuanto más analizo estos temas, más valoro la complejidad y los matices del asunto y veo con mayor claridad que si alguien tiene una solución sencilla es porque no ha reflexionado lo suficiente.

Mi feminista loca y gorda

24 Dic

De ahora en adelante, la gente puede aceptarte por quien eres o irse a la mierda.

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Hojman

Hay una serie (británica, las mejores siempre lo son) llamada My mad fat diary. El título en inglés lo explica bastante bien: Rae es una adolescente gorda que lucha contra la depresión, las heridas que se causa a sí misma y un síndrome que la hace comer de forma compulsiva. Solo tiene seis episodios, pero te cambian la vida.

Me he identificado como gorda toda mi vida y nunca he visto a un personaje gordo ser el protagonista. Rae no ocupa el segundo plano de nadie: tiene complejos, es divertida y un poquito típica. Es una serie con una protagonista gorda y antes de verlo no sabía por qué lo necesitaba tanto.

Esta es la cosa: la gente siempre intenta ocultar mi gordura. Es una vergüenza de segunda mano, soy la viva imagen de algo que nadie en el mundo quiere ser. Mi compañera de habitación de primero dijo que las personas gordas le daban asco, una amiga mía dijo que le provocan tal impresión que no puede ni mirarlas. Mis compañeros de clase hacen muecas cuando alguien gordo se les sienta al lado. Estoy gorda y eso significa que soy vaga y fea y que siempre me tengo que poner por atrás en las fotos. Estoy gorda y eso significa que no soy bienvenida, porque la gordura en sí misma no es bienvenida. Existe un motivo por el que se cree que la gente gorda es “alegre”: tenemos que aguantar todas vuestras estupideces las 24 horas del día y usamos el humor para lidiar con ello, si no fuese así nos arrancaríamos la piel a tiras, literalmente.

Yo encontré otras formas de enfrentarme a mi gordura, soy la primera en llegar a todas las clases, todos los días, todos los semestres de todos los cursos porque puedo elegir mi sitio la primera. Así no tengo que apretujarme entre dos asientos o hacer maniobras para pasar por huecos en los que no sé si quepo. Es un mecanismo de defensa, nadie me ve intentando encajarme entre la silla y el escritorio. Si almuerzo en la cafetería, voy cuando está vacía para que nadie me vea comer sola. La imagen de una persona delgada y una gorda comiendo sola es distinta. Si es alguien delgado, no es nada del otro mundo, si ese alguien está gordo, significa que no se merece que nadie se siente con él. Cuando escucho a mis amigas hablar de lo mucho que cenaron, de lo gordas que se sienten o de los tres kilos que ganaron en verano, me quedo callada. Las apoyo en su misión de estar delgadas e ignoro la implicación de que lo que yo soy no es lo deseado. Sonrío a los desconocidos en los aviones porque sé que están enfadados porque les tocó sentarse a mi lado durante el vuelo y evito las miradas cuando me termino mi burrito.

Puesto que llevan toda la vida diciéndome que soy algo que la gente no quiere, me lo creí; pero cuando miro My mad fat diary, me siento un poco mejor conmigo misma. A Rae le toca ser la protagonista, le toca ser interesante, luchar para no comer compulsivamente. Rae puede hablar de su depresión con un psiquiatra sin que sea vergonzoso. Rae consiguió un novio.

Rae consiguió un novio.

Por primera vez desde que miro la televisión, me dejan ver a una persona gorda que gusta y provoca deseo. La sexualidad tan visible de Rae (se masturba con la fantasía de un dios romano en uno de los episodios) es vital porque no tengo ni idea de cuál es mi orientación. Estoy condicionada a pensar que no me merezco tener sexualidad. No le intereso a nadie, así que mi sexualidad es inútil. Cuando todos los programas de televisión, las revistas, los libros y las películas presentan a una chica delgada, borran aún más mi sexualidad. No importa si el medio es manga alternativo o un reality show. La gente gorda y con sexualidad no existe y mucho menos como protagonistas con historias completas y mundos que giran a su alrededor.

My mad fat diary es una serie innovadora y triunfadora. Me dice que me merezco atención y que se me vea de forma sexual, e incluso que me merezco elegir. No tengo que contentarme con la primera persona que demuestre algún interés por mí. No tengo que sentirme halagada cuando me acosen por la calle porque por lo menos alguien se ha fijado en mí. Cuando me tratan como a una persona real, cuando me siento como una persona real, puedo escapar de las estructuras opresivas que me mantienen sumisa, tengo una voz. Tengo autoestima. Y sí, claro que el autoestima debería venir de dentro, pero mientras tanto puedo ir por el mundo con la certeza de que hay gente que piensa que me merezco ser la protagonista, que me merezco atención y respeto, que yo, a diferencia de mi gordura, sí soy bienvenida.

(Nota de la autora: Podría escribir páginas y páginas sobre lo bien que esta serie trata la salud mental, pero eso lo dejo para otro día. Aviso legal: La experiencia de la gordura no es la misma para todas las mujeres, las mujeres de color lo viven de una forma muy distinta.)

Adoro. El. Sexo. #LoSientoPeroNoLoSiento

30 Ago

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

La positividad sexual es un tema nebuloso. Según Wikipedia, se trata de un movimiento cuya “ideología promueve y acepta la sexualidad abierta con pocos límites más allá del énfasis en sexo seguro y la importancia del consentimiento”. Para mí, la positividad sexual es el resultado de eliminar la vergüenza del sexo y la sexualidad. Es aceptar y respetar la identidad sexual de cada uno, su orientación sexual, sus preferencias y elecciones. La positividad sexual es la comunicación y el deshacerse de los tabús sexuales que perpetúan aquellas normas sociales dañinas.

La salud sexual precisa de la positividad sexual. EEUU tiene los índices de embarazo adolescente más alto entre los países desarrollados, siendo incluso mayores los índices de los estados que solo conciben la abstinencia como educación sexual. La juventud se merece una educación sexual que sea comprensiva, que posibilite las decisiones seguras. Necesitamos un cambio cultural; decirles que el sexo es pecado, que es sucio, que es una mera herramienta para procrear, no va a permitirles tomar decisiones seguras. La positividad sexual es primordial para la comunicación, nos da la posibilidad de afirmar nuestros límites, de determinar y dar un consentimiento significativo y de pedir lo que queremos.

El consentimiento precisa de la positividad sexual. El consentimiento no es la falta de un “no”, es una respuesta afirmativa. El consentimiento exige que utilicemos nuestras voces, que hablemos de sexo, que seamos capaces de comunicar nuestros deseos e incomodidades y que respetemos los de nuestra(s) pareja(s).

Necesitamos la positividad sexual para luchar contra la violencia sexual. Ya no aguanto que “se avergüence a la puta”. Se nos enseña que la sexualidad de la mujer es o inexistente o sucia. Tanto si esperas al matrimonio como si eres activa sexualmente, siempre y cuando tomes decisiones seguras y respetes la autonomía de tu(s) pareja(s), no tienes nada de lo que avergonzarte. La “vergüenza a la puta” perpetúa, directamente, la violencia sexual. Solía trabajar en la Oficina de Defensa Pública (que por muy difícil que fuese, significaba que estaba “del lado” de los agresores sexuales, y me alegra que los agresores sexuales pobres recibieran el mismo apoyo legal que los ricos podían comprarse) y en cada uno de los casos de violencia sexual, leyendo detenidamente los archivos, se me revolvían las tripas. En “Pruebas” aparecería el pasado sexual de la denunciante, dando una imagen de una mujer pervertida (léase: sexualmente activa), como si eso invalidara su historia. A nuestra sociedad le encanta culpar y castigar a aquellos que experimentan la violencia sexual. Afirmamos que “se lo estaba buscando“, como si alguien pudiese pedir que lo violasen. Tenemos que dejar de hacer de cuenta que a las mujeres no les gusta el sexo y que su comportamiento sexual, sus decisiones o su reputación les dan a los hombres derecho sobre el cuerpo de la mujer.

Necesitamos la positividad sexual para aprender cómo querer a nuestro cuerpo y cómo dejar de tenerle miedo a las vaginas. Todo en nuestra sociedad es fálico, pero las vaginas se ven como cuevas oscuras y sucias. Lisa Brown, la representante de Michigan en el Senado estadounidense, fue expulsada de este por usar la palabra vagina. Si no puedes nombrarla, no deberías legislarla. Un chico le dijo a una amiga mía que no bajaría por razones “higiénicas”. ¿QUÉ? El genital masculino está ahí afuera, por todos lados, y la vagina es un órgano de auto-limpieza. Las vaginas son milagrosas, se estiran hasta dejar que un BEBÉ HUMANO pase por ellas. Deberíamos venerarlas, no tenerles miedo. Y ya basta con este tabú de la menstruación. Las mujeres se pasan aproximadamente el 20% de sus años fértiles menstruando, es algo demasiado común como para que se usen susurros avergonzados y eufemismos. El único momento en el que la cultura pop hace referencia a la menstruación es por el Síndrome Pre-menstrual, dando a entender que las mujeres somos inestables y sub-humanas cuando estamos con el período. Y si te da la impresión de que estoy haciéndole la pelota a la propaganda feminista, Onion me respalda.

Con frecuencia, mis compañeros me preguntan tímidamente por qué una chica en el campus necesitaría el feminismo. Obviamente, en Arabia Saudí y en la República Democrática de Congo necesitan el feminismo. Y aunque el acoso sexual, la diferencia de sueldo y el doble rasero sean mis respuestas rápidas, siento que una de las necesidades más importantes es la positividad sexual.

Adoro el sexo, es beneficioso para la presión arterial, el sistema inmunológico, el autoestima, los hábitos de sueño, la piel y la esperanza de vida. Ah, y claro, aunque sea mujer, disfruto del sexo, soy un ser sexual. Y a pesar de todo, odio mi vagina. Casi no puedo tocarla, me provoca un poco de incomodidad. Estoy co-produciendo Los puñeteros monólogos sobre la vagina y todavia tengo que aprender a querer la mía. Por dios, ni siquiera he tenido un orgasmo porque no se cómo decirles a los hombres lo que quiero y me da demasiado miedo mi propio cuerpo como para hacerlo por mí misma.

Así que, sí, incluso una mujer jodidamente empoderada y sexualmente liberada como yo, necesita la positividad sexual.

La primera vez que me llamaron puta fue a los 13

24 Jul

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

Todavía hay veces, cuando me entretengo frente al espejo unos segundos,

no muy segura de qué tienen que ver estos pómulos o estas rodillas llenas de cicatrices con la pasión por las políticas sanitarias o el apetito por viajar,

o cuando vuelvo a casa, con los tacones en las manos y la mirada en mis pies, evitando los ojos de las familias vestidas color pastel que entran en la Iglesia de la Santa Trinidad una mañana de domingo,

en las que aún me evalúo, aún deduzco mi valía por mi apariencia y el valor que me asignan los hombres.

Y esto lo hago porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13.

Me llamaron puta, Chloe* y Morgan*, porque besé a un chico en una fogata, durante un juego de verdad o consecuencia. Chloe pensaba que el chico era lindo y él se mantenía al nivel de los chicos mayores en el skatepark, pero yo no sabía nada de su enamoramiento. Solo sabía que el chico sí que era lindo y que sí se le daba bien patinar y que yo no pensaba echarme atrás durante un verdad o consecuencia. Me llamaron puta y dejaron de hablarme hasta el backstage de la obra de teatro, cuando Chloe y él comenzaron una relación íntima en la que no se reconocían en la cafetería pero se quedaban hasta tarde chateando.

Me llamaron puta y aprendí que las mujeres imponen el doble rasero y la putificación entre ellas como los hombres. Me llamaron puta y aprendí que el “los amigos antes que las zorras” significaba algo totalmente distinto para las mujeres, que Morgan y Chloe abandonarían a esta “zorra” porque codiciaban a este “amigo”.

Me llamaron “rompe-corazones”, a los 8, mientras me apoyaba contra mi madre, cansada después de un día de pileta. “Ella será una rompe-corazones y aquella”, sonrió a mi hermana, “será un dolor de cabeza”. A los 8 ya sabía que yo era la que codiciaban, considerada una rompe-corazones, no un audaz dolor de cabeza. Más tarde, mi hermano me molestó por mis dientes de conejo, y cuando su amigo Ryan* dijo que mis pecas eran bonitas, casi me desmayo.

Me llamaron rompe-corazones y aprendí que mi relación con los hombres, incluso adultos, que me sonreían como si fuera su propia hija, incluso profesionales, con sus maletines, siempre estará corrompida por el valor de la belleza y la tragedia de una complexión desigual, los días de pelo incorregible y la temible báscula.

Me llamaron zorra a los 14 e institucionalizaron mi título. Se expandió por la clase un código, KIAW, que alguien gritaba espontáneamente en los pasillos, como el maullido de un gato, durante las tres últimas semanas de octavo curso. Jake* y Mark*, populares por su habilidad en basket, me gritaban KIAW mientras entraba en clase o cuando subía al autobús escolar. “Significa que les gustas”, me dijo Hannah*sabiamente, pero después de un día entero firmando anuarios, supe lo que realmente quería decir. “Lo siento”, Jake se miró los pies. “Kathleen Is A Whore (Kathleen es una zorra), creíamos que sería divertido, solo entre Mark y yo, pero después todo el mundo empezó a decirlo”. “¿Todos saben lo que significa?”, pregunté, conteniendo el aliento. “Seehh…”, los ojos pegados en sus Vans, sí, cada uno de estos estudiantes con los que has ido al colegio los últimos 9 años piensan que eres una zorra.

Me llamaron zorra y aprendí que mi historial “sexual” era infinitamente más relevante en mi vida social y me definía mucho más que el discurso que dí esa noche por tener las mejores notas, a pesar de que cité a gente muy inteligente sobre la que habíamos leído en historia y de que mis profesores les dijeron a mis padres que tenía mucho potencial. Me llamaron zorra porque me escapé de casa una noche para encontrarme con mi novio de secundaria en la playa y porque vestía camisetas de tirantes y aprendí que la clave tanto para enemigos como admiradores, y aún más importante, para recibir atención como mujer, no era éxito, sino sexo.

Me llamaron puta en una página anónima de Facebook, contaban mis encuentros sexuales mientras cantaban las letras de los himnos de sus equipos, suplicaban historias en juegos para beber. Las mujeres se unían cuando descubrían mi implicación con algún interés romántico suyo y los hombres dejaban de ser amigos míos cuando se daban cuenta de que no tenía ningún interés en tirármelos.

Por lo que todavía lucho para proteger mi valía de la influencia de la belleza y las tallas, de con quién me he acostado y de quién piensa que merezco su tiempo, porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13 y todavía tienen que demostrarme si valgo algo más que eso para ellos.

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*Todos los nombres han sido modificados.