Archive | septiembre, 2013

Mulan, la feminista

30 Sep

Escrito por: Tucker Cholvin, post original del blog de Tucker: 37th and O
Traducido por: Verónica Hojman

Solo imagínenselo: desde que nacemos, una película producida por uno de los estudios más importantes ha estado confabulando para inculcar a los jóvenes los planes secretos del feminismo. Es una película de dibujitos animados, por lo que atrae a los niños. Por dios, hasta se trata de un musical. Y al mismo tiempo, les están bombeando la teoría feminista alternativa como si fueran esteroides. ¿Qué tipo de conspiración malévola es esta? ¿Feminazis? ¿Una guerra contra los hombres, como diría Fox News?

O podría ser… ¿Mulan?

Sí, queridos amigos, si algo es Mulan, es una obra del feminismo. Déjenme decirles por qué.

Ni bien empieza, Mulan ya alienta la idea de que una mujer puede hacer el mismo trabajo que un hombre. Incluso que tienen derecho a hacer el mismo trabajo. ¡Qué locura! Piensen en Mulan tal y como la conocemos por primera vez, ayudando a su padre a llevar la casa y manejar el patrimonio. Al mismo tiempo, es la imagen ideal de la feminidad: agraciada, ágil y elegante. Nada de la apariencia de Mulan sugiere que tenga que ser masculina o marimacho para hacer el trabajo de un hombre, ni para hacerlo bien. Simplemente lo hace.

Después, a los cinco minutos, Mulan decide mandar el patriarcado al demonio. Tengan en cuenta que en el espacio de más o menos cinco minutos recibe literalmente un golpe del gobierno por expresarse (¡simbolismo!), no se presenta a su cita con la casamentera que pretende hacerle camino en la sociedad como a una debutante tradicional y se lleva la espada y la armadura de su padre para unirse al ejército. BAM. Si eso no es producto de un gran experimento sobre la teoría de géneros, no sé qué lo es.

Y en Mulan, como en la vida, las cosas solo se ponen interesantes una vez que empieza a travestirse. Aparece Drag-Mulan, vestida y trabajando en la sociedad como un hombre, a todas horas, todos los días. Si hay quien tiene problemas con lo que esta película dice sobre el rol potencial de las mujeres en la sociedad, no voy a empezar con sus implicaciones para la gente transgénero. Lo que insinúa Mulan es que las mujeres, y las personas en general, pueden vestirse como quieran, trabajar de lo que les guste y definir su género a placer sin que colapse la sociedad. De hecho, lo que se infiere directamente en Mulan es que la libertad de género y la igualdad prevendrán el colapso de la sociedad. Con suerte, podemos seguir luchando hasta ser tan avanzados culturalmente como la China del siglo X.

Las implicaciones continúan: cuando Mulan se ajusta las Grandes y Doradas Cosas-que-Pesan y escala hasta lo alto del Poste de la Masculinidad para conseguir la Flecha de la Dureza (o lo que sea), ¿piensan que los niños pueden llegar a creer que las mujeres se merecen ganar 70 céntimos por cada dólar que gana un hombre? Cuando Mulan gana por su cuenta la batalla en las montañas contra los hunos, ¿es el lugar de una mujer su casa? Y en el punto culminante, cuando los cinco guerreros más importantes de China se ponen vestidos y salvan el país, ¿importan realmente los roles de género tradicionales a la hora de preservar la grandeza nacional? Dejo que ustedes lo decidan, queridos lectores.

Obviamente, hay ciertas críticas que se pueden hacer a Mulan. La canción no evita del todo la objetificación de las mujeres. Pero, eh, por lo menos están intentando impresionarlas y no emborracharlas en fiestas. Hablando más seriamente, sí que es verdad que Mulan pasa la mayor parte del tiempo haciendo de cuenta que es un hombre, sin reconocer su propia identidad. Sin embargo, al final, cuando salva el país y es condecorada por el Emperador, ¿qué? Está claro que tiene puesto un vestido. Se le notan los pechos. Creo que está bien.

Hay muchas películas, de Disney o de lo que sea, que pierden mucho tiempo, energía y dinero en decirles a las mujeres y a las niñas lo que pueden hacer y, lo que es más habitual, lo que no pueden. Mulan les dice que pueden hacer lo que les dé la real gana y conseguirlo. Merece la pena verlo.

La falacia de las etiquetas

20 Sep

Escrito por: Johan Clarke
Traducido por: Verónica Hojman

Me gustaría hacerles una pregunta rápida que siempre pensé que era muy simple, pero que con los años aprendí que podía llegar a ser más complicada de lo que debería:

¿Quién define mi sexualidad?

Verán, siempre pensé que solo yo definía mi sexualidad. Ahora, sin embargo, empiezo a comprender que la define mi infancia, mis genes, la forma en la que hablo, la música que escucho, mis padres, el Gobierno, con quien hablo, la hora a la que me levanto por la mañana, lo que bebo, una persona cualquiera que pasa a mi lado lanzándome palabras despectivas… la lista continúa.

Por error, todos estos años tenía la impresión de que me conocía mejor que nadie, que era yo quien sabía el tipo de persona que me atraía. Pero es obvio que alguien que no me conoce de nada sabrá mucho más sobre mi orientación que la persona que la orienta.

Probablemente podría contar con los dedos de una sola mano las personas a las que les he dicho la etiqueta que le he puesto a mi sexualidad. No me da miedo ni nada, simplemente no sentía necesidad de hacerlo. La gente siempre saca conclusiones basándose en unas nociones preconcebidas de hombres semejantes a mí. Esto hacía mucho más fácil no ser la norma. Solo se los decía cuando me lo pedían directamente que lo hiciera, algo que nunca estoy seguro de hacer.

El hecho es que las palabras tienen significado. Lo sé, es un pensamiento aterrador. Lo que es incluso más aterrador es que a veces esos significados no son correctos. Por ejemplo, un país del tercer mundo es en realidad un país que no apoya ni a la Unión Soviética ni a EEUU, Suiza es un país del tercer mundo. El término país en desarrollo no se usa porque sea políticamente correcto, se usa porque es el término más adecuado para estos países.

Por eso dudo al usar etiquetas de orientación sexual. Cada una viene con connotaciones que considero incorrectas para mí. Alguien que es gay es diferente de alguien que es homosexual. Homosexual es quien se siente atraído por personas de su mismo sexo. Gay es quien se identifica como tal y forma parte de la comunidad queer. Los escándalos sexuales en los baños de un aeropuerto estadounidense sucedieron entre hombres homosexuales. Los miembros del Congreso no eran gays porque no se identificaban con dicha cultura.

Cada palabra que usamos viene con una historia que nos ayuda a definirla. En algún momento, el prejuicio y los estereotipos han destrozado el término con el que me había identificado hasta convertirlo en un monstruo. Lo han transformado en algo que un grupo ignorado durante años ya no reconoce. Lo han transformado en algo que hace que miembros de mi propia familia digan: “no creo que existan”, aunque les explique que su lógica falla.

Este término cambia de connotaciones al referirse a un sexo u otro y posiblemente sea por eso por lo que tengo tantos problemas con él. Si fuese una etiqueta legítima, debería querer decir lo mismo cuando se aplica tanto a hombres como a mujeres. Cuando se aplica a hombres suele significar que tienen miedo de ser “totalmente gays”, algo que he oído más de una vez en mi vida y no tengo muy claro aún su significado. Cuando se aplica a mujeres, solo están experimentando y es muy probable que con el tiempo vuelvan a querer a los hombres.

Hay tantas cosas mal en este razonamiento. La palabra debería referirse (aunque no lo hace) a las personas por las que alguien se siente atraído. No se trata de su historial sexual ni de quien sea su última pareja (como la mayor parte de la gente cree). No puedes decirme que alguien casado no se siente atraído por nadie excepto por su esposo o esposa, sea o no de su mismo sexo. Ni siquiera se trata de atracción sexual. Al contrario de lo que se suele pensar, uno puede sentirse atraído de muchas formas aparte de la sexual. Hay atracción romántica, sapiosexual, etc. Creo (y puede que esté exagerando) que en esta cultura dominada por lo masculino, la gente debe adorar al hombre. Si eres un chico que se identifica de esta forma, será que estás completamente enamorado de los hombres. Si eres una chica, de cierta forma seguirás amándolos. Según la sociedad, es imposible que no te encanten los hombres.

Esta palabra trae consigo la idea de una persona que no soy. Es cierto que no me siento atraído exclusivamente por un género, pero no dejaré que una etiqueta me defina. Hemos llegado a un punto en el que las palabras han comenzado a definirnos cuando deberíamos ser nosotros quienes las definamos a ellas. No permitiré que gente a la que acabo de conocer piense que desconozco o le tengo miedo a mi propia sexualidad por algo que me atribuyo.

Así que no seguiré asignándome esta orientación sexual (nótese que no he usado la palabra en todo el post. Es una elección artística y no porque le tenga miedo. Bisexual. Listo, ya está dicha). Cuando me pregunten qué soy, les diré que soy estudiante en Georgetown. No me meterán a la fuerza en un estereotipo porque les hayan lavado el cerebro en los medios. O incluso mejor, les diré que me identifico como wumbo. No significa nada y lo significa todo al mismo tiempo. Me ayuda a definir mi sexualidad porque implica que intentar explicar lo intrínseco de por quién me siento atraído (porque es eso, no como hable o la ropa que me ponga o la comida que coma) requiere más que una sola palabra. La única connotación de este término es Bob Esponja y siempre quiero que se me asocie con Bob Esponja.

El género no es binario y no deberíamos actuar como si lo fuera

12 Sep

Escrito por: Erin Riordan
Traducido por: Verónica Han

El género es un espectro. No es binario, no es hombre o mujer ni él o ella, y tenemos que dejar de hablar sobre esto como si solo existiesen estas dos cajitas. El género es complejo y presenta infinitas posibilidades. Sin embargo, nuestra sociedad esconde e ignora la complejidad del género y de la identidad. Desde que nacemos se nos asigna un género y se nos dice que no hay más que eso. Pero no es así y tenemos que empezar a comportarnos como corresponde.

Yo soy una mujer cisgénero. Disfruto del “privilegio-cis” y durante la mayor parte de mi vida no distinguía las infinitas formas en las que mi identidad de género estaba validada mientras que las de otras personas no. Empieza al nacer, cuando etiquetamos a los bebés como “niño” o “niña” y con la actuación médica estándar que “corrige” inmediatamente los genitales de niños intersexuales (“corrigen” va entre comillas para reconocer lo horrible que es esta práctica y cómo ignora el hecho de que ni siquiera el sexo es binario). Se refuerza con los estándares de colores y los juguetes que dependen del género, así como con las palabras “hijo” e “hija”, “hermano” y “hermana”. Continúa con baños y con equipos de deportes específicos para cada género.

Al ir creciendo, se multiplican las maneras en las que el género se restringe. Hay escuelas para chicos y escuelas para chicas. Hay clases de educación sexual que presentan el sexo como binario, el género como binario e incluso ambos como si fueran lo mismo, haciéndolos indistinguibles entre ellos y por lo tanto reforzando el cisgénero como la norma y el estándar aceptable. Hay una forma de hablar sobre las relaciones románticas: les enseñamos a los adolescentes que pueden tener novios o novias pero no les contamos sobre las parejas o las personas con las que podemos entablar una relación. Les enseñamos heteronormatividad y la normatividad de género. Al inscribirnos en las residencias universitarias nos piden que nos identifiquemos como “hombre” o “mujer” sin dejarnos otra opción, y nos ponen por parejas con quien se supone que coincide con nuestro sexo/género. Cada formulario, desde médico hasta legal pasando por Facebook, nos pide que marquemos una caja de género: hombre, mujer y, si tienes suerte, otro. Incluso “otro” es problemático, puesto que agrupa una infinidad de identidades en una casilla, y se supone que es un regalo para la diversidad de género. Hay seguros médicos que se centran en las normas cisgénero, sin tratamientos estándar para los pacientes que no lo son.

Y, por supuesto, los medios de comunicación. Hace poco, en mi clase de Estudios sobre el Género y la Mujer, estudiamos las formas en las que se presenta el género en los medios. Nuestra conversación dio vueltas en su mayor parte a la manera en la que se objetiviza a la mujer en los anuncios, películas, revistas, etc., y las consecuencias de esto, problemas con la imagen corporal, dificultades profesionales y en el ámbito de trabajo y, por supuesto, la perpetuación y normalización de la violencia contra la mujer. Sin embargo, lo que más me impactó al ver todos esos anuncios no fue la forma en la que la mujer estaba representada, sino que solo representaba a hombres y mujeres. En todas esas decenas de publicidades que vimos, no había ni un individuo que no fuera cisgénero. En la esfera pública, la gente que no es cisgénero no existe. No se los ve ni se los reconoce ni se los representa.

Incluso es más notable en la forma en que representamos el género en nuestro lenguaje. Nuestro lenguaje depende del género y nos falta una forma estandarizada de hablar. En inglés existen pronombres sin género o del “tercer género” aunque su uso no está muy extendido. They, them, ze, zie, zir, hir y muchas otras opciones, pero fuera de la comunidad queer su uso no es común ni está normalizado. Se considera gramaticalmente incorrecto usar un lenguaje neutral al escribir, o por lo menos eso es lo que me dice el corrector de Word. Cuando uso palabras como cisgénero, hombre trans o mujer trans, me dice que no son palabras. Y, por supuesto, no reconoce ninguno de los pronombres neutros dichos anteriormente. Les enseñamos este lenguaje basado en el género a nuestros hijos, quienes lo siguen usando toda su vida. Suponemos identidades cisgénero en todo lo que hacemos, lo que se refleja en nuestro lenguaje. Estuve en tan solo dos situaciones en las que se pedía al grupo que dijeran no solo sus nombres, sino también los pronombres que preferían para sí mismos. El mismo lenguaje fortalece los géneros binarios e invalida las identidades de quienes no se identifican como cisgénero, manteniendo una norma excluyente y dañina.

Estas normas sobre el género crean una cultura de discriminación, transfobia y prejuicio contra la gente que no es cisgénero. El predominio de los géneros binarios y la discriminación contra quienes no son cisgénero influyen en prácticamente todas las áreas de la vida tanto pública como privada. Los individuos que no son cisgénero sufren el doble de la tasa de desempleo y un 97% de los que tienen trabajo sufren acoso laboral. Esta discriminación y maltrato contribuye con los índices tan altos de pobreza entre la gente que no es cisgénero, que se encuentra en un 15%, el doble respecto a los índices de la población en general. La inestabilidad en la vivienda y el número de gente sin hogar también son más altos entre estas personas como resultado de esta discriminación tan extendida.

No obstante, se dan otras formas más serias de “privilegio-cis” y de transfobia en nuestra sociedad. En Estados Unidos, solo 13 estados tienen leyes contra delitos de odio hacia la expresión o la identidad del genero, y la violencia contra las personas transgénero está muy extendida. Muchos son los que han documentado a la policía y a sanidad de la discriminación hacia este grupo que experimenta violencia y agresiones por odio. Las estadísticas indican que la gente que no es cisgénero corre un peligro más significativo de sufrir la violencia provocada por el odio, aún así, la mayor parte de esta violencia no se denuncia y el gobierno no recoge ningún tipo de dato sobre este tipo de violencia. Necesitamos mejorar de forma drástica la manera en que manejamos esta violencia, incluyendo (pero no limitándonos a) la seguridad, el trato, la atención, la concienciación y la prevención.

Aunque reconozco todas estas formas de discriminación, todos estos dobles raseros y la violencia de nuestra sociedad y cultura, ignoro aún mucho de lo que afecta a la gente que no es cisgénero. Desconozco aún muchos de mis privilegios. Mis experiencias como una mujer cisgénero me hacen más difícil ver cuáles son los privilegios que yo tengo y otros no, así como entender las experiencias de quienes no son cisgénero. Pero este privilegio no es una excusa para la ignorancia o la inacción. Tengo la responsabilidad de educarme, de concienciarme y de ser una aliada mejor. Necesito reconocer que esto es un proceso y que voy a equivocarme y me saldrá mal. Aunque sea consciente de la naturaleza cisgénero de nuestro lenguaje, sigo luchando para utilizar una escritura neutra en cuanto al género. Sigo corrigiéndome cada vez que asumo cuál es la identidad de género de una persona. Pero esto no es una causa para rendirme ni para quejarme de que es “demasiado difícil” como para preocuparme. Solo significa que necesito comprobar una y otra vez mis privilegios y actuar de forma tal que reconozca y apoye la variedad de identidades y de expresiones del género que existen en nuestro planeta. Significa que necesito concienciarme y ser una aliada mejor.

Y menos mal que hay tantos recursos para ayudarme en este proceso y tantos ejemplos de activismo no cisgénero. Hay grupos y organizaciones de defensa. En Washington está la fantástica DC campaign a favor del respeto al transgénero y la identidad de género. Existen blogs y gifs y todo tipo de comunidades online increíbles. Las Girl Scouts decidieron incluir niños transgénero. Un padre en Alemania se pone vestidos y pintauñas para apoyar la expresión de género de su hijo. Los estudiantes de un colegio en Baltimore empezaron a usar un pronombre de género neutro. Hay películas y libros y mucho más. Hay tantas formas de estar informado y de apoyar lo relacionado con quienes no son cisgénero. Hay tantas maneras de enfrentarse al género binario. Ya es hora de dar un paso adelante y hacerlo.

Pongámonos en movimiento, empezando por reconocer la complejidad del género y concienciándonos de que este es un espectro. Reflexionemos sobre nuestras propias acciones y eduquémonos cuando lo necesitemos. No podemos dar por hecho ni que conocemos algo cuando no estamos informados ni que una cuestión es inexistente porque no la vemos. Y en lugares como el campus, tenemos que pedir que se establezcan baños de género neutro. Tenemos que enfrentarnos a la violencia contra individuos no cisgéneros. Tenemos que pedir al Gobierno que establezca leyes nacionales contra la discriminación laboral, sanitaria, de vivienda y en cualquier otra área de la vida. Tenemos que reconocer que el género no es binario y que no deberíamos actuar como si lo fuera.

El mundo a través de unas gafas feministas

7 Sep

Escrito por: Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

Soy feminista. Lo gritaría (y la verdad es que ya lo hago) desde los tejados. Mientras tanto, mi familia me lanza miradas de reojo, esperando que empiece a quemar mis sujetadores o me vaya a vivir a una comuna de un momento a otro. Y mis amigos hacen bromas sobre como soy una activista lesbiana (ni confirmo ni niego dichas alegaciones). Lo cierto es que hasta que llegué a la universidad no creo que me hubiese descrito como feminista. Mi experiencia con este término hasta ese momento no era muy positivo. Sí, sabía que el feminismo se trataba de derechos igualitarios para las mujeres, pero, por lo que me habían dicho, las feministas eran mujeres enfadadas que odiaban a los hombres, a lo “Manifiesto SCUM”, y el feminismo era una cosa del pasado. Perdonadme, crecí viendo Fox News, ya sabéis lo que le puede hacer eso a una persona.

No puedo decirles cuándo se me encendió la bombilla, cuándo empecé a entender lo que era el feminismo y lo que significa ser feminista. Más allá de cuándo sucediera, sé que pasó porque conocí gente que compartía mis opiniones y que decían que eran feministas. Así fue como aprendí que el feminismo no era algo del pasado y que “feminista” no era una mala palabra. A partir de entonces, mi concepto del feminismo evolucionó de forma continua, aunque no le presté demasiada atención hasta el último semestre, en la clase de Teoría Feminista, cuando nuestro profesor nos dijo que teníamos que hacer un trabajo sobre nuestra propia teoría del feminismo. Porque después de meses leyendo Mary Wollstonecraft y Simone de Beauvoir, entre otras, esa no era una tarea intimidante en absoluto.

Después de pensar mucho al respecto, de darle vueltas a los debates (y a las discusiones) de clase y a las conversaciones con amigos, llegué a la conclusión de que para mí, el feminismo no es un conjunto de normas o directrices según las que actuar, sino que es un cristal a través del cual uno mira el mundo. Esto es, la única forma de ser una verdadera feminista es ser consciente de por qué actúas de cierta forma; de por qué están mal ciertos sistemas de injusticias, no solo de que están mal. Mirar el mundo a través de gafas feministas significa conocer el contexto histórico de una institución, pensar de forma crítica sobre las acciones de uno mismo y la potencial ramificación de estas, así como trabajar activamente para combatir las instituciones opresivas. De este modo, la gente podrá tomar decisiones desde el conocimiento y será capaz de educar a los demás sobre las injusticias. Es como el dicho ese de “enséñale a un hombre a pescar”, pensar que el feminismo es como ponerte una gafas es darte una forma de comportarte en cualquier situación de manera inteligente, en lugar de depender de un libro de reglas. Aparte, ¿no es eso de lo que estamos intentando alejarnos? Siendo este el fin, ser feminista no es solo sobre los derechos de las mujeres. Sí, es obvio que es una gran parte de ello, pero realmente, se trata de re-imaginar el mundo sin el patriarcado y luchar contra las injusticias que existen a causa de las instituciones patriarcales, tanto si es relacionado con el acceso a métodos anticonceptivos, con la cultura de la violación, con talleres de trabajo esclavo o con la igualdad de la comunidad queer.

Eso sí, no estoy diciendo en ningún caso que sea fácil. Seré la primera en decir que se vuelve agotador estar siempre criticando cosas, estar siempre revisando tus opiniones porque, oh espera, tengo que pensar sobre este o aquel privilegio o sobre cómo esto me hace gracia solo porque el patriarcado me ha enseñado a que me guste. A veces solo quiero mirar una película romántica sentimentaloide y soñar despierta con mi boda perfecta, maldita sea. Y además de todo esto, están los conflictos en nuestras propias vidas, donde el sentido arácnido-feminista nos dice una cosa pero la otra parte de nuestro cerebro nos dice otra distinta, y sabes que es el patriarcado el que habla pero no puedes evitarlo. Al final del día, sin embargo, has tomado decisiones conscientes, incluso si una de ellas fue ir a ver una comedia romántica “para mujeres” sobre una chica que quiere desesperadamente encontrar marido para que su vida esté completa, porque tienes el poder del conocimiento y cuando te levantas contra el patriarcado, el conocimiento lo es todo.