La primera vez que me llamaron puta fue a los 13

24 Jul

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

Todavía hay veces, cuando me entretengo frente al espejo unos segundos,

no muy segura de qué tienen que ver estos pómulos o estas rodillas llenas de cicatrices con la pasión por las políticas sanitarias o el apetito por viajar,

o cuando vuelvo a casa, con los tacones en las manos y la mirada en mis pies, evitando los ojos de las familias vestidas color pastel que entran en la Iglesia de la Santa Trinidad una mañana de domingo,

en las que aún me evalúo, aún deduzco mi valía por mi apariencia y el valor que me asignan los hombres.

Y esto lo hago porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13.

Me llamaron puta, Chloe* y Morgan*, porque besé a un chico en una fogata, durante un juego de verdad o consecuencia. Chloe pensaba que el chico era lindo y él se mantenía al nivel de los chicos mayores en el skatepark, pero yo no sabía nada de su enamoramiento. Solo sabía que el chico sí que era lindo y que sí se le daba bien patinar y que yo no pensaba echarme atrás durante un verdad o consecuencia. Me llamaron puta y dejaron de hablarme hasta el backstage de la obra de teatro, cuando Chloe y él comenzaron una relación íntima en la que no se reconocían en la cafetería pero se quedaban hasta tarde chateando.

Me llamaron puta y aprendí que las mujeres imponen el doble rasero y la putificación entre ellas como los hombres. Me llamaron puta y aprendí que el “los amigos antes que las zorras” significaba algo totalmente distinto para las mujeres, que Morgan y Chloe abandonarían a esta “zorra” porque codiciaban a este “amigo”.

Me llamaron “rompe-corazones”, a los 8, mientras me apoyaba contra mi madre, cansada después de un día de pileta. “Ella será una rompe-corazones y aquella”, sonrió a mi hermana, “será un dolor de cabeza”. A los 8 ya sabía que yo era la que codiciaban, considerada una rompe-corazones, no un audaz dolor de cabeza. Más tarde, mi hermano me molestó por mis dientes de conejo, y cuando su amigo Ryan* dijo que mis pecas eran bonitas, casi me desmayo.

Me llamaron rompe-corazones y aprendí que mi relación con los hombres, incluso adultos, que me sonreían como si fuera su propia hija, incluso profesionales, con sus maletines, siempre estará corrompida por el valor de la belleza y la tragedia de una complexión desigual, los días de pelo incorregible y la temible báscula.

Me llamaron zorra a los 14 e institucionalizaron mi título. Se expandió por la clase un código, KIAW, que alguien gritaba espontáneamente en los pasillos, como el maullido de un gato, durante las tres últimas semanas de octavo curso. Jake* y Mark*, populares por su habilidad en basket, me gritaban KIAW mientras entraba en clase o cuando subía al autobús escolar. “Significa que les gustas”, me dijo Hannah*sabiamente, pero después de un día entero firmando anuarios, supe lo que realmente quería decir. “Lo siento”, Jake se miró los pies. “Kathleen Is A Whore (Kathleen es una zorra), creíamos que sería divertido, solo entre Mark y yo, pero después todo el mundo empezó a decirlo”. “¿Todos saben lo que significa?”, pregunté, conteniendo el aliento. “Seehh…”, los ojos pegados en sus Vans, sí, cada uno de estos estudiantes con los que has ido al colegio los últimos 9 años piensan que eres una zorra.

Me llamaron zorra y aprendí que mi historial “sexual” era infinitamente más relevante en mi vida social y me definía mucho más que el discurso que dí esa noche por tener las mejores notas, a pesar de que cité a gente muy inteligente sobre la que habíamos leído en historia y de que mis profesores les dijeron a mis padres que tenía mucho potencial. Me llamaron zorra porque me escapé de casa una noche para encontrarme con mi novio de secundaria en la playa y porque vestía camisetas de tirantes y aprendí que la clave tanto para enemigos como admiradores, y aún más importante, para recibir atención como mujer, no era éxito, sino sexo.

Me llamaron puta en una página anónima de Facebook, contaban mis encuentros sexuales mientras cantaban las letras de los himnos de sus equipos, suplicaban historias en juegos para beber. Las mujeres se unían cuando descubrían mi implicación con algún interés romántico suyo y los hombres dejaban de ser amigos míos cuando se daban cuenta de que no tenía ningún interés en tirármelos.

Por lo que todavía lucho para proteger mi valía de la influencia de la belleza y las tallas, de con quién me he acostado y de quién piensa que merezco su tiempo, porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13 y todavía tienen que demostrarme si valgo algo más que eso para ellos.

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*Todos los nombres han sido modificados.

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