¿Prohibir el burka?

7 Dic

Escrito por: Rebecca Chapman
Traducido por: Verónica Hojman

La obsesión de nuestros tiempos con la ropa femenina o la falta de ella parece lo único relevante en las noticias actuales “sobre mujeres”. Sería fácil trivializar todos estos debates como cotilleos insignificantes, pero cuando un gobierno intenta intervenir en el asunto tiene que importarnos a todos. Aunque hemos escuchado hablar de lo que está bien y lo que está mal de los modelitos de Miley Cyrus, lo que debería ocupar nuestro tiempo son el burka y el niqab. Está claro que esta polémica cuestión sobre la vestimenta femenina nunca ha desaparecido del todo, pero con los dos incidentes en el Reino Unido tanto en las clases como en los juzgados, estas piezas han vuelto al frente del debate nacional. Hace unos meses, en agosto, le ordenaron a una mujer musulmana acusada de amenazar a un testigo que se quitase el niqab para declarar; más o menos simultáneamente se anuló la prohibición del niqab en la universidad Birmingham Metropolitan College después de que unos alumnos protestasen. Ambos sucesos habrían pasado sin provocar demasiado interés si no fuese porque una parte del Gobierno utilizó estas historias para provocar el debate. El burka y el niqab se asocian con las formas más conservadoras de la vestimenta musulmana: la primera es un velo completo que cubre toda la cabeza y la cara, y el niqab deja solo una pequeña raja para los ojos. Son estos los artículos que hacen al Gobierno cuestionarse algunas cosas.

Déjenme que empiece por decirles que este artículo no está aquí para analizar lo que vale y lo que no en la forma de vestir musulmana ni para señalar si hay o no algo inherentemente sexista cuando se cubre la cabeza y la cara de una mujer. El único fin de este post es preguntar si un gobierno tiene derecho a legislar sobre esto.

En medio de la reciente discusión, gente no musulmana ha expresado su deseo de “liberar” e “independizar” a las mujeres de las garras de una opresión tan patriarcal. Gente que desconoce casi por completo la cultura y las tradiciones islámicas ha profesado su indignación ante la obligación de las mujeres de llevar el burka contra su voluntad. El Daily Telegraph citó a Sarah Wollaston, diputada británica conservadora, cuando dijo que ya era hora “de dejar de delegar esto a instituciones individuales como si fuese un asunto de vestimenta sin importancia y marcar, en su lugar, una clara dirección nacional”. Al comparar el burka con una “capa de invisibilidad” afirmó: “las mujeres deberían tener claro que el burka no es un símbolo de liberación, sino de represión y segregación”. Quizá Sara Wollaston tiene algunos argumentos válidos en todo esto, pero como uno podría deducir por su nombre, no es musulmana. De hecho, su punto de vista insular la provee con la imagen perfecta del maremoto de opiniones que viene de las mujeres que no son musulmanas sobre un asunto que solo incumbe a las que sí lo son.

Como el esfuerzo para prohibirlo viene exclusivamente de la comunidad no musulmana, no puedo evitar preguntarme por los motivos reales detrás de dicha prohibición. A parte, el hecho de que un Gobierno de derechas presente esto como un problema para los derechos de la mujer no solo es risible, también es la peor de las ironías. Es difícil de creer que el partido que gobierna actualmente en el Reino Unido se ha concienciado de repente, teniendo en cuenta que ha intentado contener de forma sistemática y sin remordimientos los derechos de las mujeres desde que surgió. Si David Cameron, primer ministro británico, está tan preocupado por cómo se silencia las voces femeninas, tal vez debería haber dado asiento a más de 4 mujeres en un gabinete de 25. Esta es una política basada en el miedo y la ignorancia, una política disfrazada de liberación, por la que una minoría dentro de una minoría se ve perseguida.

Los diputados siempre intentan presentar temas muy complejos como si fueran muy simples y esta no es una excepción. En consecuencia, voces importantes de la comunidad musulmana se han erguido preocupadas por el impacto de la prohibición propuesta. Salma Yaqoob, ex-concejala de la ciudad de Birmingham, dijo: “Las mujeres que llevan velo son una minoría dentro de una minoría, por lo que creer que representan algún tipo de amenaza para la sociedad británica está por completo más allá de las carcajadas. Al mismo tiempo, sin embargo, [estos debates] consiguen aumentar la vulnerabilidad de las mujeres musulmanas en su conjunto. Una y otra vez, los ataques verbales y físicos contra estas aumenta cuando tenemos los así llamados debates nacionales. En términos emocionales y psicológicos, creo que hace un daño increíble.”.

El argumento detrás de esta prohibición del burka y el niqab se fundamenta en la creación de una sociedad más libre e integrada, pero las pruebas dadas por Europa sugieren todo lo contrario. Desde que Francia los prohibió en 2011, los grupos musulmanes han denunciado un aumento inquietante de la discriminación, lo que se refleja en el sistema legal como una explosión de ataques físicos contra las mujeres que se visten según esta religión. La ley les ha dado a los supuestos vigilantes la oportunidad de usar a la comunidad musulmana como chivo expiatorio (si el Estado discrimina a una minoría, parece razonable que ciertos individuos lo imiten). Ante la opción de desafiar las leyes y enfrentarse a agresiones físicas, las mujeres están eligiendo quedarse en casa, escondidas del mundo. Esta ley ha hecho prisioneras a ciudadanas que respetan las leyes, cuyo único delito es escoger expresar su religión y cultura a través de su forma de vestir. A pesar de que cada una de las mujeres a las que se les ha hecho responder por sus “delitos” haya dicho que lleva el burka por decisión propia, el Gobierno francés se ha negado a ceder.

Los partidarios de la prohibición han señalado que en ningún lugar del Corán se le ordena a la mujer que vaya tapada de pies a cabeza, pero en la Biblia tampoco pone que los cristianos tengan que llevar una cruz colgada del cuello. Es una elección personal que se toma por las razones que sean, no necesariamente religiosas. Durante la década de los 70, en Irán, los líderes respaldados por la CIA, hicieron ilegal el burka y el niqab. Como les desgarraban la ropa que llevaban en la cara, las mujeres decidieron quedarse en sus casas, pues esta era la única forma que encontraron para mostrar su oposición a la dominación estadounidense en Irán. El “feminismo” obligatorio no tiene en cuenta las costumbres y es, a fin de cuentas, inservible. Si tiene que haber un movimiento feminista dentro de las culturas islámicas, tiene que venir y vendrá desde dentro de la comunidad musulmana con sus propias condiciones. Lo cierto es que la mayor parte de las mujeres musulmanas del Reino Unido no usan burka; las que lo hacen, lo hacen porque quieren. Como feministas, tenemos que entender la importancia del derecho de la mujer a elegir.

Esto no quiere decir que no haya momentos en los que el burka o el niqab sean inapropiados; pasar por la seguridad de un aeropuerto, donde es vital que las autoridades identifiquen a la gente que entra y sale de las fronteras, es el primer ejemplo que me viene a la mente. Sin embargo, la comunidad musulmana no ha discutido sobre esto ni se han dado objeciones en contra de alcanzar una solución pragmática.

Es evidente que la ropa no es un problema solo musulmán, puesto que las ramas más ortodoxas de muchas otras religiones también cuentan con unas reglas estrictas respecto a la vestimenta de las mujeres. Incluso en la zona occidental relativamente secular, se les dice a las mujeres con frecuencia qué tan larga debería ser su falda, cuánto escote es apropiado y si su forma de vestir está mandando las “señales equivocadas”.

Los hombres han dado por hecho que tienen la autoridad de decirles a las mujeres lo que pueden y lo que no pueden hacer con sus cuerpos. Durante siglos, y puesto que somos feministas, tenemos que resistir como podamos. Que un marido le diga a su mujer que tiene que taparse la cara no es peor que un Estado diciéndole que no puede. Es posible estar en contra de los principios del burka o del niqab y oponerse a que se legisle sobre ellos. Aunque el burka se considere un símbolo de la opresión, definitivamente no es la causa.

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