Archive | noviembre, 2013

Los rituales de la opresión de género

5 Nov

Escrito por: Allyn Faenza
Traducido por: Verónica Hojman

En dos de las clases que tuve la semana pasada surgió la misma conversación. Aquí, en Ghana, los hombres y las mujeres participan en los debates de clase de una forma bastante igualitaria, pero los hombres tienden a decir más lo que piensan. Ellos llevan las riendas de la sala y proponen temas interesantes para analizar, aunque casi nunca esté de acuerdo con lo que afirman acerca del género y la sexualidad. Mientras hablamos de los rituales más comunes de los grupos étnicos de Ghana, la conversación que teníamos en mente era si las mujeres fortalecían los roles de género a través de estos rituales: ¿Son las mujeres su peor enemigo?

Es innegable que la opresión de género es una norma presente en una gran variedad de culturas. Los métodos de está opresión son diferentes, pero la desvalorización estratégica del género de uno mismo para establecer un sistema de poder que beneficia al otro económica, social o religiosamente es la misma. Las implicaciones físicas, emocionales y mentales de la desvalorización del género son devastadoras. “Las mujeres son su propio enemigo” es una expresión que se discute con frecuencia al pensar en cómo las mujeres podrían estar dispuestas a someter a otras a opresiones sexistas. Cuando las mujeres fortalecen las expectativas de género se las acusa de su propia opresión. Hay algo, sin embargo, que, ni está dicho, ni mis compañeros aquí en Ghana ven. Esto es, la profundidad que alcanzan los roles de género en la cultura de una sociedad y cómo dichos roles influyen en el comportamiento a pesar de las consecuencias para aquellas que los fortalecen. A veces, las mujeres son tan inconscientes de su propia participación en los roles que les impone la sociedad que fuerzan voluntariamente a otras mujeres a cumplirlos, lo que puede desencadenar traumas psicológicos y físicos. No obstante, este comportamiento no es más que un hábito y un intento de evitar la etiqueta de “anormal”.

En mi clase de Género en la Religión y la Cultura, hubo un giro inesperado cuando empezamos a hablar de los rituales de los integrantes de los ewé, habitantes de Volta (Ghana), tras la muerte de uno de ellos. Cuando el marido de una de las mujeres fallece, el resto de las mujeres debe llevar a cabo los ritos pertinentes para honrar al difunto y ayudar a la mujer acusada. Digo mujer acusada porque si el hombre muere antes que ella, se presupone que ella lo asesinó aunque no haya ninguna prueba de esto. Las mujeres del grupo comienzan un proceso para facilitar el viaje del alma al Cielo y restaurar la paz en la comunidad. Primero, rapan a la viuda y después, lavan el cuerpo del marido con un agua que debería beberse después dicha viuda. La noche anterior al funeral, la mujer suele dormir junto a su marido como muestra de arrepentimiento por su muerte y reflejo de su vida juntos. Durante el funeral no tiene permitido dar la mano, sonreír o comer en público puesto que este comportamiento podría llevar a la comunidad a creer que está celebrando la muerte de su marido y tal celebración solo podría darse si ella lo mató. A lo largo de un año, la viuda debe vestir de negro todos los días; llevar un candado en su cinturón para demostrar su castidad sexual; y casarse con el sobrino de su marido. En la sociedad matrilineal de Ghana, el hijo varón de la hermana del marido es el heredero legítimo de las propiedades y riquezas de su tío. Teniendo en cuenta que la mujer del difunto es parte de su propiedad, todos esperan que se case con tal sobrino.

Muchos de estos ejemplos son indignantes para los ghaneses de ciudades más grandes, como Accra, pero algunos de estos rituales funerarios de Volta están presentes entre la gente de Akan y Gaa. Tras la muerte de su marido, la viuda debe vestir de negro y no casarse durante un año, y si no llora en el funeral podrán llamarla bruja. ¿Son estas mujeres su propio enemigo? Lo que no podemos subestimar es el poder de la etiqueta de anormalidad. No, las mujeres no son su propio enemigo, pero están aterrorizadas de romper las normas sociales, de que las tachen de “anormales” y las excluya su propia cultura. No siguen estas normas para mantener la paz, las mujeres están atrapadas en un ciclo de control creado por los hombres y la única forma que conocen para validar sus roles es separar los géneros y forzar estos roles sobre su familia y su comunidad.

Los patrones de la opresión y el miedo a la anormalidad son los enemigos de las mujeres. En el caso de los ewé, ellas no son las culpables. Se las ha condicionado para que sigan unas normas culturales con el fin de mantener la paz y que el ciclo del control masculino continúe en sus casas y en toda la comunidad sin tener en cuenta los traumas que estos rituales traen consigo. Los rituales funerarios son deshumanizadores pero en ningún caso poco comunes en las distintas culturas de este planeta. Aprender sobre éstos me hizo fijarme en los de mi país y, aunque tenemos rituales basados en el género que se han preservado a pesar de sus repercusiones psicológicas y físicas para hombres y mujeres, no tardé nada en condenar los rituales funerarios de los ewé.

Del debate sobre los ritos funerarios en el grupo étnico de los ewé aprendí a observar cómo los rituales pueden hacer progresar o deteriorar la sociedad dependiendo de si honran hechos como los nacimientos, la educación, la pubertad, el matrimonio o la muerte; o cómo pueden crear un estigma alrededor de los eventos de la vida para perpetuar la desigualdad de género y la vergüenza. Creer que los rituales tienen efecto en nuestro crecimiento personal y cultural es la única forma de dirigirnos a ellos de forma respetuosa y de cambiar hasta que desaparezca la desigualdad de género.