Frases desacertadas

5 Nov

Escrito por: Verónica Han

(Lo siguiente es una reflexión sobre las familias con padre y madre heterosexuales; las realidades son muchas, los problemas y prejuicios a los que se enfrenta cada colectivo varían.)

“Muchas mujeres deciden cuidar hijos porque quieren y no trabajan tanto como un hombre”, dice Rajoy, y yo le respondo: bendita ignorancia, señor Presidente. Déjeme que se lo explique y tenga en cuenta que si le trato de usted es por costumbre al cargo, no porque se lo merezca.

Primero, da usted por hecho que el trabajo de un hombre medio (se refiere a unas 40 horas semanales, supongo) es mayor esfuerzo que las 168 de una madre ama de casa. Bueno, está bien, 110. Digamos que mientras los hijos duermen la madre ama de casa puede disfrutar de sus horas de ocio. Unas 58 horas a la semana en las que dedicarse a sí misma, sin planchar ni cocinar ni limpiar, sin llevar a nadie al médico ni a comprar material escolar ni nada de nada. La buena ama de casa puede dedicar esas largas y maravillosas 58 horas semanales, por ejemplo, a dormir. Qué lujo eso del descanso, ¿eh, señor Presidente?

¿O tal vez es que lo entendí mal? Tal vez se refería usted a que cuidar de los hijos no puede considerarse un trabajo porque no está remunerado. Esto es como la idea de que las mujeres entraron al campo laboral con la Segunda Guerra Mundial, ¿no? Lo que venían haciendo hasta entonces no cuenta, porque el trabajo, con la sensación de autorrealización que trae consigo, con el esfuerzo reconocido y el estatus de quien lo ejerce, sólo podía ser cosa de hombres. Para qué darles ese lujo a las mujeres y a los niños que, por ejemplo, formaban parte de los negocios familiares; para qué dárselo a los que todavía lo hacen, sea en este o en cualquier otro país. Para qué vamos a concienciarnos de que mucha gente trabaja (sí, del verbo trabajar) sin recibir un sueldo a cambio.

Dejemos esa parte del debate a un lado y hágame el favor de decirme qué entiende usted por “decidir”. ¿Estamos de acuerdo en que no puedes tomar decisiones si no tienes opciones? Decimos que las mujeres eligen quedarse en casa cuidando de los hijos, pero si no se tienen los medios para pagar una guardería, tal vez no es tanta elección como parece. Si tus compañeros de trabajo, tu familia y la de tu pareja, y algún que otro amigo, te va a comentar como de pasada que no quieres a tu hijos; si al Estado le da igual que las mujeres ganen menos que los hombres por el mismo trabajo; si “hay que hacer un esfuerzo porque estamos en crisis pero ya vas a ver como pronto mejora”; si la decisión individual se basa en problemas estructurales, tal vez el juego está apañado.

Lo que sí le pido es que no tergiverse mis palabras: no le estoy echando la culpa al hombre medio que trabaja 40 horas semanales; que sí, que la culpa es del sistema, que el heteropatriarcado también les hace daño a ellos. ¿No vio todas esas películas sobre hombres blancos de mediana edad y clase media cuya masculinidad depende de que sigan trabajando? Pobrecitos, no vaya a ser que pierdan su independencia económica, ¿qué será del hombre si tiene que quedarse en casa todo el día? ¿Qué será del hombre si es su mujer quien sustenta a la familia? Pues será un padre amo de casa que trabaje 110 horas a la semana sin recibir un sueldo a cambio.

Por otro lado, la mujer que trabajaba y ya no lo hace… bueno, total, tenía trabajo como quien tiene un hobby. Si te vas al paro, tranquila, vas a poder dedicarte a la repostería y a las manualidades, que era lo que querías estar haciendo todo este tiempo, aunque no lo supieras. Háganle caso a las películas, mujeres del mundo occidental, enamórense, métanse en casa, no piensen en política y calladitas, que están más guapas, ya pasó de moda eso de tener opiniones. Otra lección de Hollywood a tener en cuenta cuando hablamos de estos temas es que no hay nada mejor que volver a un pueblo pequeño y redescubrir tus raíces, con sus arraigados roles de género. Qué bonito es el postfeminismo.[1]

Por supuesto, las mujeres tienen derecho a decidir ser amas de casa, siempre y cuando sea una decisión real.

[1] Este párrafo es pura ironía, señor Presidente, no vaya a creerse que pienso como usted.

Un viaje a través del género

16 Jul

Escrito por: Anónimo
Traducido por: Verónica Han

Este no es un artículo argumentativo o políticamente correcto, porque lo cierto es que en mi vida solo arañé la superficie de la diversidad de género y no sabría las palabras exactas. Esto no es más que una historia, o muchas, supongo. Estas son mis historias, sobre mi vida y mis sentimientos. Nada más. Una invitación para ponerse en mis zapatos durante cinco minutos y tener una perspectiva distinta a la habitual.

Con ocho años recién empezaba a cuestionármelo todo, el gran PORQUÉ. ¿Por qué hay estrellas en el cielo? ¿Por qué hay gente alta y gente baja? ¿Por qué nació mi alma en un cuerpo de niña?

No me sentía fuera de lugar en un cuerpo de mujer, pero tampoco me sentía unida a él. Si hubiese nacido tal cual soy pero en el cuerpo de un niño, habría vivido mi vida como tal con sus privilegios y sus sinsabores sin darle demasiadas vueltas. Quiero decir, incluso la forma en la que lo formulaba en mi cabeza, “mi alma… cuerpo de niña”, reflejaba que aquello que consideraba “yo” no tenía género, incluso a esa edad, aunque mi mamá insistiese en ponerme vestidos y rulos para ir a la iglesia. No me gustaba nada lo afeminado, creo que en gran medida se debía a los estigmas sociales contra las mujeres. Me sentía más libre haciendo cosas como una marimacho, cosas que no eran “propias de una jovencita”.

A los diecisiete empecé a manejar lo de la masturbación. A lo largo de los años había explorado mi cuerpo y me había enamorado de las respuestas que podía conseguir con mi propio tacto. Dejé de despotricar contra todo lo femenino y me permitía disfrutar de la ocasional falda y un poco de rímel. A esa edad también me volví loca por Laura. Desde el armario, claro, pero querer a Laura me enseñó que no eres menos persona porque te gusten las cosas afeminadas. La feminidad no es un bloque que tengas que aceptar o rechazar en su conjunto. Te pueden gustar algunas cosas, puedes odiar otras y olvidarte del resto, da igual.

A los veinte estaba en la universidad y al pasar por al lado del guardia de seguridad me dijo: “Buenos días, señor”. Sonreí y él se sonrojó al darse cuenta de su error, aunque a mí me gustó. Ni siquiera sabía por qué, pero que alguien no identificase mi género correctamente (de acuerdo con la sociedad) me emocionó mucho. Fue como echar un vistazo a un futuro en el que nadie sabe el género de los desconocidos y no importa. NO ME IMPORTA EN ABSOLUTO CUÁL ES TU GÉNERO. Sé que esto podría dar lugar a muchos comentarios probablemente ofensivos, pero a mí me gusta mi género quizás sí/quizás no y respeto el derecho que todos tenemos de definirnos (o de no definirnos voluntariamente). Para gustos, los colores.

A los veintiuno fui a la casa de mis abuelos por Navidad. Sabía que no aprobaban el pelo corto en las chicas así que me puse un vestido violeta, el más femenino que tenía, para intentar agradarles. No debería ser así, pero es una cosa de familia, ¿no? Y después mi abuelo me presentó a uno de sus vecinos como “ese chico”. La fluidez de género no consiste en eso, odio que la gente altere deliberadamente la identidad de alguien, sobre todo para insultar a esa persona. ¡TENGO DIGNIDAD!

Listo, ya paro de despotricar.

Gracias por quedaros hasta que terminase de divagar. Tras hablar con amigos y compañeros me di cuenta de que la mayoría no pensamos ni hablamos sobre el género tanto como deberíamos. Me refiero a que discutimos sobre el género binario del mundo en el que vivimos, del privilegio masculino y de cómo la sociedad limita a las mujeres; pero hablamos muy poco sobre nuestro género y sobre cómo nos sentimos al respecto, si es que sentimos siquiera la necesidad de géneros. Un punto de vista tan raro como el mío no se suele escuchar, así que espero que hayáis sacado algo de todo esto.

Positividad Corporal para hombres: una lección que aprender

17 Jun

Escrito por: Guy Jones
Traducido por: Verónica Han

En cualquier discusión, debate, conversación informal o lo que sea relacionado con el feminismo es muy difícil evitar temas como la imagen corporal, los ideales de belleza, la autoestima o la falta de esta. Es importante hablar de ello, aunque es probable que la sociedad siempre tenga gente convencionalmente “hermosa” como modelo a imitar.

Se le presta especial atención a la publicidad en este tipo de conversaciones, por un buen motivo: los vendedores saben que sacarán mayor beneficio del miedo que de la atracción genuina hacia el producto. Si no pruebas esta dieta, no te parecerás a Megan Fox. ¿No sabías que Bane usa P-90X? Compra nuestra lencería para que tus pechos no sean feos. Si crees que tu crema anti-acné está funcionando, recuerda a esa chica que cortó contigo.

El feminismo aborda estos temas y se suelen plantear como un problema para las mujeres. Sin embargo, los hombres tienen mucho de lo que beneficiarse de las actitudes y opiniones desarrolladas por las feministas en cuanto a la imagen corporal. He visto a muchos hombres menospreciar la negatividad corporal de la publicidad, los medios y la cultura en su conjunto porque consideran que las mujeres deberían alcanzar el cuerpo perfecto o ignorar por completo la presión, simplemente.

No obstante, esta presión por ajustarse a un físico ideal se ejerce sobre personas de cualquier género, por eso creo que los hombres que no se identifican como feministas pueden aprender mucho de aquellos que sí. Victoria Edel escribió un artículo maravilloso al respecto, comparte maneras de acercarse a la positividad corporal y tiene razón cuando dice que ambos géneros pueden sacar beneficio de esta línea de pensamiento. Los hombres suelen ignorar el tema porque la que se dirige a ellos es más silenciosa y se encuentra en lugares de entretenimiento más oscuros.

Me refiero, por supuesto, a ese casi 30% de Internet que visitan sobre todo hombres. No hablo de ESPN, a ver, la mayor parte de las mujeres están más interesadas en el deporte que yo. Es que aunque muchas mujeres disfruten del porno, esas páginas y empresas saben que su público objetivo es principalmente masculino. Masculino en el sentido de gente con pene. Estoy seguro de que ya sabes por donde voy.

“Sorprendente Descubrimiento Revela 1 Secreto para una P**** Grande”. La siguiente es un poco rara: “Le enseñé a mi hermanito virgen de 23 años un secreto INCREÍBLE para conseguir una p**** grande”. O tal vez esta gran oferta: “¿P**** de menos de 17 cm? El 20% de los hombres conoce el secreto para aumentar 10 cm en 4” (se cortaba ahí, me pone nervioso no saber cuánto se tarda. ¿Cuatro días? ¿Semanas? ¿Años?). Todo esto en un par de páginas porno.

Tanto si piensas que el porno está mal y sirve de apoyo para subyugar a las mujeres, como si te parece una expresión de positividad sexual para la apropiación del propio cuerpo (una conversación totalmente distinta que merece la pena), es difícil negar que los hombres se ven atacados por miedos y ansiedades similares en cuanto a las imperfecciones corporales. Esto sirve para hacerles comprar productos horribles. Aunque sea más directo y se disimule menos que la publicidad dirigida a mujeres (casi no he visto anuncios emitidos por televisión que mencionen la palabra polla) y aunque se trate de una estafa obvia, son muchos los hombres que se preocupan por su físico, pues se relaciona con su atractivo y su desempeño sexual. Incluso aquellos con cuerpos como la media o superiores.

Por ejemplo, la propaganda de un alargador de penes que sí ha llegado a la televisión: ExtenZe, ni idea de qué pretenden hacer con la Z esa. Fijémonos en el eslogán: “alargamiento masculino natural”. Será todo lo irónico que quieran, pero es una estrategia de marketing engañosa y siniestra que deberíamos elogiar al menos por su completa sinceridad: cuando se trata de cuerpos masculinos, grande siempre es mejor, pequeño siempre es peor y siempre que se pueda mejorar (o “aumentar”) deberías comprar todos nuestros productos y seguir usándolos tanto como sea posible (ExtenZe afirma que sus efectos son solo temporales). No te olvides, en estas conversaciones del “aumento masculino”, de que casi todos los hombres de los anuncios de ropa tienen los abdominales marcados y unos bíceps enormes: son altos, morenos y de cuerpo escultural. También (implícito por la chica de belleza convencional que suele aparecer bajo su brazo), tienen un pene grande.

Es importante ser conscientes de que la repercusión de la publicidad negativa no está limitada a la compra de productos malos. Como ya desvelase detalladamente el pensamiento feminista, la venta de una mala imagen corporal para que la gente sienta dependencia hacia un producto perjudica la autoestima de todos y puede desembocar en hábitos destructivos. Gente de cualquier género se ve afectada por dietas estrictas, desórdenes alimenticios, suplementos dañinos e incluso cirugías innecesarias. Los hombres necesitan reconocerlo, pues les afecta de una forma más sigilosa que a las mujeres. Te identifiques o no como feminista, todo el mundo debe apoyar una cultura basada en la positividad corporal en la que el odio a uno mismo no se use como herramienta de marketing y la belleza la encontremos en todos, incluidos nosotros mismos.

Apuntes sobre la virginidad

30 May

Escrito por: Elena Rivas

Me muevo entre círculos feministas. La mayor parte de mis amigas, sean del ámbito que sea, son feministas. Discutimos sobre feminismo y nos formamos en feminismo y me ayudan a ser “un poquito mejor feminista”. Ellas mismas entienden mis contradicciones y no juzgan cuando me veo 10 tutoriales seguidos de maquillaje en Youtube (si no más).

Pero hay algo que no consigo que comprendan. Se puede seguir siendo virgen a los 20. Y feliz. Y sin buscar a la desesperada dejar de serlo. Tengo una amiga que no soporta que diga que soy virgen, que la virginidad no existe, que solo es una convención patriarcal para separar a las mujeres entre putas y puras. Y sí, tiene razón, yo no tengo que dar ninguna flor. Yo no dejo de ser mejor persona solo por follar. Porque, precisamente, obtener orgasmos de que un pene me penetre sin haber recibido antes un anillo de los de diamantes y oro no me hace más guarra. Pero creo que voy a tener que empezar a reivindicar mi virginidad como acto político.

Sé que follar es fantástico, aunque sólo sea por todas las veces que se me ha dicho que follar es fantástico. Si tantas personas me lo dicen, será que es verdad. Una de las luchas más encarnizadas del feminismo es destruir esa “doble moral”, ganar las mujeres un espacio dentro de las relaciones sexuales que nos permita disfrutar de manera absoluta, y sin culpa, de nuestra propia (y maravillosa) sexualidad. Pero eso va en sentido bidireccional. Yo también estoy disfrutando de mi libertad sexual si decido seguir siendo virgen a los 20 años. No me pasa nada malo. No soy una persona incompleta solo por tener orgasmos que no haya producido otra persona.

Se me preguntó hace dos años que si lo que yo quería era caminar de la mano con un tío. Si lo que quería era una relación estable, un príncipe azul que me tratara como una princesa. Y me asusté, negándolo rápida y efusivamente (introduzca emoticono de carita asustada). Yo no quiero ser una princesa… si esa era la alternativa, pensé, supongo que lo que yo quiero es empezar en seguida a follar tanto como lo haría cualquier mujer empoderada, perderle el miedo y dejarme de tonterías. Era joven e inocente y me dejé llevar por toda la “liberalidad” de las mujeres de mi alrededor. Quería ser como ellas, disfrutar como ellas, follar como ellas. Fue un tiempo oscuro.

No obstante, caer tan bajo me ayudó a impulsarme hacia arriba y ver la luz. Sí. Vi la luz. Me di cuenta de que, al igual que esta sociedad patriarcal bipolariza cualquier aspecto de nuestras vidas, nosotras, que nos hemos educado en ella, también. Luchar para que desaparezca esa dicotomía de “puta-pura” nos impide ver que nosotras también creamos nuestras propias dicotomías. Que lo contrario de la feminista empoderada es ser la virgen sumisa. Y eso es lo que yo era para ellas. Una virgen sumisa que esperaba a su príncipe azul y su gran noche de bodas y su “ir de la mano por la calle”. Y entender eso, fue comprender al mismo tiempo que yo no quería ninguna de las dos cosas. Un alivio.

Todo porque confundimos cuál es el objetivo de la liberación sexual. Empoderarnos como personas sexuales para dejar de ser objetos sexuales no tiene como finalidad el poder follar mucho con muchas personas. Significa que cada una tenemos nuestros tiempos y nuestras necesidades. Yo tengo mis propios tiempos y mis propias necesidades. Y eso no me hace excepción, me hace ser otra forma de concebir la sexualidad, me hace ser una realidad distinta e igualmente respetable.

Estoy en paz con mi realidad. No me avergüenzo y cada vez me lo callo menos. Estoy orgullosa de ser capaz de esperar, de no dejarme llevar por lo que la sociedad y mis alrededores quieren de mi. Es mi decisión y me atengo a ella. Claro que el sexo es genial pero no lo es todo. Tengo en mi vida personas maravillosas con las que comparto relaciones no sexuales que son igual de satisfactorias. A veces incluso más. Ser feminista no significa follar. Ni ser feminista significa no follar. Ser feminista significa cuidarte, atender a tus necesidades. Y sobre todo quererte. Ser feminista significa entender que no habrá jamás otra persona que te pueda querer tanto como te puedes llegar a querer tú misma.

El masculino me molesta

28 May

Escrito por: Verónica Han

El masculino me molesta. No por sí mismo, sino cuando se usa como neutro. Es verdad que en español no tenemos un género neutro como tal, pero también es cierto que el idioma es nuestro. Dicen que la lengua influye en la sociedad tanto como a la inversa. Ante la duda prefiero aportar mi granito de arena.

Como decía, me molesta. Porque cuando un hombre es el primero en hacer algo, nadie antes lo había conseguido, probablemente nadie lo había siquiera intentado. Por eso Neil Armstrong fue el primer hombre en la luna. Cuando se habla de la primera mujer en, se da por hecho que un hombre llegó antes, así que Amelia Earhart fue la primera persona en intentar dar la vuelta al mundo por aire. Porque hombre ya es de por sí sinónimo de persona, de ser humano, la mujer solo es “la otra”, “el otro” si lo prefieren.

El masculino como neutro me molesta porque es hipócrita. En la frase un padre no quiere que su hijo se case con un hombre de menor clase social el masculino no lo consideraríamos neutro en ninguna de las tres instancias. Esa frase solo se usaría si hablamos de homofobia aparte de clasismo y, además, pareciera que la madre no tiene ni voz ni voto (es que, claro, por algún motivo y a no ser que especifiquemos lo contrario, la pareja tiene que ser y será heterosexual). El masculino solo es neutro cuando queremos que lo sea, cuando al patriarcado le interesa, por eso hablamos de médicos y científicos y farmacéuticos e ingenieros. Por eso hablamos de limpiadoras y enfermeras y amas de casa y bibliotecarias. Por eso son políticos y azafatas, banqueros y secretarias. El argumento de la economía del lenguaje es otro síntoma de la misma hipocresía: por economía hay quienes dicen pos en lugar de pues y tienen al resto de España horrorizada.

Por eso tus motivos para hacer oídos sordos no me sirven, no son razones, son excusas. El masculino como género neutro no tiene nada de neutro. Solo es cómodo, igual que es más cómodo pegarle un tiro a un caballo que intentar curarle la pata, pregúntenle al animal si le parece justo. Tampoco creo que la solución esté en las equis ni las arrobas ni las es (la última vez que me fijé, jefe era masculino). La verdad es que no tengo ni idea de dónde está la solución, pero por lo menos hay gente intentando encontrarla.

Ni una menos

14 May

En el 2014, fueron 277 las mujeres y niñas asesinadas por violencia sexista en Argentina.

3 de junio. Plaza Congreso. Basta de femicidios.

niunamenos

El machismo ya no existe

19 Mar

escrito por: Verónica Han

El machismo ya no existe y si lo dicen ustedes será que es cierto.

El machismo ya no existe y yo me lo creo.

El machismo ya no existe, pero por favor avísenle al señor que anoche me estuvo siguiendo unos 250 metros, chistándome, para que le hiciera caso. Avísenle a él y a su amigo y a sus amigas que se reían de la situación.

El machismo ya no existe, pero avísenle al señor que le dice a su pareja que tienen que tener sexo aunque ella no tenga ganas, porque por algo son una pareja. Avísenles a los que aprovechan el trasporte público para meterle mano a esa chica a la que se le ocurrió salir de casa. Avísenles a las empresas que les pagan más a los hombres que a las mujeres por el mismo trabajo. Avísenles a los políticos que legislan sobre el cuerpo de las mujeres. Avísenles a todas las personas que creen tener derecho a tratar a una mujer de puta o de frígida. Avísenles a los compañeros de colegio que usan lesbiana como un insulto contra esa chica a la que le gusta jugar al fútbol. Avísenles a los que se encargan de la trata de personas y, de paso, a todos los que la hacen posible. Avísenles a los que abusan, a los que violan. Avísenles.

Avísenles porque creo que hay unos cuantos que no se dieron cuenta.