Archive | enero, 2014

Apuntes sobre la autoestima

30 Ene

escrito por: Elena Rivas

Entiendo que no soy guapa. Guapa en el sentido en el que esta sociedad entiende la belleza. No lo soy. Si comparamos mi cara con los cánones establecidos en la sociedad actual, yo soy del montón. Ni siquiera destaco por ser fea. No destaco. Punto.

Pero ser fea o, en mi caso, no destacar, no supone una carencia a nivel de nada. No corro más lento, no voy peor en los estudios, no soy menos feliz… Ser fea es eso: ser fea. Cuentas con una serie de características físicas con las que has nacido y que son consecuencia del batiburrillo de genes que heredaste de tu madre y de tu padre.

Sin más.

Y sin embargo, cuando digo que soy fea, la gente se ve en la necesidad de contradecirme. O incluso a darme consejos de cómo podría serlo menos o destacar más… Porque admitir que eres fea se traduce en admitir que eres infeliz. Cuando te levantas con alegría, con ganas y con fuerzas por la mañana y te miras en el espejo no te dices “me veo feliz”, te dices “me veo guapa”. Porque cuando eres guapa te puedes comer el mundo. Porque es el mundo el que está a tus pies. Dices que eres fea y te diagnosticarán con baja autoestima. Un problema, vaya. ¿Seguro que no estarás en crisis?

Pero el caso es que la autoestima no proviene de nosotrxs, sino que se forma en relación a los demás.

Nuestra opinión no es nuestra.

No en su totalidad, al menos. Proviene en gran medida de nuestro proceso de socialización. Cuenta con una gran influencia del entorno, de la sociedad en la que crecemos, en la que nos educan.

Las mujeres protagonizamos papeles unidimensionales en los medios. En los anuncios, por ejemplo, nos retratan como madres. Ser mujer significa ser madre. Y siempre nos encontramos con mujeres jóvenes, delgadas, guapas y, en fin, perfectas. Llamar gorda a la gente se ha convertido en un insulto. Llamarla fea, también. ¿Quién querría tener granos, una nariz aguilucho, los ojos demasiado juntos y pequeños o quedarse medio calvo o calva a los 22 años? Ser feo, ser fea es una maldición. No nos representan como personajes completamente desarrollados. En realidad, no dejamos de ser meros objetos decorativos. Pero con una capacidad extraordinaria de quitar manchas de aceite, eso sí.

La persona busca ser feliz, ¿no? Todo lo que hace lo hace porque quiere ser feliz. Cuántas veces compartimos la frase de John Lennon de pequeño que le dice a su profesora “Yo de mayor quiero ser feliz”. Los medios nos presentan esos roles, papeles, inalcanzables y nosotras nos deprimimos. Nos venden ese concepto de “Felicidad”. Las empresas juegan con la idea de que si compras su producto, no estás comprando el producto, valga el absurdo, lo que estás comprando es felicidad.

Resultaría ridículo que esa forma de pensar fuese nuestra y no nos la hayan impuesto, porque estaríamos admitiendo que nosotras mismas nos auto-infligimos infelicidad.

Así que yo no pienso que esté gorda – confiriéndole, por lo tanto, a la palabra gorda, ese sentido peyorativo – porque haya salido de mí misma pensar que lo estoy. Yo no quiero ser infeliz, así que, ¿por qué llegar a esa conclusión? Sé que es una opinión que me han formado, que viene de afuera y que yo he aceptado como propia.

Así que la persona hace lo que hace con el objetivo de ser feliz. Nunca al revés. Las mujeres buscamos adelgazar, nos maquillamos, nos compramos vestidos bonitos para ser felices. Pero no porque el maquillaje o las dietas lo consigan sólo por si mismos, sino porque cambiaría la actitud para con los demás y eso es lo que nos haría más felices. La autoestima, por tanto, se construiría no en torno a ti única y exclusivamente, sino en torno a la relación con los demás y en torno a como los demás te vieran. 

Por eso no me gusta la palabra autoestima. Una palabra que se construye en una sociedad patriarcal en la que nos educan para agradar, para tener más en cuenta la opinión ajena que la nuestra propia.