Archivo | Comunidad Queer (LGBTQ) RSS feed for this section

Un viaje a través del género

16 Jul

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Han

Este no es un artículo argumentativo o políticamente correcto, porque lo cierto es que en mi vida solo arañé la superficie de la diversidad de género y no sabría las palabras exactas. Esto no es más que una historia, o muchas, supongo. Estas son mis historias, sobre mi vida y mis sentimientos. Nada más. Una invitación para ponerse en mis zapatos durante cinco minutos y tener una perspectiva distinta a la habitual.

Con ocho años recién empezaba a cuestionármelo todo, el gran PORQUÉ. ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué hay gente alta y gente baja? ¿Por qué nació mi alma en un cuerpo de niña?

No me sentía fuera de lugar en un cuerpo de mujer, pero tampoco me sentía unida a él. Si hubiese nacido tal cual soy pero en el cuerpo de un niño, habría vivido mi vida como tal con sus privilegios y sus sinsabores sin darle demasiadas vueltas. Quiero decir, incluso la forma en la que lo formulaba en mi cabeza, “mi alma… cuerpo de niña”, reflejaba que aquello que consideraba “yo” no tenía género, incluso a esa edad, aunque mi mamá insistiese en ponerme vestidos y rulos para ir a la iglesia. No me gustaba nada lo afeminado, creo que en gran medida se debía a los estigmas sociales contra las mujeres. Me sentía más libre haciendo cosas como una marimacho, cosas que no eran “propias de una jovencita”.

A los diecisiete empecé a manejar lo de la masturbación. A lo largo de los años había explorado mi cuerpo y me había enamorado de las respuestas que podía conseguir con mi propio tacto. Dejé de despotricar contra todo lo femenino y me permitía disfrutar de la ocasional falda y un poco de rímel. A esa edad también me volví loca por Laura. Desde el armario, claro, pero querer a Laura me enseñó que no eres menos persona porque te gusten las cosas afeminadas. La feminidad no es un bloque que tengas que aceptar o rechazar en su conjunto. Te pueden gustar algunas cosas, puedes odiar otras y olvidarte del resto, da igual.

A los veinte estaba en la universidad y al pasar por al lado del guardia de seguridad me dijo: “Buenos días, señor”. Sonreí y él se sonrojó al darse cuenta de su error, aunque a mí me gustó. Ni siquiera sabía por qué, pero que alguien no identificase mi género correctamente (de acuerdo con la sociedad) me emocionó mucho. Fue como echar un vistazo a un futuro en el que nadie sabe el género de los desconocidos y no importa. NO ME IMPORTA EN ABSOLUTO CUÁL ES TU GÉNERO. Sé que esto podría dar lugar a muchos comentarios probablemente ofensivos, pero a mí me gusta mi género quizás sí/quizás no y respeto el derecho que todos tenemos de definirnos (o de no definirnos voluntariamente). Para gustos, los colores.

A los veintiuno fui a la casa de mis abuelos por Navidad. Sabía que no aprobaban el pelo corto en las chicas así que me puse un vestido violeta, el más femenino que tenía, para intentar agradarles. No debería ser así, pero es una cosa de familia, ¿no? Y después mi abuelo me presentó a uno de sus vecinos como “ese chico”. La fluidez de género no consiste en eso, odio que la gente altere deliberadamente la identidad de alguien, sobre todo para insultar a esa persona. ¡TENGO DIGNIDAD!

Listo, ya paro de despotricar.

Gracias por quedaros hasta que terminase de divagar. Tras hablar con amigos y compañeros me di cuenta de que la mayoría no pensamos ni hablamos sobre el género tanto como deberíamos. Me refiero a que discutimos sobre el género binario del mundo en el que vivimos, del privilegio masculino y de cómo la sociedad limita a las mujeres; pero hablamos muy poco sobre nuestro género y sobre cómo nos sentimos al respecto, si es que sentimos siquiera la necesidad de géneros. Un punto de vista tan raro como el mío no se suele escuchar, así que espero que hayáis sacado algo de todo esto.

Anuncios

¿Los aliados tienen derecho a una voz, a cuidarse?

28 Sep

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

A pesar de la opresión a la que me enfrento como mujer, soy una privilegiada por muchas de mis identidades: soy blanca; formo parte de la comunidad universitaria de Georgetown; y, dentro del espectro o las esferas de la identidad de género y orientación sexual, me identifico y me presento principalmente como cis-género y heterosexual.

También soy bastante buena en lo de ser feminista, dentro de mis círculos, pero me quedo considerablemente atrás en cuanto a la interseccionalidad. Me costó encontrar voz como “aliada” en asuntos que afectan a identidades marginales que no me definen.

Por lo tanto, hice un esfuerzo por callarme y educarme, dos de los consejos más importantes sobre cómo ser un aliado de Mia McKenzie, editora fundadora y directora de Black Girl Dangerous. Según McKenzie, “aliado” no es válido como título o identidad, sino que es una “práctica”, “algo activo”. Continúa diciendo que es agotador y que debería serlo, “porque la gente que sufre racismo, misoginia, discriminación por discapacidad (ableismo), homofobia, transfobia, clasismo, etc. están agotados. ¿Por qué no deberían estarlo sus aliados?”

Este artículo desafió y revitalizó mis intentos habituales de ser una aliada, perseverantes pero inconsistentes. Estoy totalmente de acuerdo en que no me merezco el término e incluso prefiero la interpretación que le da McKenzie. Soy un desastre constante en justicia social y me retiro con frecuencia a mi privilegio por amor propio. Me siento como una falsa “aliada” cada vez que elijo mis batallas o decido ignorar microagresiones racistas, ableistas, hetero-normativas o género-normativas.

No quiero tergiversar las palabras de McKenzie bajo ningún concepto, ella no dijo de forma explícita que los aliados no se merezcan una voz o que no puedan cuidarse. Sin embargo, yo lo interpreté como una insinuación de que el rol de los aliados es limitado y que el cuidado de uno mismo es un privilegio para aquellos que no sufren una forma particular de opresión, por lo que en lugar de buscar el bienestar propio, uno debería resignarse al agotamiento.

Inmediatamente después de leer el artículo, me sentí molesta con sus palabras, en gran parte porque empecé a acercarme a la justicia social en 2009: hablaba como consejera con supervivientes de agresiones sexuales a través de una línea de emergencia disponible las 24 horas, una posición en la que es vital cuidarse a uno mismo.  Aún así, que te demuestren tu privilegio es  incómodo y normalmente provoca una respuesta defensiva. Pensé que mi reacción negativa a sus palabras podría deberse a eso, porque es muy práctico retirarme a mi privilegio cuando estoy cansada, quiero mantener una relación, intento estudiar para los exámenes o pretendo lidiar con mis propias experiencias con la opresión.

Básicamente, creo que, como miembros de movimientos por la justicia social, deberíamos admitir que necesitamos crear un espacio para los aliados a tiempo parcial por la sostenibilidad, el crecimiento y la aceptación popular (algo bastante importante, por desgracia) de dichos movimientos. No digo que haya que reconocer como aliados a todos los que compartan por Facebook el signo igual de la HRC, una campaña por los derechos humanos a favor de la comunidad LGBT+ en Estados Unidos; pero si hay quienes se dejan corregir cuando se equivocan, si luchan por mejorar, si no perpetúan de forma activa los privilegios y la opresión, los quiero en mi equipo.

¿Por qué? Porque la gente de identidades privilegiadas no tienen derecho a pertenecer a los espacios seguros de aquellos de identidades marginales y, por supuesto, no tienen derecho a una voz en ellos. No obstante, el trabajo social es muy complejo y las labores, diversas. Necesitamos voces radicales e inflexibles tanto como personas que hagan de puente, que puedan “traducir” y sacar provecho de su privilegio para llegar a donde se les acepta porque sus ideas parecen menos drásticas.

Todo esto lo dice alguien que hace seis meses estaba llorándole borracha a su mejor amiga, a su compañera feminista, a su ídola e inspiración definitiva, Erin Riordan, porque “no soy tan radical como debería”. A fin de cuentas, las Erins del mundo no podrían derribar el patriarcado ellas solas, como tampoco podrían hacerlo las Kats. Erin es intransigente sin remordimientos (es extraño que estas palabras, como “radical”, no suelen tener connotaciones positivas; para mí son el mayor de los cumplidos), mientras que yo podría pasarme horas hablando con un misógino, llegando a dónde esté, facilitándole el enfrentamiento y el colapso de sus prejuicios. Mis creencias son “radicales” pero mis estrategias son más convencionales, más aceptadas socialmente.

Es preciso que las Erins protesten porque la HRC no tiene ni idea de como incorporar los derechos de las personas trans en sus actividades; también lo es que se comparta el signo igual de la HRC por Facebook para que los jóvenes de la comunidad LGBT+ sepan que una parte de sus amigos apoyan (todos o algunos de) sus derechos, y los homofóbicos, que no pueden usar la palabra “maricón” con tranquilidad. Se podrían invalidar estos actos tachándolos de “teóricos” o “pragmáticos”, simplificando demasiado; pero la verdad es que ningún movimiento tendrá éxito si se olvida de los marginales o si se distancia de los miembros más convencionales de su comunidad.

Necesitamos aliados casuales, gente que haga de puente, no para que hablen “en nombre de” las personas de identidades marginales, sino para trabajar dentro de sus comunidades y animar a los privilegiados a reconocer, verificar y desarmar dichos privilegios.

Me encantan las conversaciones intrafeministas pero puede ser muy molesto hablar con individuos que no se identifican como tales, que necesitan que se los convenza de que el movimiento es importante, que invalidan las microagresiones que experimento de forma regular como mujer. La importancia de los aliados es incalculable cuando se trata de validar las vivencias de las personas marginales en un entorno de gente privilegiada. No me hace falta que un hombre me diga que mis experiencias son válidas, pero es probable que otros hombres respondan mejor si sus iguales reconocen que lo son y que no estoy siendo sensible o exagerando o prestando demasiada atención.

Cuidarse es vital para la sostenibilidad de un movimiento o el trabajo individual dentro de él. El radicalismo es más habitual entre los jóvenes porque el agotamiento es real; las organizaciones sin ánimo de lucro que no permiten ni animan a sus empleados a cuidarse obtienen unos resultados cada vez más débiles.

No pasa nada si te quitas las gafas feministas media hora para mirar la televisión producida en nuestra cultura de la violación. No pasa nada si no corriges a tu tío por una microagresión racista para poder disfrutar de una reunión familiar. No pasa nada si de vez en cuando te das prioridad a ti misma en lugar de “al movimiento”. Cuidarse no es egoísta, es necesario.

Beneficios colaterales

18 May

Escrito por: Verónica Han

Podría intentar venderles las teorías feministas a base de argumentos sobre cuáles son los beneficios que pueden sacar de ellas. Podría decirles a los hombres heterosexuales que el feminismo lucha también por ellos, para que puedan expresar sus emociones de forma más libre, para que puedan cuestionarse su sexualidad sin miedo, para que disfruten del sexo totalmente consentido con una mujer. Podría hacerlo igual que podría venderles a hombres y mujeres cis-género que con la aceptación social de la gente trans cada uno tendría la libertad de vestirse como quiera y expresarse como guste. Podría hacerlo, por supuesto.

No quiero. No quiero caer en la normalizada red de argumentos que te ofrecen beneficios por ayudar a los demás. Es cierto que si les enseñamos a los más jóvenes que el cuerpo de una mujer no es un objeto sexual, se dejará de considerar al hombre un animal irracional incapaz de controlar sus propias acciones. Todo eso es verdad, pero no debería ser lo que motive la lucha.

Estoy harta de escuchar como las personas inmigradas son defendidas a base de un “los datos demuestran que es bueno para la economía nacional”. ¿Y a quién carajo le importa que sea o no bueno para la economía? ¿De verdad les estamos poniendo precio a las personas? Claro, como aumenta la mano de obra barata, los empresarios no se van del país. ¡Qué bien! Si no nos trajeran un poco de beneficio económico, lo de las cuchillas en las vallas no estaría tan mal, ¿es eso? Si no fuese porque nos vienen bien, le daríamos la espalda a gente que tiene unas condiciones de vida lamentables. Ah, bueeno.

No se trata de decirle al privilegiado “tranquilo, ayudar al oprimido te favorece”, por lo que en la lucha contra el sexismo no tendríamos que decirle al hombre “vas a poder aspirar a casarte y tener hijos, a ocuparte del hogar, va a poder gustarte cocinar o coser, vas a poder tener rasgos de personalidad histórica y culturalmente atribuidos a la feminidad”. No. El feminismo es mucho más. Es desmitificar y aceptar las distintas realidades, es ir poco a poco deshaciéndonos de la diferencia de estatus entre lo “masculino” y lo “femenino”. En realidad, es dejar incluso de agrupar las características bajo esas etiquetas.

Si los cis-hombres heterosexuales se quieren autodenominar feministas, bienvenidos sean. Los aliados son necesarios para que las mujeres podamos caminar tranquilas por la calle, para que se reduzcan las vejaciones y abusos contra los distintos grupos LGTBI, para que todos tengamos los mismos derechos. Pero si se unen solo para poder mirar El diario de Bridget Jones sin que nadie haga comentarios al respecto, lo estarán haciendo por el motivo equivocado. Si el racista deja de oponerse al inmigrante solo porque lo enriquece, no deja de ser racista. Los beneficios colaterales al grupo privilegiado no son más que eso, colaterales. Las bases de la lucha son otras.

Tom Daley no es gay, solo tiene una relación con otro hombre

4 Dic

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Elena Rivas y Verónica Hojman

Tom Daley, medallista olímpico inglés, salió hace poco del armario vía youtube con la información de que está en una relación con otro hombre, lo que sorprendió a muchos y enorgulleció a varias comunidades diferentes. En el comienzo de las olimpiadas de invierno en un país con unas leyes anti-LGTB increíblemente duras, la noticia de que un conocido y respetado atleta de las olimpiadas de verano más recientes pertenece a la comunidad queer proporciona conciencia y visibilidad a una comunidad que en el pasado ha sido voluntariamente ignorada. Los estereotipos entre la comunidad gay se están desmoronando. Cada vez son más los atletas que se declaran gays y llenan de orgullo y esperanza a los jóvenes que sienten que no encajan en ciertas categorías definidas por nuestra cultura. Uno puede hacer deporte, formar parte de un equipo y no ser hetero ni fingir algo que no es.

Me parece notable que Tom Daley haya encontrado el coraje para hacer algo tan valiente y diese a conocer su relación con otro hombre en un momento tan crucial. Salir del armario es todavía algo muy complicado de hacer delante de todo el mundo; tener a todos vigilando cada uno de tus movimientos, juzgándote sin ni siquiera conocerte, conlleva una fuerza increíble. Le alabo por hacer algo tan difícil y, sin embargo, tan necesario. Daley está ayudando a cambiar la historia para mejor y a crear un espacio más seguro para la juventud homosexual.

La respuesta de los medios de comunicación no fue, no obstante, la ideal. Como ya he escrito en varios artículos, no me gustan las etiquetas, especialmente las que ignoran a otras comunidades. Muchos de los artículos con los que me encontré esa mañana tenían títulos con la palabra “gay” en ellos, aunque en el vídeo que Daley publicó, nunca hace esa afirmación. Dice que tiene una relación con otro hombre, que está cómodo y se siente seguro con él, pero no dice las palabras “soy gay”. De hecho, durante el vídeo afirma: “Todavía me gustan las chicas, pero ahora mismo salgo con un chico y no podría ser más feliz.”

Esto puede parecer una diferencia innecesaria para algunos o algunas, pero es un excelente ejemplo de como se ignora la bisexualidad, algo que se ha hecho durante años. Es fantástico que Daley haya hecho pública su relación, pero no está bien que los medios hayan etiquetado, una vez más, mal a alguien. Daley no ha definido su sexualidad. Ha declarado que tiene una relación con otro hombre, pero no se ha presentado como gay tal y como varios artículos han asegurado. Tampoco se ha definido como bisexual, así que los medios tienen que dejar de decir que lo ha hecho.

Etiquetar mal a la gente ignora a muchas comunidades distintas que luchan para que sus voces se escuchen. Le complica las cosas a quienes no están seguros de su sexualidad o no encajan con los términos “gay” o “hetero”. Ilegitima relaciones legítimas y no deja que la gente se entienda o se acepte a sí misma de las maneras que pueda. Tenemos que parar de forzar estas etiquetas o el gran paso que ha dado Daley habrá valido de poco para concienciar a la gente a favor de las comunidades queer en general.

La falacia de las etiquetas

20 Sep

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Verónica Hojman

Me gustaría hacerles una pregunta rápida que siempre pensé que era muy simple, pero que con los años aprendí que podía llegar a ser más complicada de lo que debería:

¿Quién define mi sexualidad?

Verán, siempre pensé que solo yo definía mi sexualidad. Ahora, sin embargo, empiezo a comprender que la define mi infancia, mis genes, la forma en la que hablo, la música que escucho, mis padres, el Gobierno, con quien hablo, la hora a la que me levanto por la mañana, lo que bebo, una persona cualquiera que pasa a mi lado lanzándome palabras despectivas… la lista continúa.

Por error, todos estos años tenía la impresión de que me conocía mejor que nadie, que era yo quien sabía el tipo de persona que me atraía. Pero es obvio que alguien que no me conoce de nada sabrá mucho más sobre mi orientación que la persona que la orienta.

Probablemente podría contar con los dedos de una sola mano las personas a las que les he dicho la etiqueta que le he puesto a mi sexualidad. No me da miedo ni nada, simplemente no sentía necesidad de hacerlo. La gente siempre saca conclusiones basándose en unas nociones preconcebidas de hombres semejantes a mí. Esto hacía mucho más fácil no ser la norma. Solo se los decía cuando me lo pedían directamente que lo hiciera, algo que nunca estoy seguro de hacer.

El hecho es que las palabras tienen significado. Lo sé, es un pensamiento aterrador. Lo que es incluso más aterrador es que a veces esos significados no son correctos. Por ejemplo, un país del tercer mundo es en realidad un país que no apoya ni a la Unión Soviética ni a EEUU, Suiza es un país del tercer mundo. El término país en desarrollo no se usa porque sea políticamente correcto, se usa porque es el término más adecuado para estos países.

Por eso dudo al usar etiquetas de orientación sexual. Cada una viene con connotaciones que considero incorrectas para mí. Alguien que es gay es diferente de alguien que es homosexual. Homosexual es quien se siente atraído por personas de su mismo sexo. Gay es quien se identifica como tal y forma parte de la comunidad queer. Los escándalos sexuales en los baños de un aeropuerto estadounidense sucedieron entre hombres homosexuales. Los miembros del Congreso no eran gays porque no se identificaban con dicha cultura.

Cada palabra que usamos viene con una historia que nos ayuda a definirla. En algún momento, el prejuicio y los estereotipos han destrozado el término con el que me había identificado hasta convertirlo en un monstruo. Lo han transformado en algo que un grupo ignorado durante años ya no reconoce. Lo han transformado en algo que hace que miembros de mi propia familia digan: “no creo que existan”, aunque les explique que su lógica falla.

Este término cambia de connotaciones al referirse a un sexo u otro y posiblemente sea por eso por lo que tengo tantos problemas con él. Si fuese una etiqueta legítima, debería querer decir lo mismo cuando se aplica tanto a hombres como a mujeres. Cuando se aplica a hombres suele significar que tienen miedo de ser “totalmente gays”, algo que he oído más de una vez en mi vida y no tengo muy claro aún su significado. Cuando se aplica a mujeres, solo están experimentando y es muy probable que con el tiempo vuelvan a querer a los hombres.

Hay tantas cosas mal en este razonamiento. La palabra debería referirse (aunque no lo hace) a las personas por las que alguien se siente atraído. No se trata de su historial sexual ni de quien sea su última pareja (como la mayor parte de la gente cree). No puedes decirme que alguien casado no se siente atraído por nadie excepto por su esposo o esposa, sea o no de su mismo sexo. Ni siquiera se trata de atracción sexual. Al contrario de lo que se suele pensar, uno puede sentirse atraído de muchas formas aparte de la sexual. Hay atracción romántica, sapiosexual, etc. Creo (y puede que esté exagerando) que en esta cultura dominada por lo masculino, la gente debe adorar al hombre. Si eres un chico que se identifica de esta forma, será que estás completamente enamorado de los hombres. Si eres una chica, de cierta forma seguirás amándolos. Según la sociedad, es imposible que no te encanten los hombres.

Esta palabra trae consigo la idea de una persona que no soy. Es cierto que no me siento atraído exclusivamente por un género, pero no dejaré que una etiqueta me defina. Hemos llegado a un punto en el que las palabras han comenzado a definirnos cuando deberíamos ser nosotros quienes las definamos a ellas. No permitiré que gente a la que acabo de conocer piense que desconozco o le tengo miedo a mi propia sexualidad por algo que me atribuyo.

Así que no seguiré asignándome esta orientación sexual (nótese que no he usado la palabra en todo el post. Es una elección artística y no porque le tenga miedo. Bisexual. Listo, ya está dicha). Cuando me pregunten qué soy, les diré que soy estudiante en Georgetown. No me meterán a la fuerza en un estereotipo porque les hayan lavado el cerebro en los medios. O incluso mejor, les diré que me identifico como wumbo. No significa nada y lo significa todo al mismo tiempo. Me ayuda a definir mi sexualidad porque implica que intentar explicar lo intrínseco de por quién me siento atraído (porque es eso, no como hable o la ropa que me ponga o la comida que coma) requiere más que una sola palabra. La única connotación de este término es Bob Esponja y siempre quiero que se me asocie con Bob Esponja.

El fin del matrimonio tradicional

2 Ago

Escrito por: Kat Kelley y Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

Aquellos que defienden el “matrimonio tradicional”, que temen porque la legalización del matrimonio entre dos personas del mismo sexo amenaza esa institución sagrada, puede que tengan razón. Aleluya.

El movimiento para los derechos de la comunidad queer, particularmente la parte que busca la legalización del matrimonio gay, ha recorrido un camino nunca antes visto. En 2001, Holanda se convirtió en el primer país que concedía el derecho al matrimonio homosexual. A partir de entonces, Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia, Argentina y Dinamarca han seguido sus pasos. Massachusetts fue el primer estado de EEUU que legalizó el matrimonio gay y otros ocho lo imitaron (Connecticut, Iowa, New Hampshire, Nueva York, Vermont, Maine, Maryland y Washington).

Y el diálogo convencional se alteró radicalmente. Mientras que en 2009 Bill O’Reilly (presentador de televisión en EEUU) aseguró que permitir que se casaran parejas de un mismo sexo conllevaría, como es natural, la legalización del matrimonio entre distintas especies, ahora está a la defensiva afirmando que “la mayor parte de los medios de comunicación ni siquiera considera el punto de vista tradicional del matrimonio”. Se acabaron los días en los que personalidades dignas se metían en callejones sin salida con malos argumentos o se atrevían a usar la palabra “abominación” al hablar de la comunidad gay (es broma, parece que los gays son una amenaza mayor que el terrorismo). Ahora, el argumento más fuerte contra el matrimonio homosexual es la defensa del “matrimonio tradicional”.

“Tradicional” es uno de los términos más irónicos del lenguaje. Nada en la sociedad humana es estático. No existe un “matrimonio tradicional”. El matrimonio evolucionó y cambió con cada generación. Así que, sí, el matrimonio entre dos personas del mismo sexo amenaza lo que entendemos actualmente como “matrimonio tradicional”, lo que es jodidamente bueno.

Históricamente (“tradicionalmente”), el matrimonio era poco más que una transacción comercial en la que la mujer era un pedazo de propiedad, parte del trueque que beneficiaba a su padre y a su marido. Las mujeres tenían pocos o ningún derecho en lo que respectaba al matrimonio y estaban controladas por completo por sus maridos. La sociedad las veía como poco más que una esclava que residía allí, alguien que cocinaba la cena, limpiaba la casa y criaba a los niños, imagen que se transformó en la de la mujer “ideal”. No existía tal concepto como el de casarse por amor, eso llegó más tarde, cuando la sociedad comenzó a idealizar el matrimonio y la “santidad” de las relaciones entre hombres y mujeres. Las décadas de los 50 y los 60, por ejemplo, están llenas de imágenes del ama de casa “perfecta” y su familia “perfecta” (dos hijos, un padre que los mantiene y una mujer que siempre tiene comida en la mesa, de voz suave y que se las ingenia para estar siempre perfecta, todos resguardados y calentitos gracias al amor). De la década de los 50 en adelante, esta imagen se convirtió en el ideal social del “matrimonio tradicional” y a nadie le importaba el hecho de que incluso durante esos años resultaba irreal e inalcanzable para la gran mayoría de los estadounidenses ni que la familia y el matrimonio actual no se parecen en nada a todo eso. Con un índice de divorcio en el 50% o más, ¿quién podría decirme seriamente que el mundo está lleno de familias felices? El “matrimonio tradicional” es una institución opresiva, envuelta en capas de heteronormatividad, roles de género restringidos y mentiras. Pero ahora, con el esfuerzo internacional para legalizar el matrimonio homosexual, tengo que preguntarlo: ¿de verdad nos queremos meter ahí?

La lucha por la igualdad matrimonial es un paso importante para la comunidad queer, pero es importante echarse para atrás y ver cuáles son las implicaciones de lo que estamos pidiendo: que la comunidad queer quiere integrarse en la comunidad heterosexual, heteronormativa. Las imágenes que se ven de dos mujeres en vestidos de novia o dos hombres en traje, a punto de casarse, pertenecen a los estándares heteronormativos, la idea es que solo hay una forma de tener una familia funcional o una relación “real”: casándose. Para empezar, ¿qué significa el matrimonio? ¿Y cómo es que esa etiqueta de repente hace la relación más legítima que antes? Pedir el derecho de casarse no solo significa que estamos dispuestos a dejar de lado nuestra identidad queer con el fin de ser aceptados en esta institución opresiva, sino que también tenemos la necesidad de pedir la aprobación de la sociedad, su bendición (literalmente). Aceptar estos estándares, incluso por el interés en cuanto a igualdad legal para la comunidad queer, es todavía una forma de opresión que perpetúa los estereotipos de género y la estricta definición de nuestra sociedad de lo que es una relación valida o una familia. Sin la libertad para explorar y re-definir las relaciones, siempre habrá un grupo marginal y el matrimonio siempre será, de un modo u otro, una institución opresiva. Estamos intentando encajar en una institución corrupta, que no nos quiere y aunque lo hiciera, no sabría que hacer con nosotros. Como ya he dicho, las normas de género envuelven el matrimonio, incluso en la representación de matrimonios homosexuales, pero, ¿qué pasa cuando uno o ninguno se identifica como hombre o mujer? ¿Qué pasa con las relaciones polígamas si mantenemos el matrimonio como algo únicamente entre dos personas? En nuestra lucha por la igualdad, por huir del estatus de segunda clase, nos hemos desesperado tanto por ser “como vosotros” que estamos dispuestos a sacrificar al resto de la comunidad queer. En lugar de intentar formar parte de un sistema corrupto, necesitamos re-definirlo por completo, destruirlo y comenzar de nuevo. Debemos enfocarnos en conseguir igualdad legal, no aceptación institucional, y averiguar como cambiar otras normas sociales e instituciones para luchar contra la opresión en todos sus niveles.

Esta transformación, esta evolución del matrimonio es ideal, no solo para la comunidad queer, sino para todas las parejas casadas o considerándolo. Existe la diferencia de sueldo y todavía permitimos que la biología restrinja las elecciones de las mujeres. Las probabilidades de que una mujer sea contratada caen en un 44% después de su primer hijo y su salario en un 11%. Las posibilidad de las mujeres (y los hombres) todavía se dictan por arquetipos de roles de género, debido a las expectativas y presiones de la sociedad y de la familia, así como por la falta de recursos y apoyo para las madres y aquellos intentando evitar o lidiar con la maternidad.

Sin embargo, en el matrimonio homosexual, los roles no se determinan por el género. Puede que uno de la pareja sea el sustentador y el otro sea más responsable de las tares domesticas, no obstante, los roles de género no son el estándar. El matrimonio y la paternidad compartida requieren compromiso, por lo que los roles pueden ser rígidos, flexibles o inexistentes.Y aunque uno o ambos de la pareja pueda tener que hacer sacrificios en un matrimonio gay, dichas elecciones parecen estar más meditadas y la base no es simplemente cromosómica.

Los cimientos del matrimonio no son entonces meras expectativas familiares o sociales ni roles de género ni unidades normativas de acuerdos sociales, sino relaciones en sí mismas.

Por qué no quiero hacer un trío contigo

1 Ago

Escrito por: Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

“¿Así que te gustan las chicas? ¿Harías un trío conmigo?”

“Ah, ¿eres lesbiana? ¡Qué sexy!”

“Deberían intentar liarse con chicos.”

“¿Puedo participar?”

Una pregunta que me han hecho demasiadas veces. La primera reacción de muchos chicos cuando descubren que soy lesbiana. Algo que me gritaron por la calle mientras besaba a una chica. Una pregunta que me han hecho mientras bailaba y me liaba con una chica.

Decir que son preguntas es ser demasiado cortés, son más bien exigencias disfrazadas con palabras educadas, porque, claramente, ¿por qué no querría hacer un trío con un chico? Quiero decir, siempre ha sido mi sueño, así que debería estar encantada, no, honrada, porque un chico me dé esa oportunidad. Qué suerte tengo.

El mercado del porno heterosexual ha contribuido, si no creado, esta fascinación con las mujeres teniendo sexo entre ellas y se ha filtrado a las actitudes convencionales. Por lo que si un chico me pregunta si haría un trío con él o si puede “participar” en el baile entre otra chica y yo, se trata de él asumiendo que mi relación, mi expresión de mi sexualidad, el placer que me da la compañía de una chica, solo vale para su entretenimiento y goce, sin tener nada que ver con mi propio deseo. Hay quien puede pensar que esto no es más que inofensiva diversión y a veces los chicos solo bromean, pero el propósito de una acción puede ser totalmente distinto a la forma en que esta se desarrolla. En este caso, lo que puede pretender ser un chiste suena, en el mejor de los casos, ignorante, o, en el peor, ofensivo y amenazador.

Otra parte de esta misma cultura es la suposición de que todas las mujeres se sienten atraídas por los hombres. No puedo ni contar las veces que salí de fiesta y mientras bailaba con una chica, disfrutando claramente, un chico cualquiera se acercó por detrás de alguna de las dos e intentó bailar con nosotras. Perdón, ¿parezco interesada? Primero, no te invité. Y en segundo lugar, este es un bar gay. Algo así como un establecimiento que satisface principalmente a la comunidad LGBTQ, así que es muy posible que cuando veas a dos chicas bailando juntas sea porque son gays. Llámame loca, pero puede que eso exista. También escuché historias de chicas a las que les entraron hombres en bares lésbicos. Bares lésbicos. ¿¡En serio!? Eso sí, no estoy diciendo que todas las mujeres en un bar lésbico se sientan o debieran sentirse atraídas únicamente por mujeres, pero cuando un chico hace algo así, supone que todas las mujeres que están allí quieren, en secreto, un hombre. 

Este patrón de comportamiento no se limita al mundo de mujeres queer, es el mismo proceso de pensamiento que alimenta los silbidos, el acoso en la calle y tantos otros problemas. Esta es la idea de que nuestra mera existencia como mujeres da a los hombres el derecho de objetivizarnos y usarnos para su propio placer sin nuestro consentimiento. Así que nada, la próxima vez que esté con una chica, que sepas que no lo hacemos para entretenerte ni para llamar la atención, que no es que “todavía no encontré al chico adecuado” y que no, no quiero hacer un trío contigo.