Archivo | agosto, 2013

Adoro. El. Sexo. #LoSientoPeroNoLoSiento

30 Ago

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

La positividad sexual es un tema nebuloso. Según Wikipedia, se trata de un movimiento cuya “ideología promueve y acepta la sexualidad abierta con pocos límites más allá del énfasis en sexo seguro y la importancia del consentimiento”. Para mí, la positividad sexual es el resultado de eliminar la vergüenza del sexo y la sexualidad. Es aceptar y respetar la identidad sexual de cada uno, su orientación sexual, sus preferencias y elecciones. La positividad sexual es la comunicación y el deshacerse de los tabús sexuales que perpetúan aquellas normas sociales dañinas.

La salud sexual precisa de la positividad sexual. EEUU tiene los índices de embarazo adolescente más alto entre los países desarrollados, siendo incluso mayores los índices de los estados que solo conciben la abstinencia como educación sexual. La juventud se merece una educación sexual que sea comprensiva, que posibilite las decisiones seguras. Necesitamos un cambio cultural; decirles que el sexo es pecado, que es sucio, que es una mera herramienta para procrear, no va a permitirles tomar decisiones seguras. La positividad sexual es primordial para la comunicación, nos da la posibilidad de afirmar nuestros límites, de determinar y dar un consentimiento significativo y de pedir lo que queremos.

El consentimiento precisa de la positividad sexual. El consentimiento no es la falta de un “no”, es una respuesta afirmativa. El consentimiento exige que utilicemos nuestras voces, que hablemos de sexo, que seamos capaces de comunicar nuestros deseos e incomodidades y que respetemos los de nuestra(s) pareja(s).

Necesitamos la positividad sexual para luchar contra la violencia sexual. Ya no aguanto que “se avergüence a la puta”. Se nos enseña que la sexualidad de la mujer es o inexistente o sucia. Tanto si esperas al matrimonio como si eres activa sexualmente, siempre y cuando tomes decisiones seguras y respetes la autonomía de tu(s) pareja(s), no tienes nada de lo que avergonzarte. La “vergüenza a la puta” perpetúa, directamente, la violencia sexual. Solía trabajar en la Oficina de Defensa Pública (que por muy difícil que fuese, significaba que estaba “del lado” de los agresores sexuales, y me alegra que los agresores sexuales pobres recibieran el mismo apoyo legal que los ricos podían comprarse) y en cada uno de los casos de violencia sexual, leyendo detenidamente los archivos, se me revolvían las tripas. En “Pruebas” aparecería el pasado sexual de la denunciante, dando una imagen de una mujer pervertida (léase: sexualmente activa), como si eso invalidara su historia. A nuestra sociedad le encanta culpar y castigar a aquellos que experimentan la violencia sexual. Afirmamos que “se lo estaba buscando“, como si alguien pudiese pedir que lo violasen. Tenemos que dejar de hacer de cuenta que a las mujeres no les gusta el sexo y que su comportamiento sexual, sus decisiones o su reputación les dan a los hombres derecho sobre el cuerpo de la mujer.

Necesitamos la positividad sexual para aprender cómo querer a nuestro cuerpo y cómo dejar de tenerle miedo a las vaginas. Todo en nuestra sociedad es fálico, pero las vaginas se ven como cuevas oscuras y sucias. Lisa Brown, la representante de Michigan en el Senado estadounidense, fue expulsada de este por usar la palabra vagina. Si no puedes nombrarla, no deberías legislarla. Un chico le dijo a una amiga mía que no bajaría por razones “higiénicas”. ¿QUÉ? El genital masculino está ahí afuera, por todos lados, y la vagina es un órgano de auto-limpieza. Las vaginas son milagrosas, se estiran hasta dejar que un BEBÉ HUMANO pase por ellas. Deberíamos venerarlas, no tenerles miedo. Y ya basta con este tabú de la menstruación. Las mujeres se pasan aproximadamente el 20% de sus años fértiles menstruando, es algo demasiado común como para que se usen susurros avergonzados y eufemismos. El único momento en el que la cultura pop hace referencia a la menstruación es por el Síndrome Pre-menstrual, dando a entender que las mujeres somos inestables y sub-humanas cuando estamos con el período. Y si te da la impresión de que estoy haciéndole la pelota a la propaganda feminista, Onion me respalda.

Con frecuencia, mis compañeros me preguntan tímidamente por qué una chica en el campus necesitaría el feminismo. Obviamente, en Arabia Saudí y en la República Democrática de Congo necesitan el feminismo. Y aunque el acoso sexual, la diferencia de sueldo y el doble rasero sean mis respuestas rápidas, siento que una de las necesidades más importantes es la positividad sexual.

Adoro el sexo, es beneficioso para la presión arterial, el sistema inmunológico, el autoestima, los hábitos de sueño, la piel y la esperanza de vida. Ah, y claro, aunque sea mujer, disfruto del sexo, soy un ser sexual. Y a pesar de todo, odio mi vagina. Casi no puedo tocarla, me provoca un poco de incomodidad. Estoy co-produciendo Los puñeteros monólogos sobre la vagina y todavia tengo que aprender a querer la mía. Por dios, ni siquiera he tenido un orgasmo porque no se cómo decirles a los hombres lo que quiero y me da demasiado miedo mi propio cuerpo como para hacerlo por mí misma.

Así que, sí, incluso una mujer jodidamente empoderada y sexualmente liberada como yo, necesita la positividad sexual.

También estoy aquí por mí

23 Ago

Escrito por: Kevin Carty
Traducido por: Verónica Han

Para cualquiera que haya pasado un mínimo de tiempo entre páginas, blogs y conversaciones sobre el feminismo moderno, debería ser más que obvio que el feminismo ya no puede tener éxito, ni sobrevivir, como un esfuerzo discreto y limitado. Desde hace décadas, la “interseccionalidad” ha sido una palabra de moda y un foco de atención. Millones de feministas se han unido para luchar por los derechos de la comunidad queer. Las mejores feministas actuales luchan por los derechos de la gente transexual. En resumen, si eres una feminista de hoy en día, es poco probable que solo te centres en la situación de las mujeres que pertenecen a tu clase, raza y orientación. Y si eres tan exclusiva, es muy probable que estés recibiendo infinitas críticas justificadas.

No, con suerte, tu feminismo es amplio y está dispuesto a incluir y apreciar un sinfín de historias únicas sobre la opresión, historias que oirás si te acercas a escuchar. Y con suerte, tu feminismo también es humilde, dispuesto a reconocer los privilegios y particularidades de tu propia perspectiva al sopesar cualquier asunto.

Estas dos directrices son, hasta donde yo sé, algo así como las normas inflexibles del feminismo moderno, y por una buena razón. Son el efecto de los fallos previos del feminismo, las mejores respuestas que tenemos los feministas contra la ceguera y la parcialidad que atacan a nuestro movimiento desde sus inicios. Es más, para aquellos que somos privilegiados y que intentamos escribir sobre el feminismo, estas son las reglas por las que deberíamos vivir si queremos ser feministas modernos y morales.

Pero, ahora que he usado “nosotros” y “nuestro” para hablar de este movimiento en desarrollo, llegamos al punto en el que tengo que explicar mi propio feminismo y mi relación con estas normas. Como hombre, se entiende que haya unas cuantas preguntas que siempre me hacen cuando me declaro feminista.

¿Tu feminismo no le resta valor a los esfuerzos de las feministas?

¿Necesitas ser feminista?

¿No tienes demasiados privilegios para escribir y actuar en contra de la injusticia social?

¿Puedes ser feminista siendo hombre?

(peor), ¿deberías ser feminista siendo hombre?

Puedo responder a todas estas preguntas, o al menos eludirlas, gracias a las normas dichas anteriormente. Puedo abarcar mucho, puedo ser humilde, puedo verificar mis privilegios de la mejor manera posible. Pero eso no me parece suficiente respuesta. Sí, mientras haga todo esto puedo ser un “buen” feminista, aunque sea un hombre tan privilegiado. Pero eso no explica del todo por qué me identifico como feminista y por qué quiero serlo. Tengo una respuesta mejor y tiene que ver con la “interconexión” de la justicia de género.

El feminismo siempre ha sido un movimiento orientado a la acción. La lucha contra la privación de derechos, contra la violencia doméstica, contra la oposición que recibe la mujer trabajadora, contra la violencia sexual, contra la falta de salud reproductiva, contra la diferencia de sueldo y contra la exclusividad tan sexista de los clubs de chicos bien pagados, todas estas son las batallas que prueban la necesidad de nuestro movimiento y que nos mantiene activos. Pero además, somos un movimiento de ideas, porque debajo de esta violencia evidente, acechan también las ideologías y expectativas causadas por las diferencias de géneros y que llevan a tales injusticias. Ideas que son dominantes, dañinas y auto-perpetuadas. Así que atacamos la idea de que las mujeres tienen que tener un papel de apoyo, el mito de la pureza, el doble rasero sexual y las mentiras sociales de que las mujeres son reacias a emprender tareas de tradición lógica o matemática.

Y aquí es donde aparece la “interconexión”. Esta violencia y los conceptos que la afianzan no son perpetrados y mantenidos únicamente por los hombres en detrimento de las mujeres. Así mismo y en consecuencia, esta violencia existe paralela a la violencia que los hombres sienten y se infligen entre ellos como resultado de una ideología de géneros. Estas ideas se desarrollaron a la par que las concepciones de la masculinidad, las cuales afectan y dañan a los hombres tanto como las concepciones de feminidad a las mujeres.

Por ejemplo, toma las expectativas sociales que rodean la virginidad femenina, el complejo de la virgen y la puta, la putificación y el doble rasero. Ten en cuenta las ideas generalizadas de sexualidad femenina que contienen y hieren a las mujeres, cada una de ellas basada en la creencia patriarcal de que las mujeres no están interesadas en el sexo y que deberían ser seres puros, angélicos, virginales, en cualquier caso corrompidas por el sexo y la sexualidad. Este no es un paradigma aislado, con él viene la creencia de que los hombres son seres extremadamente sexuales, definidos por unos deseos agresivos de liberación y calentura que no pueden controlar. E independientemente de lo que esta idea implica en cuanto a la culpa que se le echa a las víctimas y la indulgencia hacia los violadores, esta idea de que los hombres son salvajes bestias sexuales, tiene un efecto profundamente negativo en la gran mayoría de nosotros, los hombres que no somos sexuales de forma violenta.

No debería hacer falta decirlo, pero controlamos nuestro impulsos sexuales. Nuestra calentura no es una especie de presencia monolítica que nos priva de tomar decisiones. No somos animales salvajes y sexuales. Y cuando la cultura a nuestro alrededor insiste en este debate una y otra vez demonizando nuestra sexualidad, diciendo que las mujeres siempre nos deben decir que no, que pensamos con la “cabeza equivocada”, que la violación y el acoso sexual está en nuestros genes y que somos manejados por nuestras hormonas, es sumamente irrespetuoso. Y cuando escuchamos todo esto una y otra vez, creo que muchos de nosotros empezamos a creérnoslo, caemos involuntariamente en el mito de la sexualidad masculina. Algunos, sin quererlo, sentimos que no podemos y no debemos controlarnos, y puede que algunos, creo que muchos, llegamos a tenernos miedo a nosotros mismos. Si se nos enseña que somos unas bestias sexuales tan agresivas que actúan fuera de su control consciente, ¿qué otra respuesta es tan razonable como el miedo a uno mismo?

Piensen también sobre la estructura de los roles sociales y los propósitos que circunscriben el trabajo y la familia para la mujer: la parte de trabajo doméstico que sobrepasa a la mujer trabajadora, el hecho de que a las mujeres se les pague menos que a los hombres (ocho céntimos menos por cada dolar en EEUU), la escasez de mujeres en posiciones de liderazgo en la industria. La comprensión de la feminidad que pretende que las mujeres se queden en casa se construyó, obviamente, por la devoción social a un sustentador hombre, el caballero que provee para su mujer y encuentra en esto su único propósito.

Para muchos, este rol no parece problemático para el hombre, pero creo que no se tienen en cuenta unas cuantas cosas. Noah Berlatsky ha escrito sobre como el feminismo le ha dado más opciones, porque le ha dado más oportunidades a su mujer. Porque el feminismo sigue impulsando a las mujeres dentro del mundo laboral, poniendo fin al requisito de que los hombres seamos los únicos proveedores en la familia, permitiéndonos ser mejores padres, trabajadores autónomos, amos de casa y dar cariño a la vez que lo recibimos. Es más, cuando se ve a los hombres como seres necesitados porque proveen a las mujeres, como en este caso de comprensión de la masculinidad desde un punto de vista patriarcal, las consecuencias a largo plazo pueden ser perjudiciales, crean la necesidad de ser necesitados. Cuando este concepto de utilidad es el único rol que alabamos y pregonamos, se complica seriamente el encontrar otras fuentes de significado, tanto en las relaciones satisfactorias como en el trabajo independiente, la paternidad cariñosa o incluso el amor en sí mismo. Noah Brand escribió que, puesto que solo conocemos una forma de ser necesitados, tenemos problemas a la hora de ser queridos. Tenemos problemas a la hora de ser amados de forma libre y sincera, porque nunca hemos sido otra cosa que necesitados.

Y por último, reflexionen sobre la violencia sexual y doméstica desenfrenada, mayormente cometida por hombres. Este fenómeno debería dejarnos en shock. Solo los números ya resultan desmesurados: una de cada dos mujeres ha sido víctima de violencia sexual y una de cada cinco, víctima de violación. Luchar contra la violencia de género se ha visto, hasta ahora, como un problema de las mujeres. No debería ser problema también de los hombres, como Jackson Katz declara en este video, solo porque son nuestros amigos, hermanos, hijos y padres los que llevan a cabo la violencia sexual y porque está en nuestro poder pararlos y cambiarlos, sino que además, esta violencia epidémica tiene sus raíces en la estructura social que nos hiere a la mayoría de los hombres a lo largo de nuestras vidas tanto como a las mujeres que nos rodean.

Los grupos formados solo por hombres que mantienen esta cultura de la violación consciente o inconscientemente, con chistes sobre violaciones, un lenguaje sexista y validando los mitos de la violación, son los mismos que se mantienen con un comportamiento de exclusión e intimidación. La devaluación de la mujer y la feminidad, parte central de la violencia sexual y las violaciones, está íntimamente relacionada a la devaluación, por parte de los hombres, a todos aquellos que no sean masculinos, pudiendo ser mujeres, gays, transexuales o simplemente distintos. Esta necesidad de otrizar, victimizar e intimidar proviene de ese estado de ansiedad que provoca la construcción de la masculinidad como una identidad que siempre necesita demostrarse y la forma más fácil de hacerlo es identificando a aquellos que no son masculinos como una especie de distracción vacía. Muchos de nosotros hemos experimentado esta agresión por parte este tipo de grupos, en el instituto, en la facultad, en la brigada militar y en los equipos de deporte, y puede llegar a ser una experiencia increíblemente difícil y dolorosa.

Soy un feminista que se opone al sexismo, que apoya con pasión la libertad reproductiva, un aliado para todas las víctimas de violencia sexual. Iré con “la marcha de las putas”*, trabajaré contra el acoso y la violencia, usaré mi privilegio para elevar las voces de mis amigas y aliadas, y usaré mi masculinidad para involucrar y cambiar las opiniones de otros hombres.

Pero, aparte de por mi alianza y al apoyo activo que doy a todas las mujeres de mi entorno, también estoy aquí por los hombres. La “interconexión” de las construcciones de género que el feminismo identifica y derrota tan exitosamente, demuestra que tenemos un interés directo en conseguir que la justicia de género sea una realidad, para nuestras novias, amigas, hijas, madres y mujeres, pero también para nuestros padres, amigos y compañeros alrededor del planeta. Soy feminista, pero soy mucho más que un aliado. También estoy aquí por mí.

*NdT: https://www.facebook.com/MarchaPutasBA

Un silbido por la calle ya son demasiados

16 Ago

Escrito por: Emily Coccia
Traducido por: Verónica Han 

Confesión: a veces me gusta que me silben. Lo sé, lo sé, no debería ser así. Soy una feminista inteligente que no debería sentir estos gritos que me objetivizan como cumplidos. Pero por algún motivo, hay veces en las que no puedo evitar sonreír. Caminando hacia el trabajo este verano, tuve que reírme cuando el repartidor de periódicos me silbó, cuando el basurero me llamó “hermosa” y cuando el repartidor me imploró: “solo una sonrisa, ¡me alegrarás el día!”. Después de todo, parecía una diversión inofensiva. Sabía perfectamente donde estaba, el sol brillaba, había gente que me esperaba en cierto lugar a cierta hora y que sabía cómo contactar conmigo si no aparecía. No parecía que hubiera nada de lo que preocuparse. En otras palabras, me sentía segura. Y si me sentía segura, ¿qué tenía de malo que me subiera un poco el autoestima yendo al trabajo? ¿Hay algún peligro real si dejo que alguien me diga que una sonrisa le alegraría el día?

Sin embargo, ahora la situación ha cambiado. Cuando camino por unas calles cuyos nombres desconozco en un barrio que no entiendo, intentando desesperadamente no parecer tan perdida como realmente estoy, algo es distinto. Cuando estoy en una ciudad por primera vez en mi vida donde todo se une en una cadena indistinguible de edificios desconocidos, algo es distinto. Cuando me estoy comunicando en un idioma que no es mi lengua materna e intento funcionar en una cultura que no es la mía, algo es distinto. Ahora esos silbidos y súplicas de “vamos, bonita, solo una sonrisa”, no parecen tan inocentes. De hecho, son bastante amenazantes. En Génova, caminando por una calle lateral que en mi ciudad se clasificaría como un callejón, y que me di cuenta un poco demasiado tarde que estaba considerablemente desierta, el más mínimo movimiento me aterroriza. Apuro el paso, pidiendo no llamar la atención de nadie, tensándome cuando un hombre que está fumando murmura algo. La adrenalina corriendo por mis venas, miro para atrás con cada ruido. Incluso en calles más grandes, si escucho a un camionero gritarme, en lo que reconozco como imperativo informal, “¡sonríeme! Lo mínimo que puedes hacer por mí es sonreír”, no me parece dulce ni un poquito agradable. Me resulta amenazador y exigente.

Es entonces cuando me doy cuenta del problema real. No se trata de que las palabras en sí mismas sean amenazantes (aunque pueden serlo), el problema está en lo que se sugiere con ellas, lo que permanece mucho después de que el sonido se haya disipado. El problema está en la idea de que alguien, un hombre que probablemente supere mi constitución de metro sesenta, está siempre observando, siempre examinando mis movimientos. Y aunque pueda ser divertido e inocente para la mayoría, las mujeres cargan con el temor de encontrarse un día con alguien para quien esto sea más que una inocente broma, alguien que se toma todo esto como mucho más que un juego. Vivimos en un estado de reconocimiento constante sobre cómo actuamos y cómo nos vestimos, sobre qué decimos y por dónde andamos. Y esta incomodidad y miedo perpetuos que se acumulan justo debajo de la superficie de nuestra conciencia, que emergen cuando abandonamos nuestras zonas de confort, estos son el problema. Por lo que puede ser que el repartidor no me asustase, pero al seguirle el juego puede que esté perpetuando este ciclo, alentando a más y más gente a participar. Y aunque esto sucediera en mi zona de confort, debería pensar en esas mujeres para quienes las calles de mi ciudad son tan desconocidas como los callejones de Génova, para quienes este hombre suplicando una sonrisa les es tan alarmante como la exigencia del camionero italiano. Después de todo, creo que de eso se trata el feminismo, de mantenernos unidos en solidaridad, de estar atentos y reconocer qué nos asusta, aunque sea a una sola persona, ya asusta a demasiados.

Reflexiones sobre una noche fuera

13 Ago

Escrito por: Zoe Dobkin
Traducido por: Verónica Han

Se me ocurrió compartir algunos sucesos que tuvieron lugar una noche que salí con mis amigas.

1er Strike: Bailando con un chico me doy cuenta de repente que nos están grabando. Me siento incómoda. Primer instinto: ignorarlo y restarle importancia.

2do Strike: Bailando con un chico, este empieza a darme palmadas en el culo. No estoy muy segura de qué hacer. Pasan los segundos y él continúa haciéndolo. Estoy paralizada. Finalmente, para y puedo respirar.

3er Strike: Antes de que tenga un segundo para comprender lo que acaba de pasar, empieza a empujarme la espalda hacia abajo para que se la chupe. La adrenalina hace que la ira pura me recorra las venas y me da la valentía que tanto necesitaba para largarme. Subo las escaleras.

4to Strike: Por fin estoy sola en un sillón, pero antes de que consiga algo de paz en mi mente, dos chicos me ven y se me acercan. Empiezan a darme toques con los dedos en la cara. Primer instinto: es una broma, no le doy importancia. Estoy un poco asustada, hay dos de ellos y solo una yo, pero demasiado molesta como para que me importe. Empiezan a decirme que estoy buena, como justificación para seguir acosándome. Les digo que si no paraban les iba a pegar en las pelotas. Por lo visto, uno de ellos cree que estoy bromeando e intenta un último toque. Le pego en sus partes. Se ríe y me dice que fallé. Le pregunto si quiere que lo intente de nuevo.

5to Strike: Caminando hacia el coche, parece que un chico intenta llamar mi atención. Ni me di cuenta porque estoy más que furiosa. Una de mis amigas se gira y le dice muy claramente que no está interesada. Le replica muy bruscamente que no está interesado en chicas de su tipo y que me hablaba a mi. Ahora yo caminaba más rápido. Por qué estará tan lejos el coche…

Después de muchos intentos de distintos hombres de degradarme, objetivizarme y reducir mi valía (y conseguirlo) , me gustaría tener la oportunidad y responder:

En serio, no hagan el imbécil conmigo. O ya que estamos, con ninguna chica.

Con cada experiencia, solo me preparo y me determino más y más a poner a los hombres en su sitio. Estoy demasiado enfadada como para que me dé miedo.

Sin embargo, con cada experiencia, se me hace más y más complicado evitar saturarme. Se me hace cada vez más complicado recordar que no todos los hombres son así y que aunque los hombres son generalmente los peores ofensores, también son aliados esenciales para el movimiento feminista.

Recordar esta experiencia me da una mínima comprensión de por qué es tan difícil presentarse ante la policía para una superviviente de un acoso y abuso sexual mucho más serio. Al repetir una y otra vez lo sucedido en mi cabeza, mis primeros pensamientos fueron siempre de auto-criticismo, lo que me enfurece. Me pregunto si habría estado bailando de forma demasiado provocativa. Claramente, fue por lo que llevaba puesto, estaba vestida de un modo muy promiscuo. ¿Qué otra cosa podría esperar de una fiesta universitaria? Debería haberme ido en cuanto me di cuenta de que me estaban grabando. Debería haber abofeteado al chico con el que estaba bailando. La lista continúa.

Es más, hay un miedo agregado de que la gente leyendo este artículo me juzgue basándose en las mismas dudas. Una vez tras otra, escucho como se culpa a los supervivientes de los incidentes en lugar de a los perpetradores. Pensé en colgar esto de forma anónima o en ni siquiera escribirlo, porque una vez que dices algo en Internet, se queda ahí para siempre.

Pero la cosa es esta: el reproche a mí misma de antes es inapropiado e irrelevante porque siempre me merezco ser tratada con respeto. Cualquier otra cosa no está bien. Sin sis, ys o peros al respecto.

Incluso peor que todas esas dudas es el hecho de que no tuve el coraje para sentarme y escribirlo hasta que compartí lo que me había pasado con una amiga y me aseguraró que no estaba “exagerando”.

Así que voy a cerrar esto con una lección vital. Escúchame con atención. Quiero que sepas que tu incomodidad, grande o pequeña, en cualquier situación (esto es, en cualquier situación) es más que suficiente justificación para irte. Está bien, ahora quiero que te lo digas hasta que se quede a fuego y grabado en tu cerebro, porque cuando llega el momento, es difícil recordarlo y actuar según este principio esencial. Todavía lucho con ello de vez en cuando.

Aprendiendo sobre “positividad corporal”

12 Ago

Escrito por: Victoria Edel
Traducido por: Verónica Han

Resulta increíblemente difícil tener una imagen corporal positiva, tanto para mujeres como para hombres, a pesar de que la “positividad corporal” se interprete con más frecuencia como un problema femenino. Gente de ambos géneros sufre desórdenes alimenticios, problemas de autoestima y de otros tipos relacionados con la obsesión que tiene la sociedad con el cuerpo perfecto.

Quererse a uno mismo puede llegar a ser muy complicado y que te guste cómo eres físicamente suele ser la parte más difícil. Consumimos lo que nos dan los medios: solo ciertos tipos de cuerpo son aceptables o deseables, aunque la verdad es que la mayor parte de la gente no los tiene y aún así vive vidas significativas, emocionantes y llenas de cariño. Pero nos creemos la mentira, contamos calorías de forma obsesiva, escondemos las partes de nuestro cuerpo de las que se nos dice que deberíamos avergonzarnos, perdemos una cantidad extraordinaria de tiempo preocupándonos porque no tenemos el aspecto que “deberíamos tener”.

¡Pero la esperanza es lo último que se pierde! Puedes ser un Dios o un Diosa de la positividad corporaltanto si tienes abdominales marcados, brazos fofos o el pecho plano, ¡lo que sea! Dejemos de odiarnos porque hacerlo no tiene ningún sentido. Solo tenemos un cuerpo y la vida no empieza cuando pierdes peso, la estás viviendo ahora mismo y cada momento en el que tu apariencia te impida ser feliz, es tiempo desperdiciado.

El tema es el siguiente: admitir que te mereces ser feliz es una cosa, pero vivirlo es más difícil. Hablo desde la experiencia. Como es lógico, sé que mi cuerpo es maravilloso y me deja hacer cosas geniales, pero a veces no estoy contenta con él. Puede que esto te sea familiar. Solo porque tengas malos momentos no significa que no puedas ser feliz. Estos son mis trucos para aplicar la positividad corporal; sirven si estás gordo, delgado o en algún punto intermedio.

Reconocer las charlas corporales negativas
A veces son muy obvias. Puede que te mires en el espejo y pienses algo malo sobre ti mismo. Un amigo puede llegar a hacer un comentario sobre cómo le queda el bañador a tal o cual persona, una revista puede hablar largo y tendido sobre la celulitis de una famosa o puede que tus padres digan algo sobre los kilos que aumentaste cuando te fuiste a vivir solo por primera vez. Pero otras veces puede ser mucho más insidioso. Un comentario sobre cómo algo no “queda bien” o tal vez te interesaría hacer un poco más de ejercicio o sobre cómo “algunas personas no deberían usar pantalones ajustados”.

Una vez que hayas reconocido los comentarios que solo sirven para hacerte sentir mal, puedes darte cuenta de por qué se hacen. La revista quiere que te sientas mal sobre tu cuerpo para que inviertas en dietas. Tus amigos o familiares pueden estar reflejando en ti sus propias inseguridades. Cuando te des cuenta de que esos comentarios no son realmente sobre ti, podrás alejarte de ese discurso lleno de odio.

No hables de “salud” o “estar en forma” para avergonzar a los demás
Hay veces en las que la gente hablará de “estar saludable” o “en forma” cuando en realidad no les importa cuánto ejercicio hagas o qué comas. La mayor parte de las veces solo se refieren a estar delgado. No caigas en la trampa. Hay quien es delgado y come comida basura todo el tiempo y quien está gordo pero corre maratones. Para que conste, ambos son geniales.

No critiques
A parte de que esto te convertiría en una mala persona, criticar los cuerpos de los demás solo te llevaría a ser más exigente con el tuyo. También hará que tus amigos se sientan más inseguros sobre el suyo. ¿Nunca te pasó que criticaste a alguien que no estaba delante con tus amigos y después te preguntaste si en algún momento te criticaban a ti? Hablar del cuerpo de los demás es así, deja a los demás pensando qué dirás de ellos.

En relación a esto: no proyectes en ti las inseguridades de tus amigos, algo que me suele suceder. Cuando un amigo habla de querer adelgazar, solo habla de sí mismo, no de ti. No le des más vueltas.

No hables de “cuerpos reales” o “mujeres reales”
Hubo un tiempo en el que “las mujeres reales tienen curvas” fue un eslogan muy popular en el movimiento por la positividad corporal. Tenían buenas intenciones aquellos que querían que las mujeres gordas y con curvas también fueran consideradas bellas. El problema es que el eslogan excluye a aquellas que carecen de curvas, quienes también son, por supuesto, “mujeres reales”. No podemos tirar abajo a los demás para hacernos sentir mejor. La positividad corporal se aplica a todos los cuerpos, no solo a los que se asemejan al tuyo.

No toleres las conversaciones negativas
Esto es, palabras negativas por tu parte, por la de tus amigos, por la de tu familia y por la de los medios. Cuando estés diciendo o pensando algo negativo sobre ti mismo, intenta parar. Llamar la atención a los demás por su comportamiento puede serte difícil, así que no te preocupes si no consigues hacerlo. Puedes intentar decirles a tus amigos que lo que están diciendo te incomoda, explicarle a tu madre que no te gusta cuando te habla sobre tu peso o usar las redes sociales para castigar a las compañías que usan mensajes problemáticos.

Di cosas positivas
Esta es muchísimo más fácil. Cuando te mires en el espejo, en lugar de pensar que estás muy gorda o muy delgada, piensa en lo bien que tienes el pelo, lo bonitos son tus ojos o cuánto te gusta la camiseta que llevas puesta. O hazte un favor incluso más grande y piensa en lo buena amiga que eres, lo mucho que te gusta el ensayo que estás escribiendo o cualquier otra cosa que no tenga nada que ver con la apariencia. También di cosas positivas sobre tus amigos, una vez dichas, todo el mundo se sentirá mejor.

Rodéate de gente que tenga “positividad corporal”
Esto no significa que abandones a todos tu amigos y te hagas otros nuevos, pero si algunos de tus amigos o conocidos exudan una seguridad en sí mismos que te encantaría tener, intenta pasar más tiempo con ellos. Esto es excepcionalmente fácil de lograr por Internet. Lee blogs de moda de gente de todas las formas y tamaños que sean felices con como son y celebra la diversidad. Si Gabi Fresh se siente segura en un bikini, ¡tú también puedes!

No te tortures cuando no funcione. Date cuenta de que todo el mundo pasa por eso
Esta es la parte más difícil. Hay días en los que sé que soy bonita y genial y otros en los que me echo un vistazo en el espejo y me quiero esconder bajo las sábanas. Estos momentos no te sentarán tan mal cuando te des cuenta de que todo el mundo los tiene. Tu amiga con el talle 36 y el cuerpo que tú quisieras tener, probablemente envidie lo grandes que son tus pechos. Tu amiga con el culo perfecto puede que prefiera poder comprar pantalones tan rápido como tú.

Cuando te des cuenta de que todos tenemos estas inseguridades, irás perdiendo poco a poco lo celos. Cuando veas que esas personas que piensas que son hermosas y adorables, tienen problemas para verlo por sí mismas, te darás cuenta de que tus amigos no te mienten cuando te dicen que eres hermosa y adorable.

Voy a terminar esto con una cita de la blogger Mara Glatzel, probablemente lo explique mejor:

“Es difícil ser gorda. No importa lo mucho que te digas lo sexy, talentosa, increíble, valiosa, fabulosa e inteligente que eres, hay demasiadas respuestas negativas contra las que enfrentarse… Y garantizo con total seguridad que dentro de cada modelo a seguir sobre positividad corporal hay una pequeña noción de duda y miedo; y de vez en cuando, cuando se siente un poco vulnerable, hasta la más dura, la más increíble, puede caer en esto, aunque se niegue a admitirlo. Incluso diré que lo creo tan profundamente que cualquiera que te diga lo contrario está mintiendo. Esto no significa que debamos sucumbir ante los estándares culturales y dejar que la debilidad nos haga caer de rodillas cuando alguien nos llama gordos; seguiremos luchando y amándonos a nosotros mismos de todas formas y seguiremos siendo modelos a seguir para las otras mujeres que nos vean como ejemplos, PERO hay que dejar espacio para la sinceridad en esta ecuación. Y, ¿honestamente? No siempre es fácil ser una guerrera por la Positividad Corporal.”

Y serlo en el campus universitario no es fácil. (Soy una de las pocas personas gordas en el mío y a veces es horrible.)

Con suerte, tanto si eres gordo o delgado, con curvas o sin ellas, hombre o mujer, ahora también te estás convirtiendo en un guerrero de la Positividad Corporal seguro de sí mismo, pero para esos días en los que no puedas seguir soportándolo, recuerda que no estás solo.

El fin del matrimonio tradicional

2 Ago

Escrito por: Kat Kelley y Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

Aquellos que defienden el “matrimonio tradicional”, que temen porque la legalización del matrimonio entre dos personas del mismo sexo amenaza esa institución sagrada, puede que tengan razón. Aleluya.

El movimiento para los derechos de la comunidad queer, particularmente la parte que busca la legalización del matrimonio gay, ha recorrido un camino nunca antes visto. En 2001, Holanda se convirtió en el primer país que concedía el derecho al matrimonio homosexual. A partir de entonces, Bélgica, España, Canadá, Sudáfrica, Noruega, Suecia, Portugal, Islandia, Argentina y Dinamarca han seguido sus pasos. Massachusetts fue el primer estado de EEUU que legalizó el matrimonio gay y otros ocho lo imitaron (Connecticut, Iowa, New Hampshire, Nueva York, Vermont, Maine, Maryland y Washington).

Y el diálogo convencional se alteró radicalmente. Mientras que en 2009 Bill O’Reilly (presentador de televisión en EEUU) aseguró que permitir que se casaran parejas de un mismo sexo conllevaría, como es natural, la legalización del matrimonio entre distintas especies, ahora está a la defensiva afirmando que “la mayor parte de los medios de comunicación ni siquiera considera el punto de vista tradicional del matrimonio”. Se acabaron los días en los que personalidades dignas se metían en callejones sin salida con malos argumentos o se atrevían a usar la palabra “abominación” al hablar de la comunidad gay (es broma, parece que los gays son una amenaza mayor que el terrorismo). Ahora, el argumento más fuerte contra el matrimonio homosexual es la defensa del “matrimonio tradicional”.

“Tradicional” es uno de los términos más irónicos del lenguaje. Nada en la sociedad humana es estático. No existe un “matrimonio tradicional”. El matrimonio evolucionó y cambió con cada generación. Así que, sí, el matrimonio entre dos personas del mismo sexo amenaza lo que entendemos actualmente como “matrimonio tradicional”, lo que es jodidamente bueno.

Históricamente (“tradicionalmente”), el matrimonio era poco más que una transacción comercial en la que la mujer era un pedazo de propiedad, parte del trueque que beneficiaba a su padre y a su marido. Las mujeres tenían pocos o ningún derecho en lo que respectaba al matrimonio y estaban controladas por completo por sus maridos. La sociedad las veía como poco más que una esclava que residía allí, alguien que cocinaba la cena, limpiaba la casa y criaba a los niños, imagen que se transformó en la de la mujer “ideal”. No existía tal concepto como el de casarse por amor, eso llegó más tarde, cuando la sociedad comenzó a idealizar el matrimonio y la “santidad” de las relaciones entre hombres y mujeres. Las décadas de los 50 y los 60, por ejemplo, están llenas de imágenes del ama de casa “perfecta” y su familia “perfecta” (dos hijos, un padre que los mantiene y una mujer que siempre tiene comida en la mesa, de voz suave y que se las ingenia para estar siempre perfecta, todos resguardados y calentitos gracias al amor). De la década de los 50 en adelante, esta imagen se convirtió en el ideal social del “matrimonio tradicional” y a nadie le importaba el hecho de que incluso durante esos años resultaba irreal e inalcanzable para la gran mayoría de los estadounidenses ni que la familia y el matrimonio actual no se parecen en nada a todo eso. Con un índice de divorcio en el 50% o más, ¿quién podría decirme seriamente que el mundo está lleno de familias felices? El “matrimonio tradicional” es una institución opresiva, envuelta en capas de heteronormatividad, roles de género restringidos y mentiras. Pero ahora, con el esfuerzo internacional para legalizar el matrimonio homosexual, tengo que preguntarlo: ¿de verdad nos queremos meter ahí?

La lucha por la igualdad matrimonial es un paso importante para la comunidad queer, pero es importante echarse para atrás y ver cuáles son las implicaciones de lo que estamos pidiendo: que la comunidad queer quiere integrarse en la comunidad heterosexual, heteronormativa. Las imágenes que se ven de dos mujeres en vestidos de novia o dos hombres en traje, a punto de casarse, pertenecen a los estándares heteronormativos, la idea es que solo hay una forma de tener una familia funcional o una relación “real”: casándose. Para empezar, ¿qué significa el matrimonio? ¿Y cómo es que esa etiqueta de repente hace la relación más legítima que antes? Pedir el derecho de casarse no solo significa que estamos dispuestos a dejar de lado nuestra identidad queer con el fin de ser aceptados en esta institución opresiva, sino que también tenemos la necesidad de pedir la aprobación de la sociedad, su bendición (literalmente). Aceptar estos estándares, incluso por el interés en cuanto a igualdad legal para la comunidad queer, es todavía una forma de opresión que perpetúa los estereotipos de género y la estricta definición de nuestra sociedad de lo que es una relación valida o una familia. Sin la libertad para explorar y re-definir las relaciones, siempre habrá un grupo marginal y el matrimonio siempre será, de un modo u otro, una institución opresiva. Estamos intentando encajar en una institución corrupta, que no nos quiere y aunque lo hiciera, no sabría que hacer con nosotros. Como ya he dicho, las normas de género envuelven el matrimonio, incluso en la representación de matrimonios homosexuales, pero, ¿qué pasa cuando uno o ninguno se identifica como hombre o mujer? ¿Qué pasa con las relaciones polígamas si mantenemos el matrimonio como algo únicamente entre dos personas? En nuestra lucha por la igualdad, por huir del estatus de segunda clase, nos hemos desesperado tanto por ser “como vosotros” que estamos dispuestos a sacrificar al resto de la comunidad queer. En lugar de intentar formar parte de un sistema corrupto, necesitamos re-definirlo por completo, destruirlo y comenzar de nuevo. Debemos enfocarnos en conseguir igualdad legal, no aceptación institucional, y averiguar como cambiar otras normas sociales e instituciones para luchar contra la opresión en todos sus niveles.

Esta transformación, esta evolución del matrimonio es ideal, no solo para la comunidad queer, sino para todas las parejas casadas o considerándolo. Existe la diferencia de sueldo y todavía permitimos que la biología restrinja las elecciones de las mujeres. Las probabilidades de que una mujer sea contratada caen en un 44% después de su primer hijo y su salario en un 11%. Las posibilidad de las mujeres (y los hombres) todavía se dictan por arquetipos de roles de género, debido a las expectativas y presiones de la sociedad y de la familia, así como por la falta de recursos y apoyo para las madres y aquellos intentando evitar o lidiar con la maternidad.

Sin embargo, en el matrimonio homosexual, los roles no se determinan por el género. Puede que uno de la pareja sea el sustentador y el otro sea más responsable de las tares domesticas, no obstante, los roles de género no son el estándar. El matrimonio y la paternidad compartida requieren compromiso, por lo que los roles pueden ser rígidos, flexibles o inexistentes.Y aunque uno o ambos de la pareja pueda tener que hacer sacrificios en un matrimonio gay, dichas elecciones parecen estar más meditadas y la base no es simplemente cromosómica.

Los cimientos del matrimonio no son entonces meras expectativas familiares o sociales ni roles de género ni unidades normativas de acuerdos sociales, sino relaciones en sí mismas.

Por qué no quiero hacer un trío contigo

1 Ago

Escrito por: Meghan Ferguson
Traducido por: Verónica Han

“¿Así que te gustan las chicas? ¿Harías un trío conmigo?”

“Ah, ¿eres lesbiana? ¡Qué sexy!”

“Deberían intentar liarse con chicos.”

“¿Puedo participar?”

Una pregunta que me han hecho demasiadas veces. La primera reacción de muchos chicos cuando descubren que soy lesbiana. Algo que me gritaron por la calle mientras besaba a una chica. Una pregunta que me han hecho mientras bailaba y me liaba con una chica.

Decir que son preguntas es ser demasiado cortés, son más bien exigencias disfrazadas con palabras educadas, porque, claramente, ¿por qué no querría hacer un trío con un chico? Quiero decir, siempre ha sido mi sueño, así que debería estar encantada, no, honrada, porque un chico me dé esa oportunidad. Qué suerte tengo.

El mercado del porno heterosexual ha contribuido, si no creado, esta fascinación con las mujeres teniendo sexo entre ellas y se ha filtrado a las actitudes convencionales. Por lo que si un chico me pregunta si haría un trío con él o si puede “participar” en el baile entre otra chica y yo, se trata de él asumiendo que mi relación, mi expresión de mi sexualidad, el placer que me da la compañía de una chica, solo vale para su entretenimiento y goce, sin tener nada que ver con mi propio deseo. Hay quien puede pensar que esto no es más que inofensiva diversión y a veces los chicos solo bromean, pero el propósito de una acción puede ser totalmente distinto a la forma en que esta se desarrolla. En este caso, lo que puede pretender ser un chiste suena, en el mejor de los casos, ignorante, o, en el peor, ofensivo y amenazador.

Otra parte de esta misma cultura es la suposición de que todas las mujeres se sienten atraídas por los hombres. No puedo ni contar las veces que salí de fiesta y mientras bailaba con una chica, disfrutando claramente, un chico cualquiera se acercó por detrás de alguna de las dos e intentó bailar con nosotras. Perdón, ¿parezco interesada? Primero, no te invité. Y en segundo lugar, este es un bar gay. Algo así como un establecimiento que satisface principalmente a la comunidad LGBTQ, así que es muy posible que cuando veas a dos chicas bailando juntas sea porque son gays. Llámame loca, pero puede que eso exista. También escuché historias de chicas a las que les entraron hombres en bares lésbicos. Bares lésbicos. ¿¡En serio!? Eso sí, no estoy diciendo que todas las mujeres en un bar lésbico se sientan o debieran sentirse atraídas únicamente por mujeres, pero cuando un chico hace algo así, supone que todas las mujeres que están allí quieren, en secreto, un hombre. 

Este patrón de comportamiento no se limita al mundo de mujeres queer, es el mismo proceso de pensamiento que alimenta los silbidos, el acoso en la calle y tantos otros problemas. Esta es la idea de que nuestra mera existencia como mujeres da a los hombres el derecho de objetivizarnos y usarnos para su propio placer sin nuestro consentimiento. Así que nada, la próxima vez que esté con una chica, que sepas que no lo hacemos para entretenerte ni para llamar la atención, que no es que “todavía no encontré al chico adecuado” y que no, no quiero hacer un trío contigo.