Créeme: No eres inadecuada

15 Jul

Escrito por: Morgan McDaniel
Traducido por: Verónica Han

“Nunca me siento lo suficientemente buena”, dijo mi compañera. “Siempre siento que mis amigos y amigas están haciendo cosas más impresionantes que yo. No importa lo que haga, siempre me siento inadecuada”.

Era la última hora de clase del semestre y el tono de la conversación se había vuelto íntimo y de confidencia. El profesor asintió. “Bueno. ¿Quién más se siente así?”

Levanté mi mano y con timidez miré alrededor. La clase era en su mayor parte mujeres, incluyendo algunas a las que admiraba, mujeres con las que me había comparado antes de levantar la mano. Cada una de esas manos estaba levantada.

En ese momento, sentí alivio a la vez que una profunda tristeza. Alivio al darme cuenta de que no estaba sola y tristeza puesto que tantos otros sentían esa aplastante presión para llegar a una meta inalcanzable.

El segundo semestre de mi tercer año, al volver del que hice en el extranjero y de sentirme aislada, me vi atrapada en una espiral de auto-desconfianza y culpándome a mí misma por ello. Estaba sobrepasada por el sentimiento de que, a pesar de mi tiempo de prácticas, de mis anteriores posiciones de liderazgo y de unas notas increíbles, ya me había fallado a mí misma.

Me sentía inútil. La confianza con la que me había movido sin pensármelo dos veces cuando estaba en casa e iba al secundario, cuando era un pez gordo en un pequeño estanque, se desmoronó. Cualquier logro me parecía ahora trivial comparado con lo que todos los demás estaban haciendo. Si fuese lo suficientemente buena, sería la presidenta de alguna organización, preferentemente, una que haya fundado yo misma. Tendría un grupo de amigos que saliesen bien en las fotos de Facebook, con los que salir todas las noches y pasarlo bien, ir a eventos culturales las tardes de los domingos en primavera. Correría maratones. Trabajaría demasiado como para dormir lo suficiente, pero daría igual por lo involucrada y apasionada que estaría.

Intenté ignorar ese sentimiento y hacerlo desaparecer. Pero eso solo me hacía sentir peor. Porque claro, no desaparecía. Me desmotivaba, era incapaz de gastar energía en comenzar nuevos proyectos y me odiaba por dormir ocho horas cada noche y ver aturdida la tele en lugar de “ser productiva”. Algunas noches, la desesperación iba tan lejos que lo único que podía hacer era llamar a mi madre a las dos de la mañana, sollozando sin razón alguna – sentada en los fríos azulejos del baño con la puerta cerrada para que mi compañera no lo supiera. Para cuando me di cuenta de que había una palabra para lo que sentía, depresión, el semestre ya había terminado y era hora de hacer las maletas.

Demasiado tarde supe cuanta gente se sentía de este modo, aunque nadie hable de ello. Me chocó darme cuenta de que no era la única pasando por eso, que incluso la mayoría de aquellos compañeros que admiraba se sentía inadecuados, que la fachada con la que me comparaba sin compasión ni piedad no existía. En la vida real y en Internet, estamos acosados permanentemente por el efecto Facebook. Los logros de cada uno de nosotros son públicos pero sus inseguridades invisibles. Crea un círculo vicioso. Nos alimentamos de los éxitos de los demás, intentando competir contra un horizonte que se aleja, uno que no podemos conseguir, lo que nos hace sentir menos valiosos.

Pareciera que este impulso interno, destructivo, hacia la perfección, es un fenómeno que se da más bien entre las mujeres. Por supuesto, es posible que lo crea porque he hablado más del tema con mujeres y no significa que los hombres no sufran ansiedad, depresión y la asfixiante presión de lograr distintas metas, porque sí que lo hacen. Pero es a las mujeres a las que se les enseña que deben ser complacientes desde el primer día y quienes por algún motivo son incapaces de decir que no. Courtney Martin lo explica en su libro “Chicas perfectas, hijas hambrientas”, con una frase que me dio escalofríos la primera vez que la leí:

“Somos las chicas con trastornos de ansiedad, agendas llenas, planes de cinco años. Nos tomamos a nosotras mismas muy, muy en serio. Somos las mediadoras, las ingenuas bienhechoras, las generosas, las salvadoras. Llegamos a tiempo, preparadas por demás, muy leídas, ingeniosas, intelectualmente curiosas, siempre en movimiento… Nos enorgullecemos de dormir tan poco como podamos y de privarnos de cualquier privilegio… Somos implacables, nos criticamos a nosotras mismas, perdonamos… Somos las hijas de las feministas que dijeron “puedes ser cualquier cosa” y entendimos “tienes que serlo todo”.

Al hablar con más mujeres en el campus me di cuenta de lo bien que sus experiencias reflejan las mías. Sí, entendemos que la gente necesita tiempo para cuidar de ellos mismos -para dormir, comer bien, tomarse su tiempo para descansar cuando están muy estresados -, pero eso es algo que los otros necesitan hacer, no nosotras. Si fuéramos tan fuertes como nos obligamos a ser, podríamos continuar. En su lugar, bebemos demasiado y volvemos a casa por la mañana desde lo de un chico más*. Esperamos que nadie note cuántas comidas nos saltamos o cuánto tiempo pasamos en el gimnasio. Pero aún así no estamos a la altura de nuestros estándares y no nos hace sentir mejor con nostras mismas.

Necesitamos ayuda, pero no sabemos cómo pedirla. La razón por la que nunca les pregunté a mis amigos es porque tenía miedo de que dijeran que no. Realmente pienso que queremos preocuparnos los unos por los otros y que el espíritu de servicio a la comunidad se prolonga hasta aquellos que sentimos más próximos. No era por eso. Era porque no sentía que pudiera preguntar, pues todos estaban muy ocupados con cosas tan increíbles e importantes. No quería ser un carga o una aguafiestas. Y no quería que creyeran que no podía aguantar la presión.

Necesitamos hablar del tema. Es difícil pedir ayuda porque significa que hemos fallado en conseguir la meta más básica de todas, esa por la que luchamos durante años: autosuficiencia, una perfección sin esfuerzo. Pedir ayuda, aceptar que podemos ser personas valiosas, que merecen amor y amistad, incluso si no conseguimos unas prácticas o ganamos unas elecciones o sacamos un diez. Todo esto es sorprendentemente complicado y lucho cada día para conseguirlo.

Ya somos líderes de la justicia social, expertas y compasivas, sabemos como ser amables con los demás. Necesitamos ser más amables con nosotras mismas.

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*Esto no significa que beber alcohol o tener sexo casual sea inherentemente malo o insalubre. El contexto personal es clave.

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