Archive | septiembre, 2014

¿Los aliados tienen derecho a una voz, a cuidarse?

28 Sep

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

A pesar de la opresión a la que me enfrento como mujer, soy una privilegiada por muchas de mis identidades: soy blanca; formo parte de la comunidad universitaria de Georgetown; y, dentro del espectro o las esferas de la identidad de género y orientación sexual, me identifico y me presento principalmente como cis-género y heterosexual.

También soy bastante buena en lo de ser feminista, dentro de mis círculos, pero me quedo considerablemente atrás en cuanto a la interseccionalidad. Me costó encontrar voz como “aliada” en asuntos que afectan a identidades marginales que no me definen.

Por lo tanto, hice un esfuerzo por callarme y educarme, dos de los consejos más importantes sobre cómo ser un aliado de Mia McKenzie, editora fundadora y directora de Black Girl Dangerous. Según McKenzie, “aliado” no es válido como título o identidad, sino que es una “práctica”, “algo activo”. Continúa diciendo que es agotador y que debería serlo, “porque la gente que sufre racismo, misoginia, discriminación por discapacidad (ableismo), homofobia, transfobia, clasismo, etc. están agotados. ¿Por qué no deberían estarlo sus aliados?”

Este artículo desafió y revitalizó mis intentos habituales de ser una aliada, perseverantes pero inconsistentes. Estoy totalmente de acuerdo en que no me merezco el término e incluso prefiero la interpretación que le da McKenzie. Soy un desastre constante en justicia social y me retiro con frecuencia a mi privilegio por amor propio. Me siento como una falsa “aliada” cada vez que elijo mis batallas o decido ignorar microagresiones racistas, ableistas, hetero-normativas o género-normativas.

No quiero tergiversar las palabras de McKenzie bajo ningún concepto, ella no dijo de forma explícita que los aliados no se merezcan una voz o que no puedan cuidarse. Sin embargo, yo lo interpreté como una insinuación de que el rol de los aliados es limitado y que el cuidado de uno mismo es un privilegio para aquellos que no sufren una forma particular de opresión, por lo que en lugar de buscar el bienestar propio, uno debería resignarse al agotamiento.

Inmediatamente después de leer el artículo, me sentí molesta con sus palabras, en gran parte porque empecé a acercarme a la justicia social en 2009: hablaba como consejera con supervivientes de agresiones sexuales a través de una línea de emergencia disponible las 24 horas, una posición en la que es vital cuidarse a uno mismo.  Aún así, que te demuestren tu privilegio es  incómodo y normalmente provoca una respuesta defensiva. Pensé que mi reacción negativa a sus palabras podría deberse a eso, porque es muy práctico retirarme a mi privilegio cuando estoy cansada, quiero mantener una relación, intento estudiar para los exámenes o pretendo lidiar con mis propias experiencias con la opresión.

Básicamente, creo que, como miembros de movimientos por la justicia social, deberíamos admitir que necesitamos crear un espacio para los aliados a tiempo parcial por la sostenibilidad, el crecimiento y la aceptación popular (algo bastante importante, por desgracia) de dichos movimientos. No digo que haya que reconocer como aliados a todos los que compartan por Facebook el signo igual de la HRC, una campaña por los derechos humanos a favor de la comunidad LGBT+ en Estados Unidos; pero si hay quienes se dejan corregir cuando se equivocan, si luchan por mejorar, si no perpetúan de forma activa los privilegios y la opresión, los quiero en mi equipo.

¿Por qué? Porque la gente de identidades privilegiadas no tienen derecho a pertenecer a los espacios seguros de aquellos de identidades marginales y, por supuesto, no tienen derecho a una voz en ellos. No obstante, el trabajo social es muy complejo y las labores, diversas. Necesitamos voces radicales e inflexibles tanto como personas que hagan de puente, que puedan “traducir” y sacar provecho de su privilegio para llegar a donde se les acepta porque sus ideas parecen menos drásticas.

Todo esto lo dice alguien que hace seis meses estaba llorándole borracha a su mejor amiga, a su compañera feminista, a su ídola e inspiración definitiva, Erin Riordan, porque “no soy tan radical como debería”. A fin de cuentas, las Erins del mundo no podrían derribar el patriarcado ellas solas, como tampoco podrían hacerlo las Kats. Erin es intransigente sin remordimientos (es extraño que estas palabras, como “radical”, no suelen tener connotaciones positivas; para mí son el mayor de los cumplidos), mientras que yo podría pasarme horas hablando con un misógino, llegando a dónde esté, facilitándole el enfrentamiento y el colapso de sus prejuicios. Mis creencias son “radicales” pero mis estrategias son más convencionales, más aceptadas socialmente.

Es preciso que las Erins protesten porque la HRC no tiene ni idea de como incorporar los derechos de las personas trans en sus actividades; también lo es que se comparta el signo igual de la HRC por Facebook para que los jóvenes de la comunidad LGBT+ sepan que una parte de sus amigos apoyan (todos o algunos de) sus derechos, y los homofóbicos, que no pueden usar la palabra “maricón” con tranquilidad. Se podrían invalidar estos actos tachándolos de “teóricos” o “pragmáticos”, simplificando demasiado; pero la verdad es que ningún movimiento tendrá éxito si se olvida de los marginales o si se distancia de los miembros más convencionales de su comunidad.

Necesitamos aliados casuales, gente que haga de puente, no para que hablen “en nombre de” las personas de identidades marginales, sino para trabajar dentro de sus comunidades y animar a los privilegiados a reconocer, verificar y desarmar dichos privilegios.

Me encantan las conversaciones intrafeministas pero puede ser muy molesto hablar con individuos que no se identifican como tales, que necesitan que se los convenza de que el movimiento es importante, que invalidan las microagresiones que experimento de forma regular como mujer. La importancia de los aliados es incalculable cuando se trata de validar las vivencias de las personas marginales en un entorno de gente privilegiada. No me hace falta que un hombre me diga que mis experiencias son válidas, pero es probable que otros hombres respondan mejor si sus iguales reconocen que lo son y que no estoy siendo sensible o exagerando o prestando demasiada atención.

Cuidarse es vital para la sostenibilidad de un movimiento o el trabajo individual dentro de él. El radicalismo es más habitual entre los jóvenes porque el agotamiento es real; las organizaciones sin ánimo de lucro que no permiten ni animan a sus empleados a cuidarse obtienen unos resultados cada vez más débiles.

No pasa nada si te quitas las gafas feministas media hora para mirar la televisión producida en nuestra cultura de la violación. No pasa nada si no corriges a tu tío por una microagresión racista para poder disfrutar de una reunión familiar. No pasa nada si de vez en cuando te das prioridad a ti misma en lugar de “al movimiento”. Cuidarse no es egoísta, es necesario.