Archive | diciembre, 2013

Mi feminista loca y gorda

24 Dic

De ahora en adelante, la gente puede aceptarte por quien eres o irse a la mierda.

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Hojman

Hay una serie (británica, las mejores siempre lo son) llamada My mad fat diary. El título en inglés lo explica bastante bien: Rae es una adolescente gorda que lucha contra la depresión, las heridas que se causa a sí misma y un síndrome que la hace comer de forma compulsiva. Solo tiene seis episodios, pero te cambian la vida.

Me he identificado como gorda toda mi vida y nunca he visto a un personaje gordo ser el protagonista. Rae no ocupa el segundo plano de nadie: tiene complejos, es divertida y un poquito típica. Es una serie con una protagonista gorda y antes de verlo no sabía por qué lo necesitaba tanto.

Esta es la cosa: la gente siempre intenta ocultar mi gordura. Es una vergüenza de segunda mano, soy la viva imagen de algo que nadie en el mundo quiere ser. Mi compañera de habitación de primero dijo que las personas gordas le daban asco, una amiga mía dijo que le provocan tal impresión que no puede ni mirarlas. Mis compañeros de clase hacen muecas cuando alguien gordo se les sienta al lado. Estoy gorda y eso significa que soy vaga y fea y que siempre me tengo que poner por atrás en las fotos. Estoy gorda y eso significa que no soy bienvenida, porque la gordura en sí misma no es bienvenida. Existe un motivo por el que se cree que la gente gorda es “alegre”: tenemos que aguantar todas vuestras estupideces las 24 horas del día y usamos el humor para lidiar con ello, si no fuese así nos arrancaríamos la piel a tiras, literalmente.

Yo encontré otras formas de enfrentarme a mi gordura, soy la primera en llegar a todas las clases, todos los días, todos los semestres de todos los cursos porque puedo elegir mi sitio la primera. Así no tengo que apretujarme entre dos asientos o hacer maniobras para pasar por huecos en los que no sé si quepo. Es un mecanismo de defensa, nadie me ve intentando encajarme entre la silla y el escritorio. Si almuerzo en la cafetería, voy cuando está vacía para que nadie me vea comer sola. La imagen de una persona delgada y una gorda comiendo sola es distinta. Si es alguien delgado, no es nada del otro mundo, si ese alguien está gordo, significa que no se merece que nadie se siente con él. Cuando escucho a mis amigas hablar de lo mucho que cenaron, de lo gordas que se sienten o de los tres kilos que ganaron en verano, me quedo callada. Las apoyo en su misión de estar delgadas e ignoro la implicación de que lo que yo soy no es lo deseado. Sonrío a los desconocidos en los aviones porque sé que están enfadados porque les tocó sentarse a mi lado durante el vuelo y evito las miradas cuando me termino mi burrito.

Puesto que llevan toda la vida diciéndome que soy algo que la gente no quiere, me lo creí; pero cuando miro My mad fat diary, me siento un poco mejor conmigo misma. A Rae le toca ser la protagonista, le toca ser interesante, luchar para no comer compulsivamente. Rae puede hablar de su depresión con un psiquiatra sin que sea vergonzoso. Rae consiguió un novio.

Rae consiguió un novio.

Por primera vez desde que miro la televisión, me dejan ver a una persona gorda que gusta y provoca deseo. La sexualidad tan visible de Rae (se masturba con la fantasía de un dios romano en uno de los episodios) es vital porque no tengo ni idea de cuál es mi orientación. Estoy condicionada a pensar que no me merezco tener sexualidad. No le intereso a nadie, así que mi sexualidad es inútil. Cuando todos los programas de televisión, las revistas, los libros y las películas presentan a una chica delgada, borran aún más mi sexualidad. No importa si el medio es manga alternativo o un reality show. La gente gorda y con sexualidad no existe y mucho menos como protagonistas con historias completas y mundos que giran a su alrededor.

My mad fat diary es una serie innovadora y triunfadora. Me dice que me merezco atención y que se me vea de forma sexual, e incluso que me merezco elegir. No tengo que contentarme con la primera persona que demuestre algún interés por mí. No tengo que sentirme halagada cuando me acosen por la calle porque por lo menos alguien se ha fijado en mí. Cuando me tratan como a una persona real, cuando me siento como una persona real, puedo escapar de las estructuras opresivas que me mantienen sumisa, tengo una voz. Tengo autoestima. Y sí, claro que el autoestima debería venir de dentro, pero mientras tanto puedo ir por el mundo con la certeza de que hay gente que piensa que me merezco ser la protagonista, que me merezco atención y respeto, que yo, a diferencia de mi gordura, sí soy bienvenida.

(Nota de la autora: Podría escribir páginas y páginas sobre lo bien que esta serie trata la salud mental, pero eso lo dejo para otro día. Aviso legal: La experiencia de la gordura no es la misma para todas las mujeres, las mujeres de color lo viven de una forma muy distinta.)

Hombres de musgo, hiedra venenosa

14 Dic

Escrito por: Pippa Lavonne, de su blog Criptomnesia

“Por lo menos, ya sabía una cosa. Jamás, por ninguna razón del mundo, puede uno desear un aumento de dolor. Del dolor físico sólo se puede desear una cosa: que cese. Nada en el mundo es tan malo como el dolor físico.
Ante eso no hay héroes. No hay héroes, pensó una y otra vez mientras se retorcía en el suelo, sujetándose inútilmente su inutilizado brazo izquierdo.”

(1984- George Orwell)
Pensaba que sería menos como ahogarse en el Pacífico Norte y más como estar sobre un prado de suave hierba. Me sentía segura y protegida en tus brazos, como envuelta en un manto de verde, blando y húmedo musgo que ningún daño podía hacerme. En ningún caso naciste para eso, nunca pretendiste herirme. Me tendí y dejé que crecieras sobre mi cuerpo, echaras tus pequeñas y tiernas raíces en las capas más superficiales de mi dermis. Al fin y al cabo no podías llegar demasiado profundo. No tenías suficiente fuerza, suficiente potencia. Si me levantaba, te sacudiría de mí sin mayor problema, con cada uno de los poros de mi piel total y absolutamente intactos. Así, con los párpados cerrados dejaba que te instalaras al ritmo de la brisa.
Pero llegó el momento en el que todo mi cuerpo comenzó bruscamente a arder a causa de un intenso e inexplicable picor que mandaba señales nerviosas como pequeños latigazos. Descargas eléctricas a través de mi cuerpo. Allí estabas, pero no eras el musgo que recordaba, suave y dulce. Sufriste una metamorfosis inesperada. Hiedra venenosa. Alrededor de todo mi ser. Brotando del suelo bajo mis pies, subiendo enroscado en dos ramas por mis piernas, tronco, brazos… Con una rama poderosa rodeando mi cuello, trepando entre mi pelo hasta mi frente, con dos pequeños brotes verdes manteniendo mis ojos irremediablemente abiertos y otro adentrándose en el interior de mi boca hacia mi garganta. Me extrañaba no estar muerta todavía. Deseaba estarlo. Más incluso de lo que deseaba desenredarte de mí. No aguantaba el dolor, no podía hacerlo, sentía cómo quemaba hasta el último rincón de mi ser. Como un Apolo persistente y una Dafne enredada en tu venganza.
Impotente por el hecho de verme obligada a permanecer inmóvil, en silencio y con los ojos fijos en el brillante y resplandeciente sol que consumía  mis retinas. Mis sentidos se hallaban totalmente agudizados. Tanto que era capaz de percibir cada una de tus raíces por mis recovecos y mis vértices. La sangre caliente circulaba cada vez más débilmente  por mis venas, alimentándote. Haciéndote más y más fuerte mientras yo moría poco a poco. Podía sentir el rojo sarpullido que me cubría completamente supurar. Ampollas que nacían, estallaban, se secaban. Ya no me quedaban lágrimas en los lacrimales o ningún otro líquido en mi cuerpo. No había nada. Mi corazón latía despacio, ahorrando energía. Las flores de hiedra brotaban en el interior de mi boca, floreciendo en mis labios, obstruyendo mi garganta. Podía olerlas. Sí.
Mentalmente imploraba piedad. Una decisión. Vida o muerte. Pedí al cielo que hiciera algo conmigo, lo que fuera. Hasta que fui consciente de que el cielo está hueco y nadie decide sobre ti salvo tú mismo.
Y para cuando el primer copo de nieve del invierno rozó mi nariz, ya estaba muerta.

¿Prohibir el burka?

7 Dic

Escrito por: Rebecca Chapman
Traducido por: Verónica Hojman

La obsesión de nuestros tiempos con la ropa femenina o la falta de ella parece lo único relevante en las noticias actuales “sobre mujeres”. Sería fácil trivializar todos estos debates como cotilleos insignificantes, pero cuando un gobierno intenta intervenir en el asunto tiene que importarnos a todos. Aunque hemos escuchado hablar de lo que está bien y lo que está mal de los modelitos de Miley Cyrus, lo que debería ocupar nuestro tiempo son el burka y el niqab. Está claro que esta polémica cuestión sobre la vestimenta femenina nunca ha desaparecido del todo, pero con los dos incidentes en el Reino Unido tanto en las clases como en los juzgados, estas piezas han vuelto al frente del debate nacional. Hace unos meses, en agosto, le ordenaron a una mujer musulmana acusada de amenazar a un testigo que se quitase el niqab para declarar; más o menos simultáneamente se anuló la prohibición del niqab en la universidad Birmingham Metropolitan College después de que unos alumnos protestasen. Ambos sucesos habrían pasado sin provocar demasiado interés si no fuese porque una parte del Gobierno utilizó estas historias para provocar el debate. El burka y el niqab se asocian con las formas más conservadoras de la vestimenta musulmana: la primera es un velo completo que cubre toda la cabeza y la cara, y el niqab deja solo una pequeña raja para los ojos. Son estos los artículos que hacen al Gobierno cuestionarse algunas cosas.

Déjenme que empiece por decirles que este artículo no está aquí para analizar lo que vale y lo que no en la forma de vestir musulmana ni para señalar si hay o no algo inherentemente sexista cuando se cubre la cabeza y la cara de una mujer. El único fin de este post es preguntar si un gobierno tiene derecho a legislar sobre esto.

En medio de la reciente discusión, gente no musulmana ha expresado su deseo de “liberar” e “independizar” a las mujeres de las garras de una opresión tan patriarcal. Gente que desconoce casi por completo la cultura y las tradiciones islámicas ha profesado su indignación ante la obligación de las mujeres de llevar el burka contra su voluntad. El Daily Telegraph citó a Sarah Wollaston, diputada británica conservadora, cuando dijo que ya era hora “de dejar de delegar esto a instituciones individuales como si fuese un asunto de vestimenta sin importancia y marcar, en su lugar, una clara dirección nacional”. Al comparar el burka con una “capa de invisibilidad” afirmó: “las mujeres deberían tener claro que el burka no es un símbolo de liberación, sino de represión y segregación”. Quizá Sara Wollaston tiene algunos argumentos válidos en todo esto, pero como uno podría deducir por su nombre, no es musulmana. De hecho, su punto de vista insular la provee con la imagen perfecta del maremoto de opiniones que viene de las mujeres que no son musulmanas sobre un asunto que solo incumbe a las que sí lo son.

Como el esfuerzo para prohibirlo viene exclusivamente de la comunidad no musulmana, no puedo evitar preguntarme por los motivos reales detrás de dicha prohibición. A parte, el hecho de que un Gobierno de derechas presente esto como un problema para los derechos de la mujer no solo es risible, también es la peor de las ironías. Es difícil de creer que el partido que gobierna actualmente en el Reino Unido se ha concienciado de repente, teniendo en cuenta que ha intentado contener de forma sistemática y sin remordimientos los derechos de las mujeres desde que surgió. Si David Cameron, primer ministro británico, está tan preocupado por cómo se silencia las voces femeninas, tal vez debería haber dado asiento a más de 4 mujeres en un gabinete de 25. Esta es una política basada en el miedo y la ignorancia, una política disfrazada de liberación, por la que una minoría dentro de una minoría se ve perseguida.

Los diputados siempre intentan presentar temas muy complejos como si fueran muy simples y esta no es una excepción. En consecuencia, voces importantes de la comunidad musulmana se han erguido preocupadas por el impacto de la prohibición propuesta. Salma Yaqoob, ex-concejala de la ciudad de Birmingham, dijo: “Las mujeres que llevan velo son una minoría dentro de una minoría, por lo que creer que representan algún tipo de amenaza para la sociedad británica está por completo más allá de las carcajadas. Al mismo tiempo, sin embargo, [estos debates] consiguen aumentar la vulnerabilidad de las mujeres musulmanas en su conjunto. Una y otra vez, los ataques verbales y físicos contra estas aumenta cuando tenemos los así llamados debates nacionales. En términos emocionales y psicológicos, creo que hace un daño increíble.”.

El argumento detrás de esta prohibición del burka y el niqab se fundamenta en la creación de una sociedad más libre e integrada, pero las pruebas dadas por Europa sugieren todo lo contrario. Desde que Francia los prohibió en 2011, los grupos musulmanes han denunciado un aumento inquietante de la discriminación, lo que se refleja en el sistema legal como una explosión de ataques físicos contra las mujeres que se visten según esta religión. La ley les ha dado a los supuestos vigilantes la oportunidad de usar a la comunidad musulmana como chivo expiatorio (si el Estado discrimina a una minoría, parece razonable que ciertos individuos lo imiten). Ante la opción de desafiar las leyes y enfrentarse a agresiones físicas, las mujeres están eligiendo quedarse en casa, escondidas del mundo. Esta ley ha hecho prisioneras a ciudadanas que respetan las leyes, cuyo único delito es escoger expresar su religión y cultura a través de su forma de vestir. A pesar de que cada una de las mujeres a las que se les ha hecho responder por sus “delitos” haya dicho que lleva el burka por decisión propia, el Gobierno francés se ha negado a ceder.

Los partidarios de la prohibición han señalado que en ningún lugar del Corán se le ordena a la mujer que vaya tapada de pies a cabeza, pero en la Biblia tampoco pone que los cristianos tengan que llevar una cruz colgada del cuello. Es una elección personal que se toma por las razones que sean, no necesariamente religiosas. Durante la década de los 70, en Irán, los líderes respaldados por la CIA, hicieron ilegal el burka y el niqab. Como les desgarraban la ropa que llevaban en la cara, las mujeres decidieron quedarse en sus casas, pues esta era la única forma que encontraron para mostrar su oposición a la dominación estadounidense en Irán. El “feminismo” obligatorio no tiene en cuenta las costumbres y es, a fin de cuentas, inservible. Si tiene que haber un movimiento feminista dentro de las culturas islámicas, tiene que venir y vendrá desde dentro de la comunidad musulmana con sus propias condiciones. Lo cierto es que la mayor parte de las mujeres musulmanas del Reino Unido no usan burka; las que lo hacen, lo hacen porque quieren. Como feministas, tenemos que entender la importancia del derecho de la mujer a elegir.

Esto no quiere decir que no haya momentos en los que el burka o el niqab sean inapropiados; pasar por la seguridad de un aeropuerto, donde es vital que las autoridades identifiquen a la gente que entra y sale de las fronteras, es el primer ejemplo que me viene a la mente. Sin embargo, la comunidad musulmana no ha discutido sobre esto ni se han dado objeciones en contra de alcanzar una solución pragmática.

Es evidente que la ropa no es un problema solo musulmán, puesto que las ramas más ortodoxas de muchas otras religiones también cuentan con unas reglas estrictas respecto a la vestimenta de las mujeres. Incluso en la zona occidental relativamente secular, se les dice a las mujeres con frecuencia qué tan larga debería ser su falda, cuánto escote es apropiado y si su forma de vestir está mandando las “señales equivocadas”.

Los hombres han dado por hecho que tienen la autoridad de decirles a las mujeres lo que pueden y lo que no pueden hacer con sus cuerpos. Durante siglos, y puesto que somos feministas, tenemos que resistir como podamos. Que un marido le diga a su mujer que tiene que taparse la cara no es peor que un Estado diciéndole que no puede. Es posible estar en contra de los principios del burka o del niqab y oponerse a que se legisle sobre ellos. Aunque el burka se considere un símbolo de la opresión, definitivamente no es la causa.

Cómo abortar

5 Dic

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Hojman

Nunca he abortado. No sé si abortaré. Puede que sí, algún día. No es algo en lo que suela reflexionar o considerar. Nunca necesité pensar en ello, pero si pasase, no sé qué haría. No sé a dónde tendría que ir o cómo lo pagaría. No tengo ni idea de cómo se consigue un aborto. Ojalá lo supiera.

Creo que es importante saber cómo abortar. El conocimiento te da poder sobre tu propio cuerpo. El conocimiento te da opciones. El conocimiento te prepara. No quiero estar embarazada, asustada y a contrarreloj mientras intento descubrir a dónde puedo ir, cómo pagarlo, quién me va a acompañar, quién me va a apoyar. Quiero saberlo. Quiero saber que nunca tendré que estar embarazada contra mi voluntad.

Intento estar preparada. Llevo años tomando la píldora. Siempre uso condones. Todo debería estar bajo control. Todo debería salir bien. Pero a veces las cosas simplemente pasan. El fin de semana pasado me acosté con un chico que conocí en una discoteca. A la mañana siguiente una amiga me dijo en chiste que sería graciosísimo si me hubiese quedado embarazada. Me quedé horrorizada. Sé que no estoy embarazada, que entre el chico y yo usamos dos métodos anticonceptivos distintos, que estábamos a salvo. No tenía miedo de quedarme embarazada. Me horrorizó que mi amiga pudiese hacer bromas sobre algo así. Me asusté porque si alguna vez me quedase embarazada, no sabría qué hacer. Me asusté porque no sabía cómo conseguir un aborto.

Ahora mismo estoy estudiando en el extranjero. Me hago una idea de lo que haría si necesitase abortar en Washington, donde estudio normalmente. Sé que iría a la Clínica de Planificación Familiar del centro. No sé qué pasaría. No sé qué procedimientos existen ni cómo funciona un aborto. No sé si necesitaría tiempo para recuperarme o si estaría bien al momento o si tendría que descansar unos días y prepararme excusas para explicar dónde estuve. Sé que iría con una o dos de mis mejores amigas, si encontrase el valor de pedírselo. Esperaría que no hubiese gente protestando en la puerta de la clínica. No sé cómo lo pagaría. Sé que nunca se lo diría a mis padres. Pero aquí, ¿en Europa? No tengo ni idea. No sé dónde se pide un aborto ni cuáles son las leyes al respecto, si puedo o no hacerme uno siendo de otra nacionalidad. De esto no se habla en los folletos ni en las reuniones de orientación sobre el estudio en el extranjero. No sé si mi seguro de salud lo cubriría. No sé cuánto cuesta. No sé quién me ayudaría. Estaría perdida.

Cuando no estás en tu país, ¿cómo le pides a alguien que te ayude a abortar? ¿A quién acudes? Me cuesta imaginarme en quién confiaría en casa. Solo puedo pensar en un par de personas. De viaje, nadie. No sé qué piensan mis amigos de aquí sobre este tema. No sé si apoyan la libertad reproductiva, no solo en la teoría, sino también en la práctica. No sé si de verdad me ayudarían a hacerme camino entre las confusas redes del aborto. Acá tengo una especie de tutora cuyo trabajo consiste en ayudar y apoyar a los estudiantes extranjeros, pero trabaja para una universidad católica y no sé cuál es su opinión personal sobre esto. Incluso aunque estuviese a favor, aunque pudiese preguntarle, no sé si conoce las formas de acceso a un aborto. Nunca le preguntaría a mi familia de acogida. Ni me imagino cómo reaccionarían, qué dirían. No creo que quisieran, ni que pudieran, ayudarme. No sé si podría preguntarle a otro estudiante, a uno que fuese de aquí, que viviese aquí. No sé cómo responderían o qué piensa la gente del aborto. Tendría que buscarlo en Internet. No sé que encontraría. No sé si me ayudaría.

Y si encontrase los cuidados necesarios, no hablo el idioma lo suficientemente bien cómo para manejarme sola. No tengo el vocabulario para hablar sobre el aborto ni de mis necesidades de salud reproductiva. No tengo manera de protegerme cuando se trata de abortar y de mi cuerpo.

Puede que esto sea un poco extremo, pero creo que todo el mundo debería saber cómo abortar, no importa dónde estén. Según las estadísticas, tiene sentido. En Estados Unidos, el 49% de los embarazos son accidentales y 1 de cada 3 mujeres estadounidenses han abortado antes de los 45 años (no pude encontrar ningún documento estadístico sobre cuánta gente transexual ha abortado, pero soy consciente de que la hay y de que también necesitan acceso al cuidado reproductivo incluyendo el aborto). Saber a dónde ir, cómo pagarlo, qué pasará antes, durante y después del proceso (y qué procesos existen) es necesario.

Solía pensar en el aborto como un tema distante. Defendía la justicia reproductiva desde una perspectiva que buscaba la autonomía corporal del individuo, pero rara vez relacioné todo esto conmigo y con mi propia vida. Ahora que he empezado a pensar en el aborto como un tema personal y como algo que me puede llegar a pasar en algún momento, me doy cuenta de muchas otras cosas. No se trata solamente de que la gente necesite el derecho a un aborto seguro y legal, también necesita acceso y educación. Sin conocimiento sobre cómo abortar ni acceso a cuidados reproductivos, este derecho es casi inexistente. La enseñanza sobre el acceso al aborto y las opciones para la interrupción voluntaria del embarazo debería ser, como mínimo, una parte opcional de la educación sexual y debería incluirse en las reuniones de orientación tanto de la universidad como en los programas de estudios en el extranjero. Sin este conocimiento, la gente que busca abortar o que quiere tener control sobre su salud reproductiva, se queda sin poder alguno y es muy probable que no encuentren los cuidados que precisan cuando los necesiten. Si es cierto que abogamos por la justicia reproductiva y el derecho al aborto, tenemos que enseñarle a la gente cómo conseguirlo.

Tom Daley no es gay, solo tiene una relación con otro hombre

4 Dic

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Elena Rivas y Verónica Hojman

Tom Daley, medallista olímpico inglés, salió hace poco del armario vía youtube con la información de que está en una relación con otro hombre, lo que sorprendió a muchos y enorgulleció a varias comunidades diferentes. En el comienzo de las olimpiadas de invierno en un país con unas leyes anti-LGTB increíblemente duras, la noticia de que un conocido y respetado atleta de las olimpiadas de verano más recientes pertenece a la comunidad queer proporciona conciencia y visibilidad a una comunidad que en el pasado ha sido voluntariamente ignorada. Los estereotipos entre la comunidad gay se están desmoronando. Cada vez son más los atletas que se declaran gays y llenan de orgullo y esperanza a los jóvenes que sienten que no encajan en ciertas categorías definidas por nuestra cultura. Uno puede hacer deporte, formar parte de un equipo y no ser hetero ni fingir algo que no es.

Me parece notable que Tom Daley haya encontrado el coraje para hacer algo tan valiente y diese a conocer su relación con otro hombre en un momento tan crucial. Salir del armario es todavía algo muy complicado de hacer delante de todo el mundo; tener a todos vigilando cada uno de tus movimientos, juzgándote sin ni siquiera conocerte, conlleva una fuerza increíble. Le alabo por hacer algo tan difícil y, sin embargo, tan necesario. Daley está ayudando a cambiar la historia para mejor y a crear un espacio más seguro para la juventud homosexual.

La respuesta de los medios de comunicación no fue, no obstante, la ideal. Como ya he escrito en varios artículos, no me gustan las etiquetas, especialmente las que ignoran a otras comunidades. Muchos de los artículos con los que me encontré esa mañana tenían títulos con la palabra “gay” en ellos, aunque en el vídeo que Daley publicó, nunca hace esa afirmación. Dice que tiene una relación con otro hombre, que está cómodo y se siente seguro con él, pero no dice las palabras “soy gay”. De hecho, durante el vídeo afirma: “Todavía me gustan las chicas, pero ahora mismo salgo con un chico y no podría ser más feliz.”

Esto puede parecer una diferencia innecesaria para algunos o algunas, pero es un excelente ejemplo de como se ignora la bisexualidad, algo que se ha hecho durante años. Es fantástico que Daley haya hecho pública su relación, pero no está bien que los medios hayan etiquetado, una vez más, mal a alguien. Daley no ha definido su sexualidad. Ha declarado que tiene una relación con otro hombre, pero no se ha presentado como gay tal y como varios artículos han asegurado. Tampoco se ha definido como bisexual, así que los medios tienen que dejar de decir que lo ha hecho.

Etiquetar mal a la gente ignora a muchas comunidades distintas que luchan para que sus voces se escuchen. Le complica las cosas a quienes no están seguros de su sexualidad o no encajan con los términos “gay” o “hetero”. Ilegitima relaciones legítimas y no deja que la gente se entienda o se acepte a sí misma de las maneras que pueda. Tenemos que parar de forzar estas etiquetas o el gran paso que ha dado Daley habrá valido de poco para concienciar a la gente a favor de las comunidades queer en general.

¡Participa!

2 Dic

Hagamos visible lo invisible.

Denunciemos cada injusticia y festejemos cada victoria.

Ninguna lucha es en vano.

Queremos darte una voz: si no hablas, ¡nadie te escucha!

No pido tu compasión ni tu admiración.

Pedimos tu opinión, tu punto de vista.

Pedimos tu colaboración.

Mándanos tu texto a feministasengeneral@gmail.com.

Cómo el feminismo lastima a los hombres

1 Dic

Escrito por: Micah J. Murray
Traducido por: Verónica Hojman

Este post se publicó originalmente en el blog de Micah J. Murray el 12 de noviembre de 2013.

Ayer alguien me dijo por Facebook que el feminismo eleva a la mujer a costa de los hombres, que su objetivo de validar a las mujeres nos deja a los chicos sin masculinidad.

Tenía razón.

A los hombres, el crecimiento del feminismo nos ha relegado a ciudadanos de segunda clase. La desigualdad y la discriminación forman ahora parte de nuestro día a día.

A causa del feminismo, los hombres ya no podemos caminar por la calle sin tener miedo a que las mujeres nos digan cosas, nos acosen o incluso nos agredan sexualmente. Cuando esto pasa, se lo culpa a él: vestido así, “lo estaba pidiendo”.

A causa del feminismo, no hay grandes conferencias cristianas sobre cómo comportarse como un hombre, en las que cientos de nosotros podamos celebrar nuestra masculinidad y a Jesús (y a lo mejor burlarnos de algún estereotipo femenino).

A causa del feminismo, las mujeres manejan los focos de la Iglesia. A los hombres se nos anima únicamente a ocuparnos de los hijos o de la cocina. A veces hasta se nos pide que guardemos silencio en la iglesia.

A causa del feminismo, las mujeres ganan más que los hombres en el mismo puesto de trabajo.

A causa del feminismo, se ha vuelto difícil encontrar una película con un héroe como protagonista. La mayor parte de los éxitos de taquilla presentan a una mujer valiente que salva al mundo y consigue un hombre simbólico como trofeo por sus logros.

A causa del feminismo, los deportes profesionales femeninos son un negocio masivamente rentable por el que se idolatra a las mujeres en todo el mundo. Los hombres solo aparecen un rato, antes de los cortes publicitarios, y se los objetifica por sus cuerpos.

A causa del feminismo, todos los anticonceptivos son gratuitos para las mujeres sin ningún tipo de controversia o debate, mientras que los hombres tienen que luchar para conseguir que sus compañías de seguro les paguen las recetas de Viagra. Cuando los hombres denuncian todo esto, los líderes de la derecha “a favor de la familia” los tachan de “putas” y “zorras”. 

A causa del feminismo, el cuerpo masculino está bajo el escrutinio público de forma constante. Si uno aparece sin camiseta por televisión es un escándalo nacional que termina en multas y boicots. A menudo vemos blogs en los que se nos dice que tenemos que ser más conscientes de que, por cómo nos vestimos, estamos tentando a las mujeres a pecar. Los humoristas más irónicos insisten en que los “pantalones cortos no son realmente pantalones” y en que los hombres deberían cubrirse un poco más porque “nadie quiere ver eso”.

A causa del feminismo, los hombres no tenemos representación en la Casa Blanca y las mujeres ocupan el 80% de los asientos del Congreso estadounidense. Cuando un hombre se presenta a las elecciones, su apariencia física y su vestimenta se analizan casi tanto como sus principios e ideas.

A causa del feminismo, los hombres tenemos que luchar para tener voz en la esfera pública. En asuntos de teología, política, ciencia y filosofía se considera que la perspectiva femenina está ahí por defecto, es la normal, la imparcial. Lo habitual es que la perspectiva masculina se descarte por ser muy subjetiva o muy emocional. Cuando damos nuestra opinión, suelen ignorarnos diciendo que estamos enfadados, que somos unos rebeldes, unos subversivos o peligrosos.

Pero sigan resistiendo, compañeros.

Algún día seremos iguales.