El fin del matrimonio tradicional

2 Ago

Escrito por: Kat Kelley y Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

Aquellos que defienden el “matrimonio tradicional”, que temen porque la legalización del matrimonio entre dos personas del mismo sexo amenaza esa institución sagrada, puede que tengan razón. Aleluya.

El movimiento para los derechos de la comunidad queer, particularmente la parte que busca la legalización del matrimonio gay, ha recorrido un camino nunca antes visto. En 2001, Holanda se convirtió en el primer país que concedía el derecho al matrimonio homosexual. A partir de entonces, Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia, Argentina y Dinamarca han seguido sus pasos. Massachusetts fue el primer estado de EEUU que legalizó el matrimonio gay y otros ocho lo imitaron (Connecticut, Iowa, New Hampshire, Nueva York, Vermont, Maine, Maryland y Washington).

Y el diálogo convencional se alteró radicalmente. Mientras que en 2009 Bill O’Reilly (presentador de televisión en EEUU) aseguró que permitir que se casaran parejas de un mismo sexo conllevaría, como es natural, la legalización del matrimonio entre distintas especies, ahora está a la defensiva afirmando que “la mayor parte de los medios de comunicación ni siquiera considera el punto de vista tradicional del matrimonio”. Se acabaron los días en los que personalidades dignas se metían en callejones sin salida con malos argumentos o se atrevían a usar la palabra “abominación” al hablar de la comunidad gay (es broma, parece que los gays son una amenaza mayor que el terrorismo). Ahora, el argumento más fuerte contra el matrimonio homosexual es la defensa del “matrimonio tradicional”.

“Tradicional” es uno de los términos más irónicos del lenguaje. Nada en la sociedad humana es estático. No existe un “matrimonio tradicional”. El matrimonio evolucionó y cambió con cada generación. Así que, sí, el matrimonio entre dos personas del mismo sexo amenaza lo que entendemos actualmente como “matrimonio tradicional”, lo que es jodidamente bueno.

Históricamente (“tradicionalmente”), el matrimonio era poco más que una transacción comercial en la que la mujer era un pedazo de propiedad, parte del trueque que beneficiaba a su padre y a su marido. Las mujeres tenían pocos o ningún derecho en lo que respectaba al matrimonio y estaban controladas por completo por sus maridos. La sociedad las veía como poco más que una esclava que residía allí, alguien que cocinaba la cena, limpiaba la casa y criaba a los niños, imagen que se transformó en la de la mujer “ideal”. No existía tal concepto como el de casarse por amor, eso llegó más tarde, cuando la sociedad comenzó a idealizar el matrimonio y la “santidad” de las relaciones entre hombres y mujeres. Las décadas de los 50 y los 60, por ejemplo, están llenas de imágenes del ama de casa “perfecta” y su familia “perfecta” (dos hijos, un padre que los mantiene y una mujer que siempre tiene comida en la mesa, de voz suave y que se las ingenia para estar siempre perfecta, todos resguardados y calentitos gracias al amor). De la década de los 50 en adelante, esta imagen se convirtió en el ideal social del “matrimonio tradicional” y a nadie le importaba el hecho de que incluso durante esos años resultaba irreal e inalcanzable para la gran mayoría de los estadounidenses ni que la familia y el matrimonio actual no se parecen en nada a todo eso. Con un índice de divorcio en el 50% o más, ¿quién podría decirme seriamente que el mundo está lleno de familias felices? El “matrimonio tradicional” es una institución opresiva, envuelta en capas de heteronormatividad, roles de género restringidos y mentiras. Pero ahora, con el esfuerzo internacional para legalizar el matrimonio homosexual, tengo que preguntarlo: ¿de verdad nos queremos meter ahí?

La lucha por la igualdad matrimonial es un paso importante para la comunidad queer, pero es importante echarse para atrás y ver cuáles son las implicaciones de lo que estamos pidiendo: que la comunidad queer quiere integrarse en la comunidad heterosexual, heteronormativa. Las imágenes que se ven de dos mujeres en vestidos de novia o dos hombres en traje, a punto de casarse, pertenecen a los estándares heteronormativos, la idea es que solo hay una forma de tener una familia funcional o una relación “real”: casándose. Para empezar, ¿qué significa el matrimonio? ¿Y cómo es que esa etiqueta de repente hace la relación más legítima que antes? Pedir el derecho de casarse no solo significa que estamos dispuestos a dejar de lado nuestra identidad queer con el fin de ser aceptados en esta institución opresiva, sino que también tenemos la necesidad de pedir la aprobación de la sociedad, su bendición (literalmente). Aceptar estos estándares, incluso por el interés en cuanto a igualdad legal para la comunidad queer, es todavía una forma de opresión que perpetúa los estereotipos de género y la estricta definición de nuestra sociedad de lo que es una relación valida o una familia. Sin la libertad para explorar y re-definir las relaciones, siempre habrá un grupo marginal y el matrimonio siempre será, de un modo u otro, una institución opresiva. Estamos intentando encajar en una institución corrupta, que no nos quiere y aunque lo hiciera, no sabría que hacer con nosotros. Como ya he dicho, las normas de género envuelven el matrimonio, incluso en la representación de matrimonios homosexuales, pero, ¿qué pasa cuando uno o ninguno se identifica como hombre o mujer? ¿Qué pasa con las relaciones polígamas si mantenemos el matrimonio como algo únicamente entre dos personas? En nuestra lucha por la igualdad, por huir del estatus de segunda clase, nos hemos desesperado tanto por ser “como vosotros” que estamos dispuestos a sacrificar al resto de la comunidad queer. En lugar de intentar formar parte de un sistema corrupto, necesitamos re-definirlo por completo, destruirlo y comenzar de nuevo. Debemos enfocarnos en conseguir igualdad legal, no aceptación institucional, y averiguar como cambiar otras normas sociales e instituciones para luchar contra la opresión en todos sus niveles.

Esta transformación, esta evolución del matrimonio es ideal, no solo para la comunidad queer, sino para todas las parejas casadas o considerándolo. Existe la diferencia de sueldo y todavía permitimos que la biología restrinja las elecciones de las mujeres. Las probabilidades de que una mujer sea contratada caen en un 44% después de su primer hijo y su salario en un 11%. Las posibilidad de las mujeres (y los hombres) todavía se dictan por arquetipos de roles de género, debido a las expectativas y presiones de la sociedad y de la familia, así como por la falta de recursos y apoyo para las madres y aquellos intentando evitar o lidiar con la maternidad.

Sin embargo, en el matrimonio homosexual, los roles no se determinan por el género. Puede que uno de la pareja sea el sustentador y el otro sea más responsable de las tares domesticas, no obstante, los roles de género no son el estándar. El matrimonio y la paternidad compartida requieren compromiso, por lo que los roles pueden ser rígidos, flexibles o inexistentes.Y aunque uno o ambos de la pareja pueda tener que hacer sacrificios en un matrimonio gay, dichas elecciones parecen estar más meditadas y la base no es simplemente cromosómica.

Los cimientos del matrimonio no son entonces meras expectativas familiares o sociales ni roles de género ni unidades normativas de acuerdos sociales, sino relaciones en sí mismas.

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