Archivo | julio, 2013

La primera vez que me llamaron puta fue a los 13

24 Jul

Escrito por: Kat Kelley
Traducido por: Verónica Han

Todavía hay veces, cuando me entretengo frente al espejo unos segundos,

no muy segura de qué tienen que ver estos pómulos o estas rodillas llenas de cicatrices con la pasión por las políticas sanitarias o el apetito por viajar,

o cuando vuelvo a casa, con los tacones en las manos y la mirada en mis pies, evitando los ojos de las familias vestidas color pastel que entran en la Iglesia de la Santa Trinidad una mañana de domingo,

en las que aún me evalúo, aún deduzco mi valía por mi apariencia y el valor que me asignan los hombres.

Y esto lo hago porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13.

Me llamaron puta, Chloe* y Morgan*, porque besé a un chico en una fogata, durante un juego de verdad o consecuencia. Chloe pensaba que el chico era lindo y él se mantenía al nivel de los chicos mayores en el skatepark, pero yo no sabía nada de su enamoramiento. Solo sabía que el chico sí que era lindo y que sí se le daba bien patinar y que yo no pensaba echarme atrás durante un verdad o consecuencia. Me llamaron puta y dejaron de hablarme hasta el backstage de la obra de teatro, cuando Chloe y él comenzaron una relación íntima en la que no se reconocían en la cafetería pero se quedaban hasta tarde chateando.

Me llamaron puta y aprendí que las mujeres imponen el doble rasero y la putificación entre ellas como los hombres. Me llamaron puta y aprendí que el “los amigos antes que las zorras” significaba algo totalmente distinto para las mujeres, que Morgan y Chloe abandonarían a esta “zorra” porque codiciaban a este “amigo”.

Me llamaron “rompe-corazones”, a los 8, mientras me apoyaba contra mi madre, cansada después de un día de pileta. “Ella será una rompe-corazones y aquella”, sonrió a mi hermana, “será un dolor de cabeza”. A los 8 ya sabía que yo era la que codiciaban, considerada una rompe-corazones, no un audaz dolor de cabeza. Más tarde, mi hermano me molestó por mis dientes de conejo, y cuando su amigo Ryan* dijo que mis pecas eran bonitas, casi me desmayo.

Me llamaron rompe-corazones y aprendí que mi relación con los hombres, incluso adultos, que me sonreían como si fuera su propia hija, incluso profesionales, con sus maletines, siempre estará corrompida por el valor de la belleza y la tragedia de una complexión desigual, los días de pelo incorregible y la temible báscula.

Me llamaron zorra a los 14 e institucionalizaron mi título. Se expandió por la clase un código, KIAW, que alguien gritaba espontáneamente en los pasillos, como el maullido de un gato, durante las tres últimas semanas de octavo curso. Jake* y Mark*, populares por su habilidad en basket, me gritaban KIAW mientras entraba en clase o cuando subía al autobús escolar. “Significa que les gustas”, me dijo Hannah*sabiamente, pero después de un día entero firmando anuarios, supe lo que realmente quería decir. “Lo siento”, Jake se miró los pies. “Kathleen Is A Whore (Kathleen es una zorra), creíamos que sería divertido, solo entre Mark y yo, pero después todo el mundo empezó a decirlo”. “¿Todos saben lo que significa?”, pregunté, conteniendo el aliento. “Seehh…”, los ojos pegados en sus Vans, sí, cada uno de estos estudiantes con los que has ido al colegio los últimos 9 años piensan que eres una zorra.

Me llamaron zorra y aprendí que mi historial “sexual” era infinitamente más relevante en mi vida social y me definía mucho más que el discurso que dí esa noche por tener las mejores notas, a pesar de que cité a gente muy inteligente sobre la que habíamos leído en historia y de que mis profesores les dijeron a mis padres que tenía mucho potencial. Me llamaron zorra porque me escapé de casa una noche para encontrarme con mi novio de secundaria en la playa y porque vestía camisetas de tirantes y aprendí que la clave tanto para enemigos como admiradores, y aún más importante, para recibir atención como mujer, no era éxito, sino sexo.

Me llamaron puta en una página anónima de Facebook, contaban mis encuentros sexuales mientras cantaban las letras de los himnos de sus equipos, suplicaban historias en juegos para beber. Las mujeres se unían cuando descubrían mi implicación con algún interés romántico suyo y los hombres dejaban de ser amigos míos cuando se daban cuenta de que no tenía ningún interés en tirármelos.

Por lo que todavía lucho para proteger mi valía de la influencia de la belleza y las tallas, de con quién me he acostado y de quién piensa que merezco su tiempo, porque la primera vez que me llamaron puta fue a los 13 y todavía tienen que demostrarme si valgo algo más que eso para ellos.

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*Todos los nombres han sido modificados.

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Campaña de Dove para la Belleza Real: Como acabar con las “conversaciones de peso” y alentar a las mujeres a quererse

22 Jul

Escrito por: Erin Riordan
Traducido por: Verónica Han

Este artículo se publicó originalmente en Policy mic como parte de su skillshare feminista.

Un estudio reciente de Psychology of Women Quarterly mostró que un 93% de las mujeres en edad universitaria entabla “conversaciones de peso” (conversaciones en las cuales las mujeres critican su propio peso y su cuerpo con sus amigas). En este estudio, la “conversación de peso”, consiste en una mujer haciendo comentarios de auto-crítica sobre su cuerpo, solo para que su amiga la calme y prosiga ella misma con observaciones negativas sobre su propio cuerpo. Las escenas descritas en el estudio y en el New York Times reflejan de forma escalofriante una escena de la película Mean Girls. Regina, Karen y Gretchen se paran frente a un espejo indicando todos sus defectos, después se giran hacia Cady, la chica nueva, esperando que se critique a sí misma. Las críticas de Cady no parecen estar al nivel y las demás no se impresionan, se irritan.

Hay una concienciación general sobre la existencia de expectativas insalubres, irreales y peligrosas sobre la apariencia y los cuerpos de las mujeres. Sin embargo, la concienciación no es la misma en cuanto al estándar igual de real según el cual las mujeres no deberían tener permitido sentirse bien con su cuerpo. Puede que las mujeres quieran mayor autoestima y una imagen positiva de sí mismas y que lo deseen también para las mujeres que conocen, pero una gran mayoría entra en comportamientos de castigo que solo reafirma la norma de la baja autoestima y el odio al propio cuerpo, no solo para sí, también para sus amigas. En lugar de alentar a las mujeres a estar seguras en, y de, sí mismas, hay comportamientos específicos y normas sociales que alientan a las mujeres a que consigan esta seguridad y aprobación únicamente desde fuentes externas, en lugar de buscarla en ellas mismas.

Cuando la Campaña de Dove por la Belleza Real lanzó su ahora infame anuncio hace ya unos meses, hubo alabanzas inmediatas, así como respuestas negativas contra el vídeo, y con razón. El vídeo es problemático por una gran serie de motivos, incluso por la forma en que refuerza las normas sociales en cuanto a mujeres, cuerpos, autoestima y apariencia. Ahora, otra vez, hay un mensaje que subraya que una mujer es aún más bella cuando no se da cuenta (como One Direction también podría hacerte creer) y que es bueno cuando el resto de la gente percibe su belleza en mayor nivel que ella misma. Mientras que aumentan los mensajes que pretenden alentar a las mujeres a sentirse bien consigo mismas y con su cuerpo, una parte muy pequeña de los medios y de sus mensajes sugieren que ese autoestima venga de dentro.

Que el 93% de las mujeres mantenga “conversaciones de peso” no resulta sorprendente. No espero que este número se reduzca significativamente en los próximos años, especialmente si el mensaje actual sobre el cuerpo femenino se mantiene como está. Más allá de la reducida definición de belleza que la cultura estadounidense presenta, la parte pública está haciendo muy poco dirigido a las mujeres y su valía. En cambio, se les dice que mientras que ellas deberían sentirse siempre imperfectas y como si no diesen la talla, está bien si los demás notan su belleza, y se presenta estos elogios externos como la mejor herramienta para aumentar el autoestima de una mujer. Esto se refleja perfectamente con la práctica de “conversaciones de peso”, en las que las mujeres se critican incesantemente mientras reciben cumplidos de los que las rodean.

Puede que esto parezca un sistema que todavía palia la negativa imagen del propio cuerpo, pero no anima a las mujeres a que realmente se relacionen consigo mismas y con su cuerpo en un nivel más profundo y que encuentren fuentes de confianza y se valoren desde su interior. Básicamente, las “conversaciones de peso” no solo significa que las mujeres siguen experimentando y expresando unos niveles de baja autoestima muy altos, sino que también significa que las mujeres continúan buscando consuelo y autoestima fuera de ellas, algo que solamente puede provenir de dentro. Si queremos un mundo en el que las mujeres se sientan bien consigo mismas, no solo necesitamos luchar contra la reducida imagen de belleza de los medios, también contra la idea de que no está bien que una mujer se quiera a sí misma de forma abierta y pública y de que la mejor forma de encontrar autoestima es desde el exterior.

Mamás amas de casa

22 Jul

Escrito por: Claire McDaniel
Traducido por: Verónica Han

Mi madre es una de las personas más inteligentes que conozco. Es fuerte, valiente y tiene un sentido de la moda tan retorcido que le robo la ropa. Se mudó de un continente a otro para mantener nuestra familia unida, abandonó tanto solo para tener una familia, e incluso se ríe de los chistes malos de mi padre. Me gustaría ser tan valiente como ella.

Su historia es, excepto por alguna que otra mudanza intercontinental, bastante típica. Trabajó duro para sacarse el título en la Universidad de Indiana y conoció a mi padre en el proceso. Dejó la abogacía para convertirse en la bibliotecaria de Derecho cuando estaba embarazada de mí. Una vez que nos habíamos mudado a Suiza, dejó de trabajar.

Es esta última parte la que me lleva a escribir este post. En Internet, la televisión, incluso la portada del New York Times, la gente afirma que solo hay una forma real de ser madre y, gracias a Dios, ¡por fin la encontramos! Bueno, hasta la semana que viene, por lo menos.

No digo que tenga la solución a este debate de si el rol de una madre debe ser el de quedarse en casa o trabajar, aunque sí diré con certeza que el término “rol de madre” me vuelve loca. Sinceramente, no creo que haya una buena respuesta para este debate. Cada rol vale en una familia u otra, y el mundo sigue girando.

Las jóvenes de nuestra generación observamos estos problemas continuamente sobre lo que ser una madre significa y lo que supone ser la madre perfecta, y nos vamos más confusas de lo que estábamos antes de leer los comentarios de ese artículo en particular. Se nos dice que tomar la elección de quedarnos en casa significa que somos anti-mujeres y anti-feministas. Pero por Dios que no se nos ocurra volver al trabajo, porque entonces es que odiamos a nuestros hijos. Todo esto es tremendamente estúpido.

Seamos honestos, hay formas erróneas de ser madre. La negligencia materna e incluso cosas peores nos espantan desde los titulares y nos producen pesadillas. Pero dudo seriamente que una madre que agoniza entre la decisión de seguir trabajando o quedarse en casa, no importa lo que elija, será una mala madre. Cualquiera tan dedicado como para preocuparse, se seguirá preocupando.

La única respuesta verdadera es la de que cada madre llega a serlo de forma individual. Requiere coraje, requiere un sentido muy fuerte de sus propios límites y mucha reflexión. Al fin y al cabo, no creo que lo que una madre elija hacer con su vida importe. Es el hecho de que elija lo que marca la diferencia.

Miro a mi madre y sé que ha tomado una decisión, una difícil, y la respeto aún más por ello. Su fuerza y su habilidad para encargarse de mi molesto hermano menor, me hacen desear ser tan dura como ella. Lo mejor que una madre puede ser es un modelo a seguir, tanto si se queda en casa como si trabaja a tiempo completo, o algo intermedio.

Una parte de mí, la misma vena terca que se negaba a comer brócoli, quiere quejarse de que quedarse en casa en lugar de trabajar muestra debilidad. Depender de alguien, incluso si es de mi adorable y bobo padre, parece estar en contra de mi casi innato sentido de la independencia. Pero miro a mi madre y todo lo que ha hecho por mi familia, todo lo que sacrificó y sé que no es débil. Es la persona más fuerte que conozco, y observar su valentía me ha hecho ser quién soy.

Doy los mismos pasos que mi madre. Lucho para mantener los ojos abiertos durante las noches de estudio en la biblioteca. Equilibro mi vida de estudiante con mis extracurriculares (a menudo agobiantes) e incluso llamo a casa de vez en cuando. Amo a mi familia. No tengo una propia y no sé qué elecciones tendré que tomar si me decido a ello en un futuro muy lejano. Todo lo que sé es que deseo que yo, y todas las mujeres, tengamos el coraje de seguir nuestras propias necesidades cuando lo hagamos.

Miro a mi alrededor, al mundo, y veo problemas reales. A las mujeres se les paga menos, tienen trabajos menos prestigiosos, se las discrimina y son acosadas sexualmente -si no agredidas- cada día de la semana. Estos son hechos incuestionables. Esto son los asuntos que definen al feminismo de nuestros tiempos, no lo que una madre elija hacer con su vida. De verdad, es tan simple como eso.

No es tu deber

15 Jul

Escrito por: Julia Hubbell
Traducido por: Verónica Han

cuando tu niña pequeña
te pregunte si es linda
tu corazón caerá como una copa de vino
en el suelo de parquet
una parte de ti querrá decir
claro que lo eres, nunca lo dudes
y la otra parte
la que te araña por

dentro

querrá sujetarla por los hombros

mirarla directamente a los pozos que son
sus ojos hasta que el eco te responda
y decir
no tienes que serlo si no quieres
no es tu deber
ambas te sentarán bien
una te sentará mejor
solo entenderá la primera
cuando quiera cortarse el pelo
o ponerse la ropa de su hermano
sentirás las palabras en tu
boca como canicas
no tienes que ser linda si no quieres
no es tu deber

“no es tu deber”

Caitlyn Siehl

Este poema me abofeteó como nada lo había hecho desde hace tiempo.

No tienes que ser linda si no quieres. No es tu deber.

Carajo.

Tantos de nuestros esfuerzos, míos por lo menos, se enfocan en conseguir que los grupos marginales entren dentro de lo convencional. Parece un trabajo inclusivo e importante. “Ampliemos la definición de la belleza para que englobe a todos los colores de piel, todos los géneros, todas los peinados y piercings”, decimos. “Aceptemos a todo el mundo en nuestra noción de belleza y conseguiremos que todo vaya mejor”.

Buen intento, pero equivocado. Aún así estamos diciendo que hay una forma de ser “correcta” y esta consiste en ser lindo. Es un avance desde el siglo XVIII, cuando también había una forma correcta de ser lindo, pero en lo fundamental, no estamos diciendo nada nuevo.

No tienes que ser linda si no quieres. No es tu deber.

Este poema tiene razón, quiero decirle a mi hija que es hermosa. Quiero que sepa que con cada fibra de mi ser creo que es la criatura más hermosa del planeta. ¿Cómo no voy a querer hacerlo, si cada día es bombardeada con anuncios que le dicen que no es lo suficientemente buena? ¿Quién podría resistir el impulso de contraatacar a esa presión con la que ella lucha cada vez que abre una revista o se mete en Internet?

Pero también quiero más que eso. Quiero que sepa que no tiene que ser linda, porque no es su deber. Puedo decirle que es tan hermosa como las modelos de las revistas. Es una de las formas de manejarlo. O puedo decirle que las modelos de las revistas no importan. Es la diferencia entre decir “no te preocupes, ¡ya eres como ellas!” y “no te preocupes por las modelos, no tienes que ser ellas”.

Este poema también me hace pensar en el fat movement (el cual, perdonen mi ignorancia, descubrí recientemente. Aún estoy aprendiendo). Este se puede llevar a cabo bien o mal. Puede conquistar la idea de que la gordura es bonita. Puede forzar a la sociedad a enfrentarse a nuestra todavía reducida definición de belleza y ampliarla un poquito más. No es una mala batalla. Pero la de mayor alcance, la que tendrá un impacto más duradero, es la de rechazar la idea de que alguien tiene que ser lindo para que sea aceptado. El movimiento tiene la oportunidad de dejar de pedir la aceptación dentro de algo que ya está ahí y ayudar a crear un espacio nuevo, en el que la gente esté realmente liberada.

No tenemos ninguna necesidad de decirle a la gente que es linda, sugiere que ser lindo tiene algún valor.

Voy a intentarlo, voy a dejar de halagar a los demás por su “lindura”. Las personas pueden ser maravillosas, increíbles, asombrosas, impresionantes, apasionadas, salvajes, completos desastres. ¿A quién carajo le importa si alguien te parece “lindo”? Nadie tiene tiempo para eso.

No puedo esperar el día en el que mi hija finalmente entienda lo que estuve toda la vida intentando decirle con palabras rotas y frases desordenadas.

No tienes que ser linda si no quieres. No es tu deber.

Créeme: No eres inadecuada

15 Jul

Escrito por: Morgan McDaniel
Traducido por: Verónica Han

“Nunca me siento lo suficientemente buena”, dijo mi compañera. “Siempre siento que mis amigos y amigas están haciendo cosas más impresionantes que yo. No importa lo que haga, siempre me siento inadecuada”.

Era la última hora de clase del semestre y el tono de la conversación se había vuelto íntimo y de confidencia. El profesor asintió. “Bueno. ¿Quién más se siente así?”

Levanté mi mano y con timidez miré alrededor. La clase era en su mayor parte mujeres, incluyendo algunas a las que admiraba, mujeres con las que me había comparado antes de levantar la mano. Cada una de esas manos estaba levantada.

En ese momento, sentí alivio a la vez que una profunda tristeza. Alivio al darme cuenta de que no estaba sola y tristeza puesto que tantos otros sentían esa aplastante presión para llegar a una meta inalcanzable.

El segundo semestre de mi tercer año, al volver del que hice en el extranjero y de sentirme aislada, me vi atrapada en una espiral de auto-desconfianza y culpándome a mí misma por ello. Estaba sobrepasada por el sentimiento de que, a pesar de mi tiempo de prácticas, de mis anteriores posiciones de liderazgo y de unas notas increíbles, ya me había fallado a mí misma.

Me sentía inútil. La confianza con la que me había movido sin pensármelo dos veces cuando estaba en casa e iba al secundario, cuando era un pez gordo en un pequeño estanque, se desmoronó. Cualquier logro me parecía ahora trivial comparado con lo que todos los demás estaban haciendo. Si fuese lo suficientemente buena, sería la presidenta de alguna organización, preferentemente, una que haya fundado yo misma. Tendría un grupo de amigos que saliesen bien en las fotos de Facebook, con los que salir todas las noches y pasarlo bien, ir a eventos culturales las tardes de los domingos en primavera. Correría maratones. Trabajaría demasiado como para dormir lo suficiente, pero daría igual por lo involucrada y apasionada que estaría.

Intenté ignorar ese sentimiento y hacerlo desaparecer. Pero eso solo me hacía sentir peor. Porque claro, no desaparecía. Me desmotivaba, era incapaz de gastar energía en comenzar nuevos proyectos y me odiaba por dormir ocho horas cada noche y ver aturdida la tele en lugar de “ser productiva”. Algunas noches, la desesperación iba tan lejos que lo único que podía hacer era llamar a mi madre a las dos de la mañana, sollozando sin razón alguna – sentada en los fríos azulejos del baño con la puerta cerrada para que mi compañera no lo supiera. Para cuando me di cuenta de que había una palabra para lo que sentía, depresión, el semestre ya había terminado y era hora de hacer las maletas.

Demasiado tarde supe cuanta gente se sentía de este modo, aunque nadie hable de ello. Me chocó darme cuenta de que no era la única pasando por eso, que incluso la mayoría de aquellos compañeros que admiraba se sentía inadecuados, que la fachada con la que me comparaba sin compasión ni piedad no existía. En la vida real y en Internet, estamos acosados permanentemente por el efecto Facebook. Los logros de cada uno de nosotros son públicos pero sus inseguridades invisibles. Crea un círculo vicioso. Nos alimentamos de los éxitos de los demás, intentando competir contra un horizonte que se aleja, uno que no podemos conseguir, lo que nos hace sentir menos valiosos.

Pareciera que este impulso interno, destructivo, hacia la perfección, es un fenómeno que se da más bien entre las mujeres. Por supuesto, es posible que lo crea porque he hablado más del tema con mujeres y no significa que los hombres no sufran ansiedad, depresión y la asfixiante presión de lograr distintas metas, porque sí que lo hacen. Pero es a las mujeres a las que se les enseña que deben ser complacientes desde el primer día y quienes por algún motivo son incapaces de decir que no. Courtney Martin lo explica en su libro “Chicas perfectas, hijas hambrientas”, con una frase que me dio escalofríos la primera vez que la leí:

“Somos las chicas con trastornos de ansiedad, agendas llenas, planes de cinco años. Nos tomamos a nosotras mismas muy, muy en serio. Somos las mediadoras, las ingenuas bienhechoras, las generosas, las salvadoras. Llegamos a tiempo, preparadas por demás, muy leídas, ingeniosas, intelectualmente curiosas, siempre en movimiento… Nos enorgullecemos de dormir tan poco como podamos y de privarnos de cualquier privilegio… Somos implacables, nos criticamos a nosotras mismas, perdonamos… Somos las hijas de las feministas que dijeron “puedes ser cualquier cosa” y entendimos “tienes que serlo todo”.

Al hablar con más mujeres en el campus me di cuenta de lo bien que sus experiencias reflejan las mías. Sí, entendemos que la gente necesita tiempo para cuidar de ellos mismos -para dormir, comer bien, tomarse su tiempo para descansar cuando están muy estresados -, pero eso es algo que los otros necesitan hacer, no nosotras. Si fuéramos tan fuertes como nos obligamos a ser, podríamos continuar. En su lugar, bebemos demasiado y volvemos a casa por la mañana desde lo de un chico más*. Esperamos que nadie note cuántas comidas nos saltamos o cuánto tiempo pasamos en el gimnasio. Pero aún así no estamos a la altura de nuestros estándares y no nos hace sentir mejor con nostras mismas.

Necesitamos ayuda, pero no sabemos cómo pedirla. La razón por la que nunca les pregunté a mis amigos es porque tenía miedo de que dijeran que no. Realmente pienso que queremos preocuparnos los unos por los otros y que el espíritu de servicio a la comunidad se prolonga hasta aquellos que sentimos más próximos. No era por eso. Era porque no sentía que pudiera preguntar, pues todos estaban muy ocupados con cosas tan increíbles e importantes. No quería ser un carga o una aguafiestas. Y no quería que creyeran que no podía aguantar la presión.

Necesitamos hablar del tema. Es difícil pedir ayuda porque significa que hemos fallado en conseguir la meta más básica de todas, esa por la que luchamos durante años: autosuficiencia, una perfección sin esfuerzo. Pedir ayuda, aceptar que podemos ser personas valiosas, que merecen amor y amistad, incluso si no conseguimos unas prácticas o ganamos unas elecciones o sacamos un diez. Todo esto es sorprendentemente complicado y lucho cada día para conseguirlo.

Ya somos líderes de la justicia social, expertas y compasivas, sabemos como ser amables con los demás. Necesitamos ser más amables con nosotras mismas.

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*Esto no significa que beber alcohol o tener sexo casual sea inherentemente malo o insalubre. El contexto personal es clave.

La friendzone es un mito sexista

11 Jul

Escrito por: Erin Riordan
Traducido por: Verónica Han

La friendzone no es real. La idea de que las amigas de todo chico bueno o nice guy le deben sexo o una relación romántica es ridícula y si crees que no es eso lo que la friendzone representa, sí que lo hace.

Puede que la película Sólo amigos lo explique de la mejor manera con la frase “Verás, cuando una chica decide que eres su amigo, ya no te ve como una opción para salir juntos. A sus ojos te conviertes en una entidad no-sexual como su hermano o una lámpara”. O el Urban Dictionary, con “Cuando se espera que apoyes a una chica que de verdad te gusta mientras ella busca un novio más inteligente, más rico o más atractivo. Hay muy poco que puedas hacer para salir de ahí sin sentirte como un cabrón. En resumen, una de las cosas más mezquinas que puede hacer una chica, tanto si se da cuenta como si no”.

Hasta cierto punto, lo que cada chico asume al afirmar que está en la friendzone es que si muestra interés por una de sus amigas, esta está de algún modo obligada a corresponder dicho interés y recompensarlo con una relación o con sexo. Todo esto es problemático por una amplia serie de razones, pero la más importante es que ignora la capacidad de elección. Todos tenemos derecho a decir “sí” o “no” al interés romántico o sexual de otro. No existe ninguna obligación de corresponder estos intereses y si alguien te rechaza no significa que sea una persona horrible, sobre todo si la persona es amiga tuya.

Entiendo que el rechazo es un asco y que duele cuando alguien que te gusta, alguien con quien quieres tener una relación o sexo o lo que sea, no te corresponde. Aún así, nadie está obligado a interesarse por ti o a querer cualquiera de esas cosas contigo. El sexo será una necesidad humana, pero no es algo a lo que cualquiera tiene derecho, por lo que nadie nos lo debe.

Subrayar la promulgación de la friendzone significa que cuando una chica rechaza las insinuaciones de un amigo, es una mala persona y es una mala persona en parte porque ve a su amigo como solo eso, un amigo. Como alguna mente brillante escribió en Internet: “La friendzone es ridícula porque las chicas no son máquinas en las que pones monedas de simpatía hasta que sale sexo”. Esta frase resalta maravillosamente el sexismo inherente en la friendzone. El hecho de que las mujeres deberían estar en cualquier modo obligadas a corresponder interés romántico o sexual, debilita por completo la noción de que las mujeres son personas autónomas con derecho a tomar sus propias decisiones, en especial las relacionadas con sus relaciones o con el sexo.

Nadie está obligado a corresponder el interés romántico. Que penalicemos y enemistemos a las mujeres que rechazan a los hombres interesados en ellas es sexista y, que llueva sobre mojado, se contrapone al pensamiento de las mujeres como iguales.

Si un chico decide que está interesado en una mujer, hay pocas medidas obvias para tomar. Si la acaba de conocer, puede mostrarle su interés y será elección de la mujer, tanto si le corresponde como si no. Si el chico no se da cuenta hasta que ya son amigos, puede decirle cómo se siente. No hay nada de malo en eso, lo que está mal es reaccionar al rechazo de esta amiga llamándola puta o zorra y quejándose de como él solo es un nice guy injustamente atrapado en la friendzone.

El ahora obsoleto Tumblr “niceguysOKCupid” documentó este fenómeno de hombres reaccionando mal al rechazo de sus amigas. (Nota: Aunque me preocupan muchas de las implicaciones en cuanto a privacidad de este tumblr, provee de una gran cantidad de pruebas de este fenómeno de nice guy y por eso le hago referencia). Perfil tras perfil, todos muestran a chicos autodenominados nice guys quejándose de las “putas mujeres que van diciendo que quieren un buen chico y pierden la cabeza por un imbécil”. Muchas páginas nuevas recogen lo más destacable de este tumblr y muestran a hombres que afirman “[ser] buenos chicos” y contestando después a preguntas como “¿Grabarías un encuentro sexual sin que tu pareja lo supiera?” con “No estoy seguro.” Pista: si no estás seguro de si grabarías o no un encuentro sexual sin el consentimiento de tu pareja, no eres un buen chico, eres un IMBÉCIL.

Otro ejemplo preocupante es el del hombre que se describe como “un científico, filósofo, ingeniero, cuentacuentos, pero sobre todo, soy un caballero” y responde a la pregunta “¿Crees que hay circunstancias en las que una persona estaría obligada a tener sexo contigo?” con un “Sí.” El número de hombres presentados en niceguysofOKCupid que responde de forma afirmativa a esta pregunta es sorprendentemente alto, algo que encuentro muy preocupante y molesto. NO existen circunstancias en las que alguien esté obligado a tener sexo, de eso se trata el consentimiento. Cada uno tiene derecho a decir sí o no a cualquier encuentro sexual, todos podemos dar o no nuestro consentimiento y tenemos derecho a que nuestra decisión sea respetada. Cuando se viola este consentimiento, la persona ha sido abusada o violada. Ningún hombre que pase por alto el consentimiento o la idea del consentimiento es un caballero o chico bueno.

Este tipo de respuestas se dan una y otra vez con los supuestos nice guys que afirman estar en la friendzone. Un caballero de la friendzone (su propia descripción, no la mía) contestó a la pregunta “Alguien flirtea contigo estando borracha. Sabes que si estuviera sobria, esta persona nunca tendría sexo casual, pero ahora parece que está dispuesta. ¿Qué haces?” con “Aprovecharme de la situación.”Aprovecharse de alguien que está borracho o es incapaz de dar consentimiento es abuso sexual, fin de la historia. La cantidad de hombres en la friendzone que malinterpretan el sexo, el consentimiento y la libre elección es ridícula y resalta el hecho de que la friendzone se basa en que a los hombres se les debe sexo y las mujeres son las que deben dárselo.

Más allá de eso, la friendzone sugiere que lo único para lo que sirven las mujeres es para el sexo. Cuando un hombre lamenta los tres años que desperdició como amigo de una mujer solo para que al final le niegue una relación romántica, invalida la idea de que esta mujer pueda tener cualquier otro valor a parte del sexual. La recompensa por ser amigo de alguien no es sexo, es amistad. Si es cierto que esta persona es amiga tuya, su amistad debería ser recompensa suficiente.

Al aumentar la atención que se le da a la friendzone, el diálogo que la rodea comienza a cambiar. Las voces que reconocen que las mujeres son personas que merecen amistad y que merecen que se respeten sus elecciones están empezando a dominar la conversación y a deslegitimizar el fenómeno de la friendzone. Con suerte, este cambio en el diálogo permitirá la muerte del nice guy y nos centraremos en los hombres en nuestras vidas que son geniales y merecedores de amistad. Y si ambas partes lo desean, más.