Hombres de musgo, hiedra venenosa

14 Dic

Escrito por: Pippa Lavonne, de su blog Criptomnesia

“Por lo menos, ya sabía una cosa. Jamás, por ninguna razón del mundo, puede uno desear un aumento de dolor. Del dolor físico sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo es tan malo como el dolor físico.
Ante eso no hay héroes. No hay héroes, pensó una y otra vez mientras se retorcía en el suelo, sujetándose inútilmente su inutilizado brazo izquierdo.”

(1984- George Orwell)
Pensaba que sería menos como ahogarse en el Pacífico Norte y más como estar sobre un prado de suave hierba. Me sentía segura y protegida en tus brazos, como envuelta en un manto de verde, blando y húmedo musgo que ningún daño podía hacerme. En ningún caso naciste para eso, nunca pretendiste herirme. Me tendí y dejé que crecieras sobre mi cuerpo, echaras tus pequeñas y tiernas raíces en las capas más superficiales de mi dermis. Al fin y al cabo no podías llegar demasiado profundo. No tenías suficiente fuerza, suficiente potencia. Si me levantaba, te sacudiría de mí sin mayor problema, con cada uno de los poros de mi piel total y absolutamente intactos. Así, con los párpados cerrados dejaba que te instalaras al ritmo de la brisa.
Pero llegó el momento en el que todo mi cuerpo comenzó bruscamente a arder a causa de un intenso e inexplicable picor que mandaba señales nerviosas como pequeños latigazos. Descargas eléctricas a través de mi cuerpo. Allí estabas, pero no eras el musgo que recordaba, suave y dulce. Sufriste una metamorfosis inesperada. Hiedra venenosa. Alrededor de todo mi ser. Brotando del suelo bajo mis pies, subiendo enroscado en dos ramas por mis piernas, tronco, brazos… Con una rama poderosa rodeando mi cuello, trepando entre mi pelo hasta mi frente, con dos pequeños brotes verdes manteniendo mis ojos irremediablemente abiertos y otro adentrándose en el interior de mi boca hacia mi garganta. Me extrañaba no estar muerta todavía. Deseaba estarlo. Más incluso de lo que deseaba desenredarte de mí. No aguantaba el dolor, no podía hacerlo, sentía cómo quemaba hasta el último rincón de mi ser. Como un Apolo persistente y una Dafne enredada en tu venganza.
Impotente por el hecho de verme obligada a permanecer inmóvil, en silencio y con los ojos fijos en el brillante y resplandeciente sol que consumía  mis retinas. Mis sentidos se hallaban totalmente agudizados. Tanto que era capaz de percibir cada una de tus raíces por mis recovecos y mis vértices. La sangre caliente circulaba cada vez más débilmente  por mis venas, alimentándote. Haciéndote más y más fuerte mientras yo moría poco a poco. Podía sentir el rojo sarpullido que me cubría completamente supurar. Ampollas que nacían, estallaban, se secaban. Ya no me quedaban lágrimas en los lacrimales o ningún otro líquido en mi cuerpo. No había nada. Mi corazón latía despacio, ahorrando energía. Las flores de hiedra brotaban en el interior de mi boca, floreciendo en mis labios, obstruyendo mi garganta. Podía olerlas. Sí.
Mentalmente imploraba piedad. Una decisión. Vida o muerte. Pedí al cielo que hiciera algo conmigo, lo que fuera. Hasta que fui consciente de que el cielo está hueco y nadie decide sobre ti salvo tú mismo.
Y para cuando el primer copo de nieve del invierno rozó mi nariz, ya estaba muerta.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: