Un silbido por la calle ya son demasiados

16 Ago

Escrito por: Emily Coccia
Traducido por: Verónica Han 

Confesión: a veces me gusta que me silben. Lo sé, lo sé, no debería ser así. Soy una feminista inteligente que no debería sentir estos gritos que me objetivizan como cumplidos. Pero por algún motivo, hay veces en las que no puedo evitar sonreír. Caminando hacia el trabajo este verano, tuve que reírme cuando el repartidor de periódicos me silbó, cuando el basurero me llamó “hermosa” y cuando el repartidor me imploró: “solo una sonrisa, ¡me alegrarás el día!”. Después de todo, parecía una diversión inofensiva. Sabía perfectamente donde estaba, el sol brillaba, había gente que me esperaba en cierto lugar a cierta hora y que sabía cómo contactar conmigo si no aparecía. No parecía que hubiera nada de lo que preocuparse. En otras palabras, me sentía segura. Y si me sentía segura, ¿qué tenía de malo que me subiera un poco el autoestima yendo al trabajo? ¿Hay algún peligro real si dejo que alguien me diga que una sonrisa le alegraría el día?

Sin embargo, ahora la situación ha cambiado. Cuando camino por unas calles cuyos nombres desconozco en un barrio que no entiendo, intentando desesperadamente no parecer tan perdida como realmente estoy, algo es distinto. Cuando estoy en una ciudad por primera vez en mi vida donde todo se une en una cadena indistinguible de edificios desconocidos, algo es distinto. Cuando me estoy comunicando en un idioma que no es mi lengua materna e intento funcionar en una cultura que no es la mía, algo es distinto. Ahora esos silbidos y súplicas de “vamos, bonita, solo una sonrisa”, no parecen tan inocentes. De hecho, son bastante amenazantes. En Génova, caminando por una calle lateral que en mi ciudad se clasificaría como un callejón, y que me di cuenta un poco demasiado tarde que estaba considerablemente desierta, el más mínimo movimiento me aterroriza. Apuro el paso, pidiendo no llamar la atención de nadie, tensándome cuando un hombre que está fumando murmura algo. La adrenalina corriendo por mis venas, miro para atrás con cada ruido. Incluso en calles más grandes, si escucho a un camionero gritarme, en lo que reconozco como imperativo informal, “¡sonríeme! Lo mínimo que puedes hacer por mí es sonreír”, no me parece dulce ni un poquito agradable. Me resulta amenazador y exigente.

Es entonces cuando me doy cuenta del problema real. No se trata de que las palabras en sí mismas sean amenazantes (aunque pueden serlo), el problema está en lo que se sugiere con ellas, lo que permanece mucho después de que el sonido se haya disipado. El problema está en la idea de que alguien, un hombre que probablemente supere mi constitución de metro sesenta, está siempre observando, siempre examinando mis movimientos. Y aunque pueda ser divertido e inocente para la mayoría, las mujeres cargan con el temor de encontrarse un día con alguien para quien esto sea más que una inocente broma, alguien que se toma todo esto como mucho más que un juego. Vivimos en un estado de reconocimiento constante sobre cómo actuamos y cómo nos vestimos, sobre qué decimos y por dónde andamos. Y esta incomodidad y miedo perpetuos que se acumulan justo debajo de la superficie de nuestra conciencia, que emergen cuando abandonamos nuestras zonas de confort, estos son el problema. Por lo que puede ser que el repartidor no me asustase, pero al seguirle el juego puede que esté perpetuando este ciclo, alentando a más y más gente a participar. Y aunque esto sucediera en mi zona de confort, debería pensar en esas mujeres para quienes las calles de mi ciudad son tan desconocidas como los callejones de Génova, para quienes este hombre suplicando una sonrisa les es tan alarmante como la exigencia del camionero italiano. Después de todo, creo que de eso se trata el feminismo, de mantenernos unidos en solidaridad, de estar atentos y reconocer qué nos asusta, aunque sea a una sola persona, ya asusta a demasiados.

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