Archive | Internacional RSS feed for this section

¿Los aliados tienen derecho a una voz, a cuidarse?

28 Sep

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

A pesar de la opresión a la que me enfrento como mujer, soy una privilegiada por muchas de mis identidades: soy blanca; formo parte de la comunidad universitaria de Georgetown; y, dentro del espectro o las esferas de la identidad de género y orientación sexual, me identifico y me presento principalmente como cis-género y heterosexual.

También soy bastante buena en lo de ser feminista, dentro de mis círculos, pero me quedo considerablemente atrás en cuanto a la interseccionalidad. Me costó encontrar voz como “aliada” en asuntos que afectan a identidades marginales que no me definen.

Por lo tanto, hice un esfuerzo por callarme y educarme, dos de los consejos más importantes sobre cómo ser un aliado de Mia McKenzie, editora fundadora y directora de Black Girl Dangerous. Según McKenzie, “aliado” no es válido como título o identidad, sino que es una “práctica”, “algo activo”. Continúa diciendo que es agotador y que debería serlo, “porque la gente que sufre racismo, misoginia, discriminación por discapacidad (ableismo), homofobia, transfobia, clasismo, etc. están agotados. ¿Por qué no deberían estarlo sus aliados?”

Este artículo desafió y revitalizó mis intentos habituales de ser una aliada, perseverantes pero inconsistentes. Estoy totalmente de acuerdo en que no me merezco el término e incluso prefiero la interpretación que le da McKenzie. Soy un desastre constante en justicia social y me retiro con frecuencia a mi privilegio por amor propio. Me siento como una falsa “aliada” cada vez que elijo mis batallas o decido ignorar microagresiones racistas, ableistas, hetero-normativas o género-normativas.

No quiero tergiversar las palabras de McKenzie bajo ningún concepto, ella no dijo de forma explícita que los aliados no se merezcan una voz o que no puedan cuidarse. Sin embargo, yo lo interpreté como una insinuación de que el rol de los aliados es limitado y que el cuidado de uno mismo es un privilegio para aquellos que no sufren una forma particular de opresión, por lo que en lugar de buscar el bienestar propio, uno debería resignarse al agotamiento.

Inmediatamente después de leer el artículo, me sentí molesta con sus palabras, en gran parte porque empecé a acercarme a la justicia social en 2009: hablaba como consejera con supervivientes de agresiones sexuales a través de una línea de emergencia disponible las 24 horas, una posición en la que es vital cuidarse a uno mismo.  Aún así, que te demuestren tu privilegio es  incómodo y normalmente provoca una respuesta defensiva. Pensé que mi reacción negativa a sus palabras podría deberse a eso, porque es muy práctico retirarme a mi privilegio cuando estoy cansada, quiero mantener una relación, intento estudiar para los exámenes o pretendo lidiar con mis propias experiencias con la opresión.

Básicamente, creo que, como miembros de movimientos por la justicia social, deberíamos admitir que necesitamos crear un espacio para los aliados a tiempo parcial por la sostenibilidad, el crecimiento y la aceptación popular (algo bastante importante, por desgracia) de dichos movimientos. No digo que haya que reconocer como aliados a todos los que compartan por Facebook el signo igual de la HRC, una campaña por los derechos humanos a favor de la comunidad LGBT+ en Estados Unidos; pero si hay quienes se dejan corregir cuando se equivocan, si luchan por mejorar, si no perpetúan de forma activa los privilegios y la opresión, los quiero en mi equipo.

¿Por qué? Porque la gente de identidades privilegiadas no tienen derecho a pertenecer a los espacios seguros de aquellos de identidades marginales y, por supuesto, no tienen derecho a una voz en ellos. No obstante, el trabajo social es muy complejo y las labores, diversas. Necesitamos voces radicales e inflexibles tanto como personas que hagan de puente, que puedan “traducir” y sacar provecho de su privilegio para llegar a donde se les acepta porque sus ideas parecen menos drásticas.

Todo esto lo dice alguien que hace seis meses estaba llorándole borracha a su mejor amiga, a su compañera feminista, a su ídola e inspiración definitiva, Erin Riordan, porque “no soy tan radical como debería”. A fin de cuentas, las Erins del mundo no podrían derribar el patriarcado ellas solas, como tampoco podrían hacerlo las Kats. Erin es intransigente sin remordimientos (es extraño que estas palabras, como “radical”, no suelen tener connotaciones positivas; para mí son el mayor de los cumplidos), mientras que yo podría pasarme horas hablando con un misógino, llegando a dónde esté, facilitándole el enfrentamiento y el colapso de sus prejuicios. Mis creencias son “radicales” pero mis estrategias son más convencionales, más aceptadas socialmente.

Es preciso que las Erins protesten porque la HRC no tiene ni idea de como incorporar los derechos de las personas trans en sus actividades; también lo es que se comparta el signo igual de la HRC por Facebook para que los jóvenes de la comunidad LGBT+ sepan que una parte de sus amigos apoyan (todos o algunos de) sus derechos, y los homofóbicos, que no pueden usar la palabra “maricón” con tranquilidad. Se podrían invalidar estos actos tachándolos de “teóricos” o “pragmáticos”, simplificando demasiado; pero la verdad es que ningún movimiento tendrá éxito si se olvida de los marginales o si se distancia de los miembros más convencionales de su comunidad.

Necesitamos aliados casuales, gente que haga de puente, no para que hablen “en nombre de” las personas de identidades marginales, sino para trabajar dentro de sus comunidades y animar a los privilegiados a reconocer, verificar y desarmar dichos privilegios.

Me encantan las conversaciones intrafeministas pero puede ser muy molesto hablar con individuos que no se identifican como tales, que necesitan que se los convenza de que el movimiento es importante, que invalidan las microagresiones que experimento de forma regular como mujer. La importancia de los aliados es incalculable cuando se trata de validar las vivencias de las personas marginales en un entorno de gente privilegiada. No me hace falta que un hombre me diga que mis experiencias son válidas, pero es probable que otros hombres respondan mejor si sus iguales reconocen que lo son y que no estoy siendo sensible o exagerando o prestando demasiada atención.

Cuidarse es vital para la sostenibilidad de un movimiento o el trabajo individual dentro de él. El radicalismo es más habitual entre los jóvenes porque el agotamiento es real; las organizaciones sin ánimo de lucro que no permiten ni animan a sus empleados a cuidarse obtienen unos resultados cada vez más débiles.

No pasa nada si te quitas las gafas feministas media hora para mirar la televisión producida en nuestra cultura de la violación. No pasa nada si no corriges a tu tío por una microagresión racista para poder disfrutar de una reunión familiar. No pasa nada si de vez en cuando te das prioridad a ti misma en lugar de “al movimiento”. Cuidarse no es egoísta, es necesario.

Beneficios colaterales

18 May

Escrito por: Verónica Han

Podría intentar venderles las teorías feministas a base de argumentos sobre cuáles son los beneficios que pueden sacar de ellas. Podría decirles a los hombres heterosexuales que el feminismo lucha también por ellos, para que puedan expresar sus emociones de forma más libre, para que puedan cuestionarse su sexualidad sin miedo, para que disfruten del sexo totalmente consentido con una mujer. Podría hacerlo igual que podría venderles a hombres y mujeres cis-género que con la aceptación social de la gente trans cada uno tendría la libertad de vestirse como quiera y expresarse como guste. Podría hacerlo, por supuesto.

No quiero. No quiero caer en la normalizada red de argumentos que te ofrecen beneficios por ayudar a los demás. Es cierto que si les enseñamos a los más jóvenes que el cuerpo de una mujer no es un objeto sexual, se dejará de considerar al hombre un animal irracional incapaz de controlar sus propias acciones. Todo eso es verdad, pero no debería ser lo que motive la lucha.

Estoy harta de escuchar como las personas inmigradas son defendidas a base de un “los datos demuestran que es bueno para la economía nacional”. ¿Y a quién carajo le importa que sea o no bueno para la economía? ¿De verdad les estamos poniendo precio a las personas? Claro, como aumenta la mano de obra barata, los empresarios no se van del país. ¡Qué bien! Si no nos trajeran un poco de beneficio económico, lo de las cuchillas en las vallas no estaría tan mal, ¿es eso? Si no fuese porque nos vienen bien, le daríamos la espalda a gente que tiene unas condiciones de vida lamentables. Ah, bueeno.

No se trata de decirle al privilegiado “tranquilo, ayudar al oprimido te favorece”, por lo que en la lucha contra el sexismo no tendríamos que decirle al hombre “vas a poder aspirar a casarte y tener hijos, a ocuparte del hogar, va a poder gustarte cocinar o coser, vas a poder tener rasgos de personalidad histórica y culturalmente atribuidos a la feminidad”. No. El feminismo es mucho más. Es desmitificar y aceptar las distintas realidades, es ir poco a poco deshaciéndonos de la diferencia de estatus entre lo “masculino” y lo “femenino”. En realidad, es dejar incluso de agrupar las características bajo esas etiquetas.

Si los cis-hombres heterosexuales se quieren autodenominar feministas, bienvenidos sean. Los aliados son necesarios para que las mujeres podamos caminar tranquilas por la calle, para que se reduzcan las vejaciones y abusos contra los distintos grupos LGTBI, para que todos tengamos los mismos derechos. Pero si se unen solo para poder mirar El diario de Bridget Jones sin que nadie haga comentarios al respecto, lo estarán haciendo por el motivo equivocado. Si el racista deja de oponerse al inmigrante solo porque lo enriquece, no deja de ser racista. Los beneficios colaterales al grupo privilegiado no son más que eso, colaterales. Las bases de la lucha son otras.

Cómo reaccioné al Barrio Rojo

19 Abr

Escrito por: Nicole Chenelle
Traducido por: Verónica Han

Cuando digo que estuve una semana en Ámsterdam durante un cuatrimestre en el extranjero, la mayor parte de la gente me responde algo así como “¡Ah! ¿Y viste el Barrio Rojo?” mientras abren mucho los ojos y sueltan risitas. Esa semana en Ámsterdam la pasé con mi clase de Prostitución e Industria del Sexo. Nos reunimos con varias ONG, organizaciones gubernamentales y antiguos trabajadores de esta industria para hablar sobre las condiciones del comercio sexual en Holanda. Claro que vi el Barrio Rojo.

El viaje de una semana a Ámsterdam con esta clase fue la razón por la que decidí irme a estudiar al Danish Institute for Study Abroad de Copenhague, Dinamarca. Curso asignaturas de Estudios de la Mujer y el Género en Georgetown y la idea de estudiar la prostitución en países en los que esta es legal me resulta emocionante. Nunca me había relacionado con la prostitución de forma académica y esperaba la oportunidad de analizar el tema desde un punto de vista legal. Este curso de Prostitución e Industria del Sexo incluía un estudio intensivo de tres días en Copenhague, donde la prostitución es legal; un viaje de tres día a Suecia, donde la prostitución es legal pero se penaliza al cliente; y un viaje de siete días a Ámsterdam, donde tanto los prostíbulos como la prostitución son legales.

Nadie puede ignorar el Barrio Rojo de Ámsterdam. Está situado en el centro, alrededor de la iglesia más antigua de la ciudad; el Barrio Rojo exige que le prestes atención al comercio sexual que se da por todas partes. El sexo impregna el ambiente con las señas de las mujeres tan arregladas en las ventanas, las luces de neón que promocionan los espectáculos pornográficos o los condones multicolores que cuelgan en los escaparates de las condomeries. El Barrio Rojo es simultáneamente un vecindario que celebra el sexo y el placer y uno que usa la purpurina y el pintalabios para camuflar la explotación y la trata de personas.

La mayoría de nuestras conversaciones en clase y mis reflexiones personales acaban con la siguiente pregunta: ¿se puede distinguir entre el trabajo sexual voluntario y la trata de seres humanos para su explotación sexual? ¿Se puede siquiera elegir vender sexo o los motivos económicos limitan la capacidad de decisión? ¿Cómo podemos, si es que debemos, ayudar a las chicas del este de Europa que se encuentran en los escaparates y cuyos novios se clasificarían legalmente como proxenetas?  ¿Cómo hacemos para ponerle fin a la violación de los derechos humanos que se da con la trata, y permitir la venta individual de sexo si alguien así lo desea? ¿Es la prostitución como cualquier otro trabajo o hay algo en el sexo que la hace inherentemente distinta? Estas son las preguntas que estuve considerando durante el cuatrimestre en el extranjero, preguntas que activistas y legisladores se han planteado durante toda su carrera laboral sin llegar a ninguna conclusión clara.

Aprender sobre la industria del sexo en Dinamarca, Suecia y los Países Bajos hizo muy evidente mi ignorancia sobre la estadounidense. Sé que la prostitución es ilegal en la mayor parte de los estados y que aún así existe. Penalizar a la prostituta (o al prostituto, pero casi siempre son mujeres) no hace más que provocar ciclos de criminalidad. Casar a estas mujeres con unos antecedentes penales no las ayuda en absoluto a abandonar la industria del sexo, sino que prácticamente les imposibilita conseguir un trabajo en otra profesión. ¿Sería el modelo nórdico, la penalización del cliente, la solución para los Estados Unidos? Penalizar al hombre que paga por sexo en lugar de a las mujeres es dar un paso en la dirección correcta. Aún así, me preocupa que esto sea más bien una forma de hablar sobre el ideal de eliminar la prostitución que la representación de un cambio real. Me he dado cuenta de que apoyo un poco más la legalización de la prostitución, sin embargo, me da miedo que dicha legalización anime a quienes trafican con sexo a llevar su negocio al país que sea. Cuanto más analizo estos temas, más valoro la complejidad y los matices del asunto y veo con mayor claridad que si alguien tiene una solución sencilla es porque no ha reflexionado lo suficiente.

¿Prohibir el burka?

7 Dic

Escrito por: Rebecca Chapman
Traducido por: Verónica Hojman

La obsesión de nuestros tiempos con la ropa femenina o la falta de ella parece lo único relevante en las noticias actuales “sobre mujeres”. Sería fácil trivializar todos estos debates como cotilleos insignificantes, pero cuando un gobierno intenta intervenir en el asunto tiene que importarnos a todos. Aunque hemos escuchado hablar de lo que está bien y lo que está mal de los modelitos de Miley Cyrus, lo que debería ocupar nuestro tiempo son el burka y el niqab. Está claro que esta polémica cuestión sobre la vestimenta femenina nunca ha desaparecido del todo, pero con los dos incidentes en el Reino Unido tanto en las clases como en los juzgados, estas piezas han vuelto al frente del debate nacional. Hace unos meses, en agosto, le ordenaron a una mujer musulmana acusada de amenazar a un testigo que se quitase el niqab para declarar; más o menos simultáneamente se anuló la prohibición del niqab en la universidad Birmingham Metropolitan College después de que unos alumnos protestasen. Ambos sucesos habrían pasado sin provocar demasiado interés si no fuese porque una parte del Gobierno utilizó estas historias para provocar el debate. El burka y el niqab se asocian con las formas más conservadoras de la vestimenta musulmana: la primera es un velo completo que cubre toda la cabeza y la cara, y el niqab deja solo una pequeña raja para los ojos. Son estos los artículos que hacen al Gobierno cuestionarse algunas cosas.

Déjenme que empiece por decirles que este artículo no está aquí para analizar lo que vale y lo que no en la forma de vestir musulmana ni para señalar si hay o no algo inherentemente sexista cuando se cubre la cabeza y la cara de una mujer. El único fin de este post es preguntar si un gobierno tiene derecho a legislar sobre esto.

En medio de la reciente discusión, gente no musulmana ha expresado su deseo de “liberar” e “independizar” a las mujeres de las garras de una opresión tan patriarcal. Gente que desconoce casi por completo la cultura y las tradiciones islámicas ha profesado su indignación ante la obligación de las mujeres de llevar el burka contra su voluntad. El Daily Telegraph citó a Sarah Wollaston, diputada británica conservadora, cuando dijo que ya era hora “de dejar de delegar esto a instituciones individuales como si fuese un asunto de vestimenta sin importancia y marcar, en su lugar, una clara dirección nacional”. Al comparar el burka con una “capa de invisibilidad” afirmó: “las mujeres deberían tener claro que el burka no es un símbolo de liberación, sino de represión y segregación”. Quizá Sara Wollaston tiene algunos argumentos válidos en todo esto, pero como uno podría deducir por su nombre, no es musulmana. De hecho, su punto de vista insular la provee con la imagen perfecta del maremoto de opiniones que viene de las mujeres que no son musulmanas sobre un asunto que solo incumbe a las que sí lo son.

Como el esfuerzo para prohibirlo viene exclusivamente de la comunidad no musulmana, no puedo evitar preguntarme por los motivos reales detrás de dicha prohibición. A parte, el hecho de que un Gobierno de derechas presente esto como un problema para los derechos de la mujer no solo es risible, también es la peor de las ironías. Es difícil de creer que el partido que gobierna actualmente en el Reino Unido se ha concienciado de repente, teniendo en cuenta que ha intentado contener de forma sistemática y sin remordimientos los derechos de las mujeres desde que surgió. Si David Cameron, primer ministro británico, está tan preocupado por cómo se silencia las voces femeninas, tal vez debería haber dado asiento a más de 4 mujeres en un gabinete de 25. Esta es una política basada en el miedo y la ignorancia, una política disfrazada de liberación, por la que una minoría dentro de una minoría se ve perseguida.

Los diputados siempre intentan presentar temas muy complejos como si fueran muy simples y esta no es una excepción. En consecuencia, voces importantes de la comunidad musulmana se han erguido preocupadas por el impacto de la prohibición propuesta. Salma Yaqoob, ex-concejala de la ciudad de Birmingham, dijo: “Las mujeres que llevan velo son una minoría dentro de una minoría, por lo que creer que representan algún tipo de amenaza para la sociedad británica está por completo más allá de las carcajadas. Al mismo tiempo, sin embargo, [estos debates] consiguen aumentar la vulnerabilidad de las mujeres musulmanas en su conjunto. Una y otra vez, los ataques verbales y físicos contra estas aumenta cuando tenemos los así llamados debates nacionales. En términos emocionales y psicológicos, creo que hace un daño increíble.”.

El argumento detrás de esta prohibición del burka y el niqab se fundamenta en la creación de una sociedad más libre e integrada, pero las pruebas dadas por Europa sugieren todo lo contrario. Desde que Francia los prohibió en 2011, los grupos musulmanes han denunciado un aumento inquietante de la discriminación, lo que se refleja en el sistema legal como una explosión de ataques físicos contra las mujeres que se visten según esta religión. La ley les ha dado a los supuestos vigilantes la oportunidad de usar a la comunidad musulmana como chivo expiatorio (si el Estado discrimina a una minoría, parece razonable que ciertos individuos lo imiten). Ante la opción de desafiar las leyes y enfrentarse a agresiones físicas, las mujeres están eligiendo quedarse en casa, escondidas del mundo. Esta ley ha hecho prisioneras a ciudadanas que respetan las leyes, cuyo único delito es escoger expresar su religión y cultura a través de su forma de vestir. A pesar de que cada una de las mujeres a las que se les ha hecho responder por sus “delitos” haya dicho que lleva el burka por decisión propia, el Gobierno francés se ha negado a ceder.

Los partidarios de la prohibición han señalado que en ningún lugar del Corán se le ordena a la mujer que vaya tapada de pies a cabeza, pero en la Biblia tampoco pone que los cristianos tengan que llevar una cruz colgada del cuello. Es una elección personal que se toma por las razones que sean, no necesariamente religiosas. Durante la década de los 70, en Irán, los líderes respaldados por la CIA, hicieron ilegal el burka y el niqab. Como les desgarraban la ropa que llevaban en la cara, las mujeres decidieron quedarse en sus casas, pues esta era la única forma que encontraron para mostrar su oposición a la dominación estadounidense en Irán. El “feminismo” obligatorio no tiene en cuenta las costumbres y es, a fin de cuentas, inservible. Si tiene que haber un movimiento feminista dentro de las culturas islámicas, tiene que venir y vendrá desde dentro de la comunidad musulmana con sus propias condiciones. Lo cierto es que la mayor parte de las mujeres musulmanas del Reino Unido no usan burka; las que lo hacen, lo hacen porque quieren. Como feministas, tenemos que entender la importancia del derecho de la mujer a elegir.

Esto no quiere decir que no haya momentos en los que el burka o el niqab sean inapropiados; pasar por la seguridad de un aeropuerto, donde es vital que las autoridades identifiquen a la gente que entra y sale de las fronteras, es el primer ejemplo que me viene a la mente. Sin embargo, la comunidad musulmana no ha discutido sobre esto ni se han dado objeciones en contra de alcanzar una solución pragmática.

Es evidente que la ropa no es un problema solo musulmán, puesto que las ramas más ortodoxas de muchas otras religiones también cuentan con unas reglas estrictas respecto a la vestimenta de las mujeres. Incluso en la zona occidental relativamente secular, se les dice a las mujeres con frecuencia qué tan larga debería ser su falda, cuánto escote es apropiado y si su forma de vestir está mandando las “señales equivocadas”.

Los hombres han dado por hecho que tienen la autoridad de decirles a las mujeres lo que pueden y lo que no pueden hacer con sus cuerpos. Durante siglos, y puesto que somos feministas, tenemos que resistir como podamos. Que un marido le diga a su mujer que tiene que taparse la cara no es peor que un Estado diciéndole que no puede. Es posible estar en contra de los principios del burka o del niqab y oponerse a que se legisle sobre ellos. Aunque el burka se considere un símbolo de la opresión, definitivamente no es la causa.

Cómo abortar

5 Dic

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Hojman

Nunca he abortado. No sé si abortaré. Puede que sí, algún día. No es algo en lo que suela reflexionar o considerar. Nunca necesité pensar en ello, pero si pasase, no sé qué haría. No sé a dónde tendría que ir o cómo lo pagaría. No tengo ni idea de cómo se consigue un aborto. Ojalá lo supiera.

Creo que es importante saber cómo abortar. El conocimiento te da poder sobre tu propio cuerpo. El conocimiento te da opciones. El conocimiento te prepara. No quiero estar embarazada, asustada y a contrarreloj mientras intento descubrir a dónde puedo ir, cómo pagarlo, quién me va a acompañar, quién me va a apoyar. Quiero saberlo. Quiero saber que nunca tendré que estar embarazada contra mi voluntad.

Intento estar preparada. Llevo años tomando la píldora. Siempre uso condones. Todo debería estar bajo control. Todo debería salir bien. Pero a veces las cosas simplemente pasan. El fin de semana pasado me acosté con un chico que conocí en una discoteca. A la mañana siguiente una amiga me dijo en chiste que sería graciosísimo si me hubiese quedado embarazada. Me quedé horrorizada. Sé que no estoy embarazada, que entre el chico y yo usamos dos métodos anticonceptivos distintos, que estábamos a salvo. No tenía miedo de quedarme embarazada. Me horrorizó que mi amiga pudiese hacer bromas sobre algo así. Me asusté porque si alguna vez me quedase embarazada, no sabría qué hacer. Me asusté porque no sabía cómo conseguir un aborto.

Ahora mismo estoy estudiando en el extranjero. Me hago una idea de lo que haría si necesitase abortar en Washington, donde estudio normalmente. Sé que iría a la Clínica de Planificación Familiar del centro. No sé qué pasaría. No sé qué procedimientos existen ni cómo funciona un aborto. No sé si necesitaría tiempo para recuperarme o si estaría bien al momento o si tendría que descansar unos días y prepararme excusas para explicar dónde estuve. Sé que iría con una o dos de mis mejores amigas, si encontrase el valor de pedírselo. Esperaría que no hubiese gente protestando en la puerta de la clínica. No sé cómo lo pagaría. Sé que nunca se lo diría a mis padres. Pero aquí, ¿en Europa? No tengo ni idea. No sé dónde se pide un aborto ni cuáles son las leyes al respecto, si puedo o no hacerme uno siendo de otra nacionalidad. De esto no se habla en los folletos ni en las reuniones de orientación sobre el estudio en el extranjero. No sé si mi seguro de salud lo cubriría. No sé cuánto cuesta. No sé quién me ayudaría. Estaría perdida.

Cuando no estás en tu país, ¿cómo le pides a alguien que te ayude a abortar? ¿A quién acudes? Me cuesta imaginarme en quién confiaría en casa. Solo puedo pensar en un par de personas. De viaje, nadie. No sé qué piensan mis amigos de aquí sobre este tema. No sé si apoyan la libertad reproductiva, no solo en la teoría, sino también en la práctica. No sé si de verdad me ayudarían a hacerme camino entre las confusas redes del aborto. Acá tengo una especie de tutora cuyo trabajo consiste en ayudar y apoyar a los estudiantes extranjeros, pero trabaja para una universidad católica y no sé cuál es su opinión personal sobre esto. Incluso aunque estuviese a favor, aunque pudiese preguntarle, no sé si conoce las formas de acceso a un aborto. Nunca le preguntaría a mi familia de acogida. Ni me imagino cómo reaccionarían, qué dirían. No creo que quisieran, ni que pudieran, ayudarme. No sé si podría preguntarle a otro estudiante, a uno que fuese de aquí, que viviese aquí. No sé cómo responderían o qué piensa la gente del aborto. Tendría que buscarlo en Internet. No sé que encontraría. No sé si me ayudaría.

Y si encontrase los cuidados necesarios, no hablo el idioma lo suficientemente bien cómo para manejarme sola. No tengo el vocabulario para hablar sobre el aborto ni de mis necesidades de salud reproductiva. No tengo manera de protegerme cuando se trata de abortar y de mi cuerpo.

Puede que esto sea un poco extremo, pero creo que todo el mundo debería saber cómo abortar, no importa dónde estén. Según las estadísticas, tiene sentido. En Estados Unidos, el 49% de los embarazos son accidentales y 1 de cada 3 mujeres estadounidenses han abortado antes de los 45 años (no pude encontrar ningún documento estadístico sobre cuánta gente transexual ha abortado, pero soy consciente de que la hay y de que también necesitan acceso al cuidado reproductivo incluyendo el aborto). Saber a dónde ir, cómo pagarlo, qué pasará antes, durante y después del proceso (y qué procesos existen) es necesario.

Solía pensar en el aborto como un tema distante. Defendía la justicia reproductiva desde una perspectiva que buscaba la autonomía corporal del individuo, pero rara vez relacioné todo esto conmigo y con mi propia vida. Ahora que he empezado a pensar en el aborto como un tema personal y como algo que me puede llegar a pasar en algún momento, me doy cuenta de muchas otras cosas. No se trata solamente de que la gente necesite el derecho a un aborto seguro y legal, también necesita acceso y educación. Sin conocimiento sobre cómo abortar ni acceso a cuidados reproductivos, este derecho es casi inexistente. La enseñanza sobre el acceso al aborto y las opciones para la interrupción voluntaria del embarazo debería ser, como mínimo, una parte opcional de la educación sexual y debería incluirse en las reuniones de orientación tanto de la universidad como en los programas de estudios en el extranjero. Sin este conocimiento, la gente que busca abortar o que quiere tener control sobre su salud reproductiva, se queda sin poder alguno y es muy probable que no encuentren los cuidados que precisan cuando los necesiten. Si es cierto que abogamos por la justicia reproductiva y el derecho al aborto, tenemos que enseñarle a la gente cómo conseguirlo.

Tom Daley no es gay, solo tiene una relación con otro hombre

4 Dic

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Elena Rivas y Verónica Hojman

Tom Daley, medallista olímpico inglés, salió hace poco del armario vía youtube con la información de que está en una relación con otro hombre, lo que sorprendió a muchos y enorgulleció a varias comunidades diferentes. En el comienzo de las olimpiadas de invierno en un país con unas leyes anti-LGTB increíblemente duras, la noticia de que un conocido y respetado atleta de las olimpiadas de verano más recientes pertenece a la comunidad queer proporciona conciencia y visibilidad a una comunidad que en el pasado ha sido voluntariamente ignorada. Los estereotipos entre la comunidad gay se están desmoronando. Cada vez son más los atletas que se declaran gays y llenan de orgullo y esperanza a los jóvenes que sienten que no encajan en ciertas categorías definidas por nuestra cultura. Uno puede hacer deporte, formar parte de un equipo y no ser hetero ni fingir algo que no es.

Me parece notable que Tom Daley haya encontrado el coraje para hacer algo tan valiente y diese a conocer su relación con otro hombre en un momento tan crucial. Salir del armario es todavía algo muy complicado de hacer delante de todo el mundo; tener a todos vigilando cada uno de tus movimientos, juzgándote sin ni siquiera conocerte, conlleva una fuerza increíble. Le alabo por hacer algo tan difícil y, sin embargo, tan necesario. Daley está ayudando a cambiar la historia para mejor y a crear un espacio más seguro para la juventud homosexual.

La respuesta de los medios de comunicación no fue, no obstante, la ideal. Como ya he escrito en varios artículos, no me gustan las etiquetas, especialmente las que ignoran a otras comunidades. Muchos de los artículos con los que me encontré esa mañana tenían títulos con la palabra “gay” en ellos, aunque en el vídeo que Daley publicó, nunca hace esa afirmación. Dice que tiene una relación con otro hombre, que está cómodo y se siente seguro con él, pero no dice las palabras “soy gay”. De hecho, durante el vídeo afirma: “Todavía me gustan las chicas, pero ahora mismo salgo con un chico y no podría ser más feliz.”

Esto puede parecer una diferencia innecesaria para algunos o algunas, pero es un excelente ejemplo de como se ignora la bisexualidad, algo que se ha hecho durante años. Es fantástico que Daley haya hecho pública su relación, pero no está bien que los medios hayan etiquetado, una vez más, mal a alguien. Daley no ha definido su sexualidad. Ha declarado que tiene una relación con otro hombre, pero no se ha presentado como gay tal y como varios artículos han asegurado. Tampoco se ha definido como bisexual, así que los medios tienen que dejar de decir que lo ha hecho.

Etiquetar mal a la gente ignora a muchas comunidades distintas que luchan para que sus voces se escuchen. Le complica las cosas a quienes no están seguros de su sexualidad o no encajan con los términos “gay” o “hetero”. Ilegitima relaciones legítimas y no deja que la gente se entienda o se acepte a sí misma de las maneras que pueda. Tenemos que parar de forzar estas etiquetas o el gran paso que ha dado Daley habrá valido de poco para concienciar a la gente a favor de las comunidades queer en general.

Los rituales de la opresión de género

5 Nov

Escrito por: Allyn Faenza
Traducido por: Verónica Hojman

En dos de las clases que tuve la semana pasada surgió la misma conversación. Aquí, en Ghana, los hombres y las mujeres participan en los debates de clase de una forma bastante igualitaria, pero los hombres tienden a decir más lo que piensan. Ellos llevan las riendas de la sala y proponen temas interesantes para analizar, aunque casi nunca esté de acuerdo con lo que afirman acerca del género y la sexualidad. Mientras hablamos de los rituales más comunes de los grupos étnicos de Ghana, la conversación que teníamos en mente era si las mujeres fortalecían los roles de género a través de estos rituales: ¿Son las mujeres su peor enemigo?

Es innegable que la opresión de género es una norma presente en una gran variedad de culturas. Los métodos de está opresión son diferentes, pero la desvalorización estratégica del género de uno mismo para establecer un sistema de poder que beneficia al otro económica, social o religiosamente es la misma. Las implicaciones físicas, emocionales y mentales de la desvalorización del género son devastadoras. “Las mujeres son su propio enemigo” es una expresión que se discute con frecuencia al pensar en cómo las mujeres podrían estar dispuestas a someter a otras a opresiones sexistas. Cuando las mujeres fortalecen las expectativas de género se las acusa de su propia opresión. Hay algo, sin embargo, que, ni está dicho, ni mis compañeros aquí en Ghana ven. Esto es, la profundidad que alcanzan los roles de género en la cultura de una sociedad y cómo dichos roles influyen en el comportamiento a pesar de las consecuencias para aquellas que los fortalecen. A veces, las mujeres son tan inconscientes de su propia participación en los roles que les impone la sociedad que fuerzan voluntariamente a otras mujeres a cumplirlos, lo que puede desencadenar traumas psicológicos y físicos. No obstante, este comportamiento no es más que un hábito y un intento de evitar la etiqueta de “anormal”.

En mi clase de Género en la Religión y la Cultura, hubo un giro inesperado cuando empezamos a hablar de los rituales de los integrantes de los ewé, habitantes de Volta (Ghana), tras la muerte de uno de ellos. Cuando el marido de una de las mujeres fallece, el resto de las mujeres debe llevar a cabo los ritos pertinentes para honrar al difunto y ayudar a la mujer acusada. Digo mujer acusada porque si el hombre muere antes que ella, se presupone que ella lo asesinó aunque no haya ninguna prueba de esto. Las mujeres del grupo comienzan un proceso para facilitar el viaje del alma al Cielo y restaurar la paz en la comunidad. Primero, rapan a la viuda y después, lavan el cuerpo del marido con un agua que debería beberse después dicha viuda. La noche anterior al funeral, la mujer suele dormir junto a su marido como muestra de arrepentimiento por su muerte y reflejo de su vida juntos. Durante el funeral no tiene permitido dar la mano, sonreír o comer en público puesto que este comportamiento podría llevar a la comunidad a creer que está celebrando la muerte de su marido y tal celebración solo podría darse si ella lo mató. A lo largo de un año, la viuda debe vestir de negro todos los días; llevar un candado en su cinturón para demostrar su castidad sexual; y casarse con el sobrino de su marido. En la sociedad matrilineal de Ghana, el hijo varón de la hermana del marido es el heredero legítimo de las propiedades y riquezas de su tío. Teniendo en cuenta que la mujer del difunto es parte de su propiedad, todos esperan que se case con tal sobrino.

Muchos de estos ejemplos son indignantes para los ghaneses de ciudades más grandes, como Accra, pero algunos de estos rituales funerarios de Volta están presentes entre la gente de Akan y Gaa. Tras la muerte de su marido, la viuda debe vestir de negro y no casarse durante un año, y si no llora en el funeral podrán llamarla bruja. ¿Son estas mujeres su propio enemigo? Lo que no podemos subestimar es el poder de la etiqueta de anormalidad. No, las mujeres no son su propio enemigo, pero están aterrorizadas de romper las normas sociales, de que las tachen de “anormales” y las excluya su propia cultura. No siguen estas normas para mantener la paz, las mujeres están atrapadas en un ciclo de control creado por los hombres y la única forma que conocen para validar sus roles es separar los géneros y forzar estos roles sobre su familia y su comunidad.

Los patrones de la opresión y el miedo a la anormalidad son los enemigos de las mujeres. En el caso de los ewé, ellas no son las culpables. Se las ha condicionado para que sigan unas normas culturales con el fin de mantener la paz y que el ciclo del control masculino continúe en sus casas y en toda la comunidad sin tener en cuenta los traumas que estos rituales traen consigo. Los rituales funerarios son deshumanizadores pero en ningún caso poco comunes en las distintas culturas de este planeta. Aprender sobre éstos me hizo fijarme en los de mi país y, aunque tenemos rituales basados en el género que se han preservado a pesar de sus repercusiones psicológicas y físicas para hombres y mujeres, no tardé nada en condenar los rituales funerarios de los ewé.

Del debate sobre los ritos funerarios en el grupo étnico de los ewé aprendí a observar cómo los rituales pueden hacer progresar o deteriorar la sociedad dependiendo de si honran hechos como los nacimientos, la educación, la pubertad, el matrimonio o la muerte; o cómo pueden crear un estigma alrededor de los eventos de la vida para perpetuar la desigualdad de género y la vergüenza. Creer que los rituales tienen efecto en nuestro crecimiento personal y cultural es la única forma de dirigirnos a ellos de forma respetuosa y de cambiar hasta que desaparezca la desigualdad de género.